"Cadenas"
Basado en Hunter x Hunter
Kurapica x Leorio
By Jakito

 

-Es que… tengo miedo de las pesadillas que sé que vendrán…- Se sonroja.- no importa.-se cubre la cabeza.

-Te ha cambiado bastante la personalidad, amigo. –Sonríe y se acerca manos en jarra donde el bello muchacho. –Antes eras el ser frío que no se asusta con nada. Si quieres puedo dormir contigo, pero no quiero que te arrepientas después.

-Muy bien- se hizo a un lado. Leorio se acostó, y lo abrazó. Kurapica respondió a ése abrazo, refugiándose en él. Leorio le tocaba el pelo. Después de un rato dejó de hacerlo. El rubio lo miró después de un rato, para verlo profundamente dormido. Agachó su cabeza, y se durmió también.  

Se despertó cuando oyó cerrar la puerta. No lo habían hecho, y sin embargo… se sentía extraño. Leorio no lo había tomado. Se preguntó si no era deseado.

Leorio caminaba hacia la biblioteca con un montón de libros y apuntes para pedir otros. Caminaba seguido de la piel y la respiración del elfo con que había dormido. Justificó su temor de la noche, “no podía tomarlo”, se dijo, “Aún está muy débil. Y lastimado.” En ése momento deseó con toda su fuerza tener al frente a su captor y torturador, para matarlo. Kurapica despertaba violentos deseos con su cuerpo, sus ojos, la danza que llamaba caminar, su apariencia general de muchacho, su forma arisca de tratar con la gente, su belleza. No era extraño que él, Leorio, se sintiera atraído por ésa criatura. Pero recordaba sonrojado que lo eligió a él para ser su compañero, siendo que había otros mejores que él. Recordaba que siempre se había mantenido cerca de él quizá por que sabía que el adolescente que soñaba ser doctor no era capaz ni físico ni sicológicamente de hacerle daño, pero que contagiaba energías.

Volvió al departamento, pensando en vaguedades. Kurapica estaba en pie. Había almuerzo para dos.


-Pedí que me dejaran cocinar. Esto es en parte de pago por todo el agradecimiento que siento por que tú me hayas rescatado –se inclinó.  

Las palabras precisas. Debía haberlas practicado.


-Muchas gracias, no era necesario, para eso están los amigos.

-Lo era, no sólo salvaste mi cuerpo, también mi honor. Y no es primera ni segunda vez.

-Vamos, vamos, no me des tanto crédito porque me pondré a fanfarronear.

-Si, es verdad. La comida va enfriarse.  

Después de comer, conversaron largo rato acerca de los tiempos pasados, del examen para ser cazador, y todo eso. Reían sobre la cama, Leorio estaba acostado, la cabeza hacia la ventana. Kurapica se había sentado de frente a ésta. De a poco el rubio elemento comenzó a acariciar el pelo de Leorio, éste lo aceptaba sin ningún comentario, como si las caricias sobre su pecho mientras reían fueran naturales. El morocho sacó una mano de debajo de su cabeza, y acaricio también el pelo del rubio, quien se movió, cerrando los ojos tras esa mano. La mano entonces bajó, junto con la cabeza rubia, hacia la zona entre el pecho y el hombro, para descansar. Kurapica subió sus pies a la cama, y se abrazó más a Leorio, suspirando. Cerró los ojos un momento, Leorio ya había salido con algo nuevo, un chiste que no le gustaba recordar. Le cerró la boca con un beso, que Leorio respondió. Un besito de niños, con los labios levantados como ‘ciruela ácida’, pero fue el primer beso. Después siguieron más. El rubio agarró al otro por los hombros, pasando una pierna por encima, quedando a medias sobre él. Se separó para mirarlo un momento, se subió un poco más, y las lenguas se encontraron antes que los labios, comenzando un recorrido fenomenal.

Fue uno de esos ratos en que piensas que los besos son un fin en si, que no besas para llegar a algo, que los besos son como peces de sabores que se escapan a cada movimiento, que cada uno tiene su olor, y sabor inigualables. Las lenguas rosadas se encontraban y frotaban a cada instante, Leorio comenzó a quejarse, y a expeler un olor que enloqueció a Kurapica. Las manos empezaron a aburrirse de recorrer la misma camiseta sin cesar, y comenzaron a explorar la piel bajo ellas. Sin dejar de besarse, comenzaron a amarse allí mismo, durante ése beso. Las manos de Leorio quisieron ir más allá, tratando de entrar en el ajustado pantalón del adolescente, las de él no se movían tanto. Sólo dentro de su pecho. Pero entonces el mancebo rubio cesó de besar un momento, miró a su entregado compañero, y comenzó a chupar y comer literalmente las mejillas, el cuello, lamiendo de manera especial la parte de atrás, entre el pelo y la espalda, haciendo gemir al pobre Leorio. Le subió la camisa, la desabrochó mejor para sentir mejor aquel enloquecedor aroma que habitaba en su ancho pecho. Mordiendo, chupando los pezones, dejándolos excitados, parados. Leorio se abrió de brazos, permitiendo toda libertad de movimientos del ansiado compañero. Éste bajó, como es obvio, a su pantalón, se lo quitó de una manera casi matemática, junto con sus calzoncillos, y comenzó primero a lengüetear su erecto miembro.

Al chico se le sonrojaron las mejillas, se sintió desnudo ante la ávida lengua del compañero. Las manos del chico rubio también danzaban en torno a su musculado cuerpo, ante sus caderas, sus glúteos. El chico de cabello negro quiso sentarse en la cama, y se hizo para el lado de la cabecera, se quitó la camisa, y puso unos cojines. Se acomodó con las piernas abiertas. El rubio se acomodó a chupársela entre sus piernas, y su espalda comenzó a ser blanco de caricias que surgieron espontáneas. Las almas estaban tan desnudas, que la ropa era mas bien una cosa sin sentido, y cuando desaparecieron, era como si siempre hubieran estado así. Se quitó la camisa, y el pantalón, quedando desnudo en cuerpo y alma. Su espalda comenzó a curvarse hacia las manos que lo buscaban, buscaban una entrada. Sintió los dedos de Leorio entrando a su sitio, y sus ojos se abrieron desmesuradamente. No tenía miedo, no era su primera vez, pero Leorio era doctor, y conocía la ubicación de los puntos de más placer. Rápidamente se sobreexcitó, distrayéndose un poco de su tarea. Leorio siguió masajeando, cerciorándose con la otra mano sobre su pene, del estado de excitación del compañero, hasta el punto que Kurapica, sonrojado, pensó que iba a terminar. Entonces dejó de masajear. Kurapica lo miró decepcionado, subió su cabeza temblando hasta besarlo, Leorio bajó la suya con aquella eterna sonrisa.  

-Espera, terminemos juntos.-dijo tendiéndose al lado de Kurapica. El rubio perdía la cabeza con su cercanía, más aún en ése estado de ingravidez, y comenzó a frotarse contra el cuerpo amigo con deseo, furia, sed, sed de todo. El tranquilo muchacho hizo un movimiento, y quedó sobre Kurapica, lo besó, le besó el cuello, y ambos terminaron. Jadeando, sólo consigo mismos, comenzaron a besarse de nuevo.  

-Leorio, tómame ahora.

-Espera, aún podemos jugar mucho rato, y tú no debes sobre esforzarte, recuerda que estás muy débil.

-Eso no importa, quiero que me tomes ahora, yo no se si para mañana tenga un trabajo y muera, yo… -Un beso selló sus labios.

-Está bien, tú no morirás, no pienses en eso, ésta será nuestra noche, y durará tanto como queramos. Te amo, pequeño niño.

-No soy un niño… -Otro beso

-tampoco un hombre.

-Somos adolescentes.

-¿Adolecemos de algo?

-Si. Adolecemos de cordura, y todas esas estupideces. Vivimos la vida como si fuéramos a vivir para siempre, y a la vez como si fuéramos a morir mañana. las dos cosas a la vez.  

Las palabras se mezclaban con besos y las caricias que los acompañaban. Kurapica, ansioso, buscaba el placer que ya conocía de otros cuerpos, y Leorio estaba aprendiendo, sus sentidos abiertos, gozaba con el aprendizaje, e iba u poco más lento. Quiso explorar el pecho que parecía tallado artístico, y tendió su palpitante libro de clases sobre la cama, leyendo cada curva elástica, que se sustentaba contradiciendo las leyes de gravedad con fibras musculadas precisas, y con extraños movimientos que llevaban a pensar en un animal de cacería, en un gato al mirar pacientemente su presa, moviendo ciertos músculos y nervios de la espalda, quizá preparándose para un gran salto. Comenzó a repetirse de las caricias que se dio cuenta producían gemidos, o eléctricos suspiros. Movimientos de labios, el nervio cuántico, todo estaba quedando registrado en la hasta ahora casi vacía cabeza de Leorio. Cuando su lengua traspasó el umbral del ombligo hacia abajo, las manos del rubio comenzaron a acariciarle el pelo. Al empezar con el frenético miembro doble del rubio, se llevó la sorpresa de su simpática forma. Al lamérselo, le producía casi infinito placer sobre su rostro. Le producía ondas no calmadas con risas de sarcasmo, le producía azules imágenes del bosque, al lado de la fogata, con otra cabeza entre las piernas. Miró hacia su propio reflejo de inocencia perdida que le sonreía, y el amor colmó su pecho. Acabó sobre el amado rostro, en un grito suave.

Se sentó de inmediato, avergonzado.  

-Lo, siento, es que parece que a veces me sucede que acabo demasiado rápido…

-Tranquilo, -Respondió el otro, secándose la cara. –Es casi normal en tu caso, es sorprendente que tu experiencia no haya dejado demasiados traumas. –Le vio sonriendo como un conejito, y pensó – aunque tu personalidad parece muy cambiada.  

Miró su propio pene erecto, y sintió que ya no aguantaba más el deseo de poseer al niño, pero no sabía cómo. El rubio lo estaba besando, y se volteó.


-e… Espera, Kurapica, lo que pasa es que…

-¿Pasa algo, Leorio?-Se volteó como quien dice se te olvidó algo.

-Es que… es mi primera vez, y…

-¿no sabes cómo hacerlo?- Su asombro serio hizo enrojecer aún más a su compañero.

-…

-Bien, lo haré yo. –tiró al sorprendido loco sobre sí, lo besó, tomó fuerza, y cambió de pose. Completamente tendido de espaldas, el indefenso estudiante de medicina expuso su humanidad frente el recién descubierto dejo de travesura del serio Kurapica. No tardó mucho éste en poner la punta de su pene en la entrada virgen del chico. Abrió un poco las nalgas, y se detuvo.

-Leorio… ¿Prefieres que use algo para ayudar?

-Por supuesto que no, soy un hombre, y puedo hacerlo sin suavizantes.

-¿En serio?

-Si.

-¿Seguro?

-Si.

-Okey, ahí va. –Lo metió hasta el fondo de una vez, y el placer fue suyo. Montaba un potro salvaje, el empujón levantó las caderas de Leorio, quien casi sale disparado de sí mismo hacia delante. Kurapica había gritado de placer al penetrarlo, y Leorio de dolor.

-¡Ay! ¡Si quiero, quiero algo de lubricante! ¡Yayay!

-Te lo dije, ahora es un poco tarde. –Puso play en la radio, tocaron forth avenue café, era un especial, después se pusieron con Koji Wada, y Malice Mizer. se movía un poco más cuidadosamente, auque sabía que si perdía el ritmo se perdería un poco el efecto. Masajeó suavemente el cuello y los hombros de su poseído, mientras se restregaba fuertemente contra el duro trasero. Como el chico se movió, hicieron finalmente la posición a lo bestia. Kurapica buscaba puntos donde tocar, puntos para hacerle sentir a Leorio todo el placer que le era posible. Hacía rato ya que los quejidos se habían tornado de placer por parte del penetrado. Así se le servía a aquel servidor de su honor el auténtico festín de la tribu Puruta. El estudiante puso su cabeza sobre el hombro del chico, agarrándole con ambas manos el trasero, sincronizando sus maravillosos movimientos. El olor de la oreja de Leorio enloqueció al muchacho, los ojos se le tornaron por tercera vez en la noche rojos, y entonces acabó estallando sobre los muslos del cuerpo acompañante. Entonces vio la araña cainar por el moreno cabello. Fue un efecto sin pensar. Las cadenas atravesaron el amado cuerpo, y una fría flecha producto de una promesa atravesó su corazón.  

-Kurapica… ¿Qué has hecho?

-Perdóname… -Saboreó con cuidado su propia sangre, y la amada unidas ya para siempre.

-Kurapica, ¿Porqué? ¿Por qué, Kurapica? Yo…

 

 

vaya, este es el final. Me encantó. Es tan oscuro como estoy ahora. Tomatazos, críticas y demases, no creo que alabanzas, a mi correo: jakito_kun@hotmail.com