"Muraki decide resignarse"
Basado en Yami No Matsuei
By Izzaki

 

Ya se estaba haciendo tarde. El reloj acababa de marcar las seis, seguro Tsuzuki estaría furioso. Hisoka empezó a apretar el paso. Siempre se la hacía tarde y acababa llegando horas después de lo acordado. Pensó que tal vez su compañero estaría sentado en algún restaurante arrasando con los postres mientras las chicas bonitas que atendían el lugar murmuraban indiscretamente sobre lo guapo que estaba y lo mucho que comía.^ ^

Mientras caminaba casi corriendo Hisoka iba pensando en la nueva misión que les encargarían. Pero no le preocupaba, las cosas habían agarrado una cierta rutina y además, los shinigami trabajaban en pareja, eso era lo bueno. Pero de pronto sintió algo. Y se fue deteniendo poco a poco. Era un sentimiento tan asquerosamente familiar. Haciendo contraste con el cielo pintado de rojos y naranjas venía caminando Muraki tan tranquilo. Iba viendo al piso, como pensando, como si no le importara nada, tal vez ni siquiera había visto a Hisoka, pero él aún sin verlo lo habría sentido. Se quedó ahí parado nada más, esperando a ver cual sería el siguiente movimiento del doctor. Este caminó hacía él y se detuvo justo en frente.

-¿A quien esperas chico lindo?-

-.....- pero que nunca lo iba a dejar en paz, tenía que aparecerse justo ahora que todo iba marchando tan bien...

-Bien... ¿y Tsuzuki, te ha dejado plantado?


Muraki se acomodaba el cabello mientras miraba muy a lo lejos, pensativo. No era hombre de muchas palabras, normalmente iba directo al grano, y Hisoka tampoco hablaba mucho. De lo que tenía ganas era de irse corriendo, tenía mucha prisa por aquello de Tsuzuki esperándolo y el doctor psicópata lo ponía de nervios.


-Lárgate-le dijo

Muraki dio unos pasos -¿Dónde está Tsuzuki?

-Ya párale con eso, ya déjalo en paz-Hisoka ya estaba harto-Lo único que Tsuzuki siente por ti es desprecio y lástima

El doctor sonrió. -Vaya, ¿y que siente él por ti?


Hisoka se puso algo rojo y trató de voltearse un poco para que Muraki no se diera tanta cuenta. La verdad es que ellos se trataban como buenos amigos nada más, pero él hubiera estado feliz si el shinigami en cuestión le propusiera otra cosa. Total que no contestó nada.
El verlo así, entre asustado y enojado hizo recordar al doctor aquella noche tan distante bajo la mirada impasible de la luna sangrante. Siempre tenía lugar en su mente para los buenos recuerdos, y ese era uno de los mejores.
Hisoka, decidido, empezó a alejarse rápidamente pero al poco rato se detuvo por una voz que lo llamaba.


-Ven, acércate-

Ese maldito demente se veía tan atractivo con su boca siempre sonriente y sus ojos resplandecientes entrecerrados y el cabello mecido suavemente por el aire. Metió las manos en los bolsillos de su gabardina impecablemente blanca y miró a Hisoka, realmente era un chico lindo, pensó. El shinigami se sintió indefenso por el terror que le inspiraba el doctor, pero también, extrañamente, porque de pronto le pareció diferente, le pareció tan deseable... y hasta le pareció sentir que en él había algo de bondad. Y de hecho Hisoka no podía percibir en él ningún enojo, lo sentía tranquilo e incluso algo triste. No quería ir hacía él, una vez lo había hecho y las consecuencias no habían sido agradables, pero había algo en él que no lo dejaba resistirse. Y no se resistió.

No quería mirar al doctor a los ojos, lo intimidaba, pero si se acercó lo suficiente para que este pudiera murmurarle al oído. 


-No me provoques niño, bien sabes que no eres rival para mí, que si quisiera podría borrarte del mapa ahora mismo-a Hisoka le molestó tanta arrogancia-Además, Tsuzuki tarde o temprano será mío aunque tu... -Muraki se detuvo pensativo y miró a Hisoka, sus cabellos desordenados, su cuerpo frágil, sus grandes ojos verdes, hasta su ropa descuidada. Cerró los ojos y suspiró feliz, se le había ocurrido una idea, una muy buena idea. En niño bonito ya no aguantaba la espera.

-Pues que, si me vas a decir algo dímelo o lárgate de una buena vez, idiota-


El doctor le puso una mano en el hombro, Hisoka se estremeció. 


-...aunque, podría aceptar dejar a Tsuzuki tranquilo... si tu vienes conmigo en su lugar-


Eso era algo que el shinigami no esperaba. ¿Cómo podía pedirle eso? Y peor aún ¿cómo confiar en las palabras de ese enfermo mental? Tsuzuki o él, ahora si estaba en un callejón sin salida. Pero no, no tenía porque ser así. Con un movimiento rápido Hisoka se quitó de encima la mano del doctor y le soltó un golpe al estómago lo más fuerte que pudo. Muraki lo recibió pero tal parece que no le importó gran cosa porque siguió sonriendo.


-Lo sabía, eres un cobarde y un egoísta. Adiós niño lindo, ya sabré yo encontrar a Tsuzuki-le dijo apartándolo de un empujón. Muraki se fue con pasos lentos, ya no quedaba nadie en la calle, solo ellos dos y uno que otro vagabundo.


Hisoka se sintió basura. En ese momento odió ser tan debilucho y miedoso. Con lo de aquel día no podía esperarse menos, pero no tenía justificación, Tsuzuki siempre lo protegía, incluso arriesgando su vida, además había sido tan bueno con él desde aquel día en que se conocieron. No podía fallarle ahora. Muraki se iba alejando entre la oscuridad incipiente de la noche, Hisoka sintió como las lágrimas estaban a punto de brotar de sus ojos, traicionándole. -¡Muraki, espera!-gritó con la voz más firme que le salió. El doctor se detuvo y sonrió satisfecho, pero a pesar de su emoción fue hacia Hisoka lentamente. Vaya, las cosas habían salido tal como las había planeado. Con semejantes argumentos el niño lindo no podría resistirse, lo tendría para sí, una vez más...

Y así, entre la oscuridad de la noche sin estrellas Hisoka y Muraki desaparecieron. El restaurante estaba por cerrar y la cuenta y la torre de platos sucios se hacían cada vez más grandes. Tsuzuki miraba por la ventana, aunque afuera no había nada que ver, ya no estaba enojado, más bien se empezaba a preocupar, aún para Hisoka era demasiada tardanza. Suspiró. -Señor, disculpe, ya vamos a cerrar... -

 

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-¿Porque no comes? Vamos, seguro tienes hambre. Todo está muy bien, prueba, no te voy a envenenar.

Pero a pesar de que todo estaba perfectamente arreglado, las velas prendidas, la música suave y cadenciosa sonando en el fondo, velas y comida caliente sobre la mesa, Hisoka seguía sin decir una palabra y con el plato intacto frente a él. No quería ni ver a Muraki, con escuchar su odiosa voz le bastaba, así que se concentraba en los cuadros que había colgados de las paredes, todos con colores chillones y formas irreconocibles menos uno, titulado "la primavera". Vaya gustos que tenía Muraki... Hisoka creía que en cuanto el doctor lo tuviera en sus manos lo iba a llevar a la cama, entonces ¿por qué tantas atenciones, porque tanta palabrería inútil? Seguro era solo un largo rodeo a alguna de sus perversiones.

Muraki le sirvió algo de vino al shinigami, este por supuesto que tenía mucha hambre y sed, pero más tenía coraje contra el doctor y prefería, de mientras, hacer berrinche, además no tomaba.

-¿Tampoco vas a tomar nada, chico lindo?


Muraki no aceptaría una negativa aunque era la mar de paciente. Se acercó por detrás, tomó la copa y se la puso a Hisoka en los labios, no quería, pero al final tomó uso traguitos pensando en que quien sabe cuando volvería a tener a la mano algo de tomar. Bueno, se dijo Muraki, al menos ya había logrado algo. "Mala decisión" pensó a su vez Hisoka, y se empezó a sentir extraño, como con sueño, los ojos se le cerraban...

 

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Cuando Hisoka despertó creía que estaba en su cama porque todo era calma y suavidad, pero había algo extraño: no tenía nada encima, estaba desnudo atado a los cuatro postes de la cama. A su lado, y sin su característica gabardina blanca estaba Muraki, en la mano traía un frasquito y una ampolleta. Hisoka lo observó romper esta con destreza y absorber su contenido con una jeringa para luego mezclarlo con el polvito que había en el frasco. Ahora si, Hisoka empezó a preocuparse. El doctor se acercó a él.

-Ya lo he dicho, eres un niño con muy mala suerte... y ahora ni tu querido Tsuzuki podrá salvarte...


Bueno, para que tanta vana palabrería, total que Hisoka ni siquiera le ponía atención, estaba aterrado pensando en que nueva locura tramaba Muraki y en que diablos contenía la inyección. Al parecer también el doctor también se dio cuenta y se quedó callado.

-No te muevas niño, no querrás que se tape la aguja-dijo como dicen todos los doctores.

-¡No! Detente... no...-Hisoka tenía pánico a todo lo que pudiera lastimarle, y al ver esto el doctor lo inyectó con suma delicadeza.


¿Por qué se estaba comportando así? La primera vez que Hisoka fue suyo el doctor lo forzó de la manera más vil no importándole para nada sus sentimientos. Nada importaba entonces, solo el enfermo placer de sentirlo entre sus brazos, indefenso... Pero no importó tampoco todo lo que le hizo y cuanto tiempo dedicó a ello, el hermoso chiquillo nunca emitió un solo gemido de placer, un solo suspiro de satisfacción, una sonrisa... se había limitado tan solo a gritar de terror. Y eso desconcertaba y enojaba un tanto a Muraki, por eso había decidido darle una lección.

El doctor miró a su paciente con una mezcla de la más inocente ternura y el más ardiente deseo. Estaba decidido a hacer las cosas lentamente, sin violencia.¿pero cómo si siempre había obtenido lo que quería por la fuerza? Empezó despeinando el cabello rebelde y rubio de Hisoka y luego lo fue acariciando suavemente, recorriendo su cuello, sus brazos, su pecho. El shinigami apretaba los puños y cerraba los ojos deseando que pronto terminara, que fuera otra de sus pesadillas y al despertar se encontrara sano y salvo en su cama, pero Muraki iba haciendo las caricias más intensas y esa remota posibilidad de salvación iba quedando muy atrás. Hisoka sentía como las lágrimas brotaban de sus ojos, cada que Muraki lo tocaba era como un tormento terrible. ¿Cómo podía humillarlo de esa manera? El doctor rápidamente se quitó la ropa y se acostó sobre él. El chico sintió su peso abrumador y cuando Muraki comenzó a besarlo y a tocar partes más íntimas Hisoka se rebelaba contra las ataduras, sin éxito. Y también lo insultó, pero su voz, más que de enojo parecía de súplica.

-¡Maldito! ¡Desgraciado! ¡Te odio, te odio, te odio! ¡Maldito seas Muraki!


Hisoka estaba aterrado, era como si aquellos recuerdos enterrados en lo más profundo de su alma, donde no podían hacer daño salieran de golpe. Sentía como el miedo le carcomía las entrañas y las marcas ardían como fuego, más que nunca. Pero en realidad no había porque estar tan asustado, Muraki, por raro que pareciera, aún no lo había lastimado físicamente e incluso en vez de cuerdas había usado suaves telas para atarlo.

-¿Tan malo crees que soy? ¿En tan mal concepto me tienes? Creo que aún no me conoces lo suficiente...


Cierto, las marcas ardían mucho, pero ninguna sensación se comparaba al placer insoportable que el doctor le hacía sentir, seguro algo tenía que ver con la extraña sustancia que le había inyectado.

-No se te olvide, chico lindo, que llevas mi marca, que me perteneces, y que ahora que te has convertido en shinigami podré tenerte para toda la eternidad, aquí, junto a mí, como una más de mis muñecas-


Y aunque las vejaciones habían sido ya bastantes Hisoka había dejado de llorar, aunque sus ojos, abiertos de par en par, seguían húmedos por las lágrimas. Estaba sorprendido ¿Cómo podía disfrutar con lo que le hacía Muraki? Su cuerpo se encontraba extasiado, pero su mente confundida aún se negaba a aceptarlo, era algo tan vergonzoso... Al doctor le pareció realmente hermoso sonrojado y jadeando rítmicamente.

-Lo ves, no me hacen falta habilidades especiales para saber cuanto deseabas este momento. Recuerda que el placer y el dolor van unidos, a veces tanto que se funden en uno solo y no queda más que entregarse... -le susurró Muraki al oído.


Hisoka estaba a punto de llegar al máximo, y ahora, a pesar de todo el miedo y la repulsión que el doctor pudiera inspirarle lo único que anhelaba era que continuara hasta el fin, pero Muraki aún no tenía contemplado esto en sus planes, y sabiendo que el joven shinigami no trataría ya de huir lo desató de la cama. Efectivamente, Hisoka se quedó donde estaba, con un esbozo de sonrisa en el rostro y los ojos cerrados. Entonces el malvado doctor se sintió enloquecer, y sin pensarlo dos veces puso al niño bonito boca abajo decidido a completar los que con tanta astucia y premeditación había conseguido. Subió sobre él una vez más, Muraki podía escuchar su corazón latiendo agitado y sentía la piel húmeda de Hisoka pegada a la suya. Esto lo excitó tanto que no se sentía capaz de controlar sus impulsos y mantener las cosas en orden como lo había planeado. Bruscamente el doctor le estiró a Hisoka un brazo y se lo dobló en una posición extraña, a lo que este ni siquiera se quejó.

-A pesar de no ser más que un niño imbécil y manipulable has logrado desatar en mi pasiones que hace mucho no me asaltaban... Realmente eres hermoso... Hisoka-


Era la primera vez que Muraki lo llamaba por su nombre. El doctor metió uno de sus dedos en la boca del shinigami, y este, para sorpresa de Muraki, empezó a lamerlo con avidez. Muraki ansiaba sentir esa deliciosa humedad en otra parte del cuerpo. Se levantó, como un loco, Hisoka lo miró de reojo, se veía tan bien con el cabello blanco todo desordenado y la sonrisa de maniático deformándole el rostro, hasta su ojo derecho había adquirido cierto atractivo. El doctor puso a su paciente en posición, cuidando que la altura fuera la correcta y tocándolo una vez más con desesperada lentitud. Todo estaba listo, pero cuando el doctor tocó la entrada que satisfaría sus deseos Hisoka se dejó caer en la cama retorciéndose, arqueándose por aquellas sensaciones que, aunque obligadas eran deliciosas, al momento de mojar la colcha el chico lindo emitió un largo gemido de placer, y sonrió ampliamente satisfecho. Esto fue suficiente para Muraki, y sin poder evitarlo se vino también, ahí parado donde estaba, mirando hacia arriba como hipnotizado, sonriendo como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo.

Pero justo antes de perder el sentido Hisoka alcanzó a decir una sola palabra:


- ...Tsuzuki...-


Esto le cortó la inspiración al doctor, que en un instante se puso loco de ira ¿Cómo podía pensar en Tsuzuki en ese momento si había sido él quien le había hecho sentir el paraíso? Sí, Hisoka no era más que un terco y malagradecido mocoso, un egoísta. No valieron de nada las atenciones y los esfuerzos por no lastimarlo, lo mismo hubiera dado someterlo por la fuerza. Lo miró, ahí estaba durmiendo tranquilamente, bien podía vengarse por aquel desaire que lo hería tanto, bien podía torturarlo, eliminarlo definitivamente, hacer que se arrepintiera una y mil veces de eso que sin pensar había dicho, pero no...

Miró ahora hacia los frascos que tenía sobre el buró, tomó el que contenía la sustancia que había desatado toda esa pasión en Hisoka y lo apretó hasta que los vidrios se clavaron en su piel y la sangre brotó en gruesas gotas, escurriendo, solo así se sintió más tranquilo. Ahora se sentía otro, ni aunque lo deseara podía ser otra vez ese Muraki sádico y depravado de varios años atrás, tan solo se sentía triste. Empezó a recoger todo, la jeringa, los trozos de tela, su propia ropa que se puso rápidamente y sin mucho cuidado, acomodó lo que por el deseo incontenible había tirado a un lado, se lavó las manos y la cara, se vendó la herida y regresó a la recámara, ya solo le quedaba una cosa por hacer. Recogió las prendas de Hisoka y con delicadeza empezó a vestirlo hasta que quedó como estaba antes. Le acomodó el cabello, checó que ya no hubiera marcas en el brazo que le había torcido y limpió los restos de lágrimas que pudieran haber quedado en sus ojos. Muraki lo sabía, sabía que aquella sería la última vez, se lo decía el viento, el sol, los mismos objetos inanimados que como mudos testigos lo observaban. Sonrió tristemente y le dejó al chico lindo un último beso de adiós. Miró por la ventana, ya era hora. Una lágrima escurrió por su mejilla y cayó, mojando la cama, Muraki se sorprendió y se quedó un rato viendo la marca húmeda que había dejado su resignación en la blanca colcha de su cama.

 

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Una vez más el sol se escondía tras el horizonte, parecía que el tiempo se hubiese detenido en aquel día, en aquel momento, sin embargo dos hojas del calendario habían caído y Tsuzuki, sentado en una banca, trataba de leer un libro mientras devoraba un pan dulce. No era muy aficionado a leer, pero la preocupación por su compañero lo obligaba a buscar distracciones. Suspiró y dejó el libro a un lado. Se levantó y empezó a caminar sin rumbo, recordaba aquella vez cuando encontró el suelo cubierto de sangre como prueba de su descuido. No debió dejar a Hisoka solo. No le importaba la misión ahora, ni lo que dijera el jefe o lo que dijera Tatsumi, en su mente solo cabía una idea: encontrar a Hisoka. En eso iba pensando cuando lo vio venir del oro lado de la calle. Su rostro se iluminó con una sonrisa y se apresuró para ir a su encuentro.

-¡Hisoka, Hisoka! Que bueno que te veo, ¿dónde estabas?-

-No me digas que estabas preocupado-

-Pues... si, si, claro que lo estaba, mira que desaparecerse dos días... pensé lo peor, que tal si ese depravado volvía para molestarte-

-No... ni lo digas-Hisoka se agarró el pecho, donde tenía las marcas-lo que pasó fue que...

-Más vale que sea una excusa buena jovencito-bromeó Tsuzuki-me tenías con el alma en un hilo, hasta comí más que de costumbre-

-Pretextos, un idiota como tú pase lo que pase sigue pensando con el estómago-

-...-



Esta vez Muraki no había borrado la memoria de Hisoka, bueno, no del todo.


-Lo que pasa es que me sentí mal, tal vez por correr tanto y me desmayé, lo bueno es que un buen hombre me recogió y me cuidó hasta que estuve bien, eso fue todo-

-Pues siendo así basta de historias y vamos a comer, tengo un hambre...-

-Cuando no-

-No se te antojan unas ricas tostadas, o una pizza o comida china, y para terminar un rico pie de manzana...-

-No, cuando lleguemos te diré que se me antoja-dijo Hisoka poniéndose inevitablemente rojo.


Sin saber porqué se sentía muy feliz, como liberado, como si le hubieran quitado un peso de encima. El libro se había quedado en la banca y Muraki, con manos algo inseguras lo recogió. Tampoco tenía ganas de leer, pero no quería que nadie lo viera llorar.


-Ahora si, adiós niño lindo-


cFINc