"La luz de
la conciencia"
Muraki x Tsuzuki
By Axane
Me desperté. No sé cuanto tiempo
yacía acostado en el lecho. Me encontraba en una habitación cálida y
acogedora. Iluminada bagamente por unas velas que se encontraban en medio de la
sala. Los espejos repetían y copiaban una y otra vez su esplendor, siendo sólo
esas tres velas posadas en un candelabro las que podían valerse para descubrir
su entorno, ahora anaranjado, tal vez algo amarillento.
En el lado contrario de los espejos, a mi izquierda, se levantaban unos
ventanales grandiosos que se prolongaban hasta el techo, dejando que su
transparencia no se interpusiese entre el cielo estrellado, su luna y yo.
Delimitado únicamente por largos morados cortinajes de seda que colgaban
relajados.
Tardé en percatarme del fatigoso humo que me acorralaba. Me estaba atontando
conforme pasaba más tiempo... inhalándolo. Se trataba de una delgadita vara de
incienso, clavada en un trozo de madera. Diseñado expresamente, para recibir
las pequeñas cenizas, en su alargado regazo.
Me extrañó aquel lugar, nunca había estado antes, tampoco recordaba cómo había
llegado hasta allí. Las sábanas que me cubrían eran muy suaves, podía notar
su cálido tacto por todo mi cuerpo debido a mi completa desnudez. En la
cabecera se encontraban unos grandes cojines, bordados con dibujos muy bellos y
que, en su conjunto con el lecho, tenían un aire que me recordaba a la época
del romanticismo. Ya me había incorporado hacía rato, pero no dejaba de salir
de mi asombro.
Contemplé mi alrededor, y procuré detectar alguna cosa mínimamente
conocida, familiar, que pudiese aliviar mi enojo... nada, todo me resultaba
desconocido...
En el ambiente, percibía cierta incomodidad y, algo me decía que debía salir
de ése lugar de inmediato. De modo que me senté en el filo de la cama,
retirando las sábanas y haciéndome con la colcha para no salir desnudo de allí.
Sin embargo, de pronto, algo me detuvo: tras la puerta se sentían unos pasos
que trazaban su destino, seguros y firmes. No tardaron en pararse frente a mi
puerta. En mi rostro se dibujó la sorpresa de lo inesperado, mi boca se abrió
y mis ojos no sólo se abrieron sino que no pestañearon en ningún momento,
clavándose en el pomo de la puerta.
Éste se giró y dio paso a un hombre
provisto de una gabardina blanca. El fuego de las velas reflejaba en sus ojos,
también en sus características gafas. Su pelo, corto y abundante, era más
blanco que cualquier copo de nieve que intentase recordar, y se movía al compás
de la leve corriente de aire. Parecía dibujar ondas del mar en su contraste con
el oscuro fondo. Entonces fue cuando el pánico se apoderó de mí, ¡hasta casi
llegar a ahogarme entre sus imaginarias manos!
Las nubes de incienso se escurrían, se escapaban, salían hacia fuera. Seguro
que se dirigían en busca de ayuda, pensé de forma automática e ingenua.
Sus labios permanecían sonrientes, como siempre los recordaré, maléficamente
odiosos. Al percatarse de que se los miraba, pasó su lengua por ellos dotándolos
de un brillo perlado muy atractivo. Después, se entreabrieron sigilosamente e
irónicas palabras empezaron a brotar susurradamente:
- ¿Has dormido bien?-
Incapaz de articular cual palabra pasara por mi mente, no pude más que desviar
la mirada para coger aliento. Él tampoco esperaba una respuesta, él tampoco
esperó a que se la diera, y yo, tampoco lo hice.
Cerró la puerta detrás de sí. Hechó la llave e intuí que se la había
guardado en uno de sus bolsillos. Cada paso que daba, acercándose a mi, me
producía náuseas y sólo pensaba en correr, en huir de su lado, y abandonar así
esa situación tan embarazosa. Pero me faltaban fuerzas, siempre me han faltado
fuerzas, para encararme a él y negarle cuanto quisiese él de mí.
Ahora estaba frente a mí, con las manos en los bolsillos de la gabardina e
inclinándose para hablarme.
- Veo que ya estas mucho mejor... - Dijo mientras levantaba mi barbilla, como si
viendo mis liláceos ojos, éstos le reafirmasen lo que acababa de comentar. - Entrégate a mí esta noche... y, no volverás a verme... jamás... -
Murmuraba, y prosiguió: - ... te dejaré en paz para siempre. Ahora, entrégate
a mí Tsuzuki-
Se aproximó hasta rozar mi oreja con sus palabras, me producía un cosquilleo
frío. Tragué saliva y pensé sobre lo que acababa de escuchar. ¿Qué más podía
hacer si tampoco sabia negarle nada?...
Afirmé con la cabeza sin apartar mi vista del suelo, que desde entonces era mi
única evasión frente a él.
Me indicó que me colocase boca arriba, en el lecho. Vacilé unos segundos. Él
supo esperar, siempre ha sido paciente y tranquilo, a pesar de su maleza. Al
final, obedecí sin más, tumbándome sobre la colcha, reposando mi cabeza en
los cojines y observando aquella luna teñida de rojo, Sangraba y temía por mí,
lo supe.
Una vela dejó de iluminarnos.
~~~~~ Sin poder no hay debilidad. Sin dominio no hay esclavitud...
Quien goza de poder abusa de él y le provoca ese malvado placer. ~~~~~
me susurró.
Se situó sobre mí, no sin antes
haberse quitado la gabardina, los pantalones y toda ropa que le cubriese. Sí,
los dos yacíamos despojados de nuestras respectivas ropas y debía, tenía que
entregarme a él para olvidarle definitivamente. Aplastó mis muslos, sentí
como involuntariamente su grueso pene, rozaba la parte interna de mis piernas,
me incomodaba sólo pensar en lo que podría pasar después... Me rodeaba con
las pantorrillas, las colocó a lado y lado de mi cuerpo, como si fuese su
presa, como si quisiese inmovilizarme mediante esa técnica.
Comenzó a besuquearme el cuello. Notaba como sus cabellos acariciaban
irregularmente mi mejilla. Yo simplemente apretaba mis manos contra la colcha,
deseando que acabase pronto.
Su mano derecha inició y se recreó en mi pecho, jugaba con mi rosada tetilla
hasta que ésta le contestó irguiéndose. Dibujaba círculos entorno a ella,
repetidamente hasta que, finalmente llegó con su boca, succionando
delicadamente una y otra vez mi endurecido pezón, como si pretendiese beber
leche de éste. De vez en cuando, su lengua intervenía pero era en contadas
ocasiones. Sentí cuanto se erizaban mis mamas en contra de mi voluntad,
contrariamente a mi aflicción, a él parecía reconfortarle cada manifestación
de placer que mi cuerpo obrase.
Ardientes lágrimas echaron sus primeros brotes en las comisuras de mis ojos.
Reparé en cómo crecían, en cómo creaban su camino a través de mis pómulos
y más tarde, llegaban a fundirse sobre los ropajes. Mis espasmos actuaban cada
vez con más frecuencia. Mis manos se contrajeron y llegué al punto de clavarme
las uñas en la palma y apreciar cómo mi sangre se escondía entre mis dedos.
Cuando se hartó de mi torso fue a ... ¡Oh! Por favor... ¡No tuvo piedad
alguna! Y yo creyendo aún en su palabrería... sin pensar que ya me estaba
drogando indirectamente... e involuntariamente por mi parte... no por la suya ¡claro
está!
Experimenté como sus manos comenzaron a acariciar mis partes más íntimas. Podía
apreciar la yema de sus dedos recorriendo mi miembro, recreándose sin todavía
haber saciado su perverso objetivo. Me masturbaba, incesablemente y, se me
endureció bajo aquellas malvadas garras. Sentía como mi sangre recorría esa
zona, como se concentraba caprichosamente y la dotaba de dureza. No pude evitar
retorcerme de placer. Fuertemente cerré los ojos y creé un gemido afilado que
mi boca desgarró.
Ciertamente, por fin consiguió lo que ansiaba en aquel excitado momento: Entre
sus escurridizos dedos me corrí mientras me encontraba yo en unos atormentados
y crispados espasmos de placer incontenible. Aquel hecho le excitó, lo capté
en la manera de comportarse y de mirarme...
Sin embargo, su crueldad no había acabado. Según él, deduje que sólo se
trataba de una especie de calentamiento previo al acto en sí. ¡Qué irónico
suena ahora en mi recuerdo!
Se deslizó como un felino hacia abajo, permaneciendo bajo mi ombligo su
sonrojado rostro. Noté como me miraba de reojo mientras se acercaba lentamente
mi miembro a la abertura de su boca.
- Será un placer mamártela... – Afirmó él sonriendo dulcemente; sus grisáceos
ojos me confiaron su próxima obscenidad.
Me prometí a mi mismo que eso sería lo último que le dejaría realizar. Que
le pararía los pies tras su próximo acto repulsivo. No obstante, el placer que
me ofrecía era exquisito, para deleitar todos los sentidos.
Introdució mi largo y rígido pene en el impuro hueco de su boca. Experimenté
aquella humedad cálida que me lo rodeaba. Su lengua no paraba de recorrérmelo.
Se lo metía y sacaba incansablemente. Nuevamente, la excitación exaltaba y se
manifestaba en mí con impulsivos e incontrolados chorros de semen. Mis muslos
se contraían toscamente y yo me sentía muy enojado. Seguramente tendría el
rostro desfigurado pidiendo compasión, con los ojos llenos de lágrimas que,
apenas me permitían ver más que borrosas figuras y colores horrendos
deformados.
Fugazmente, una de las dos velas que
quedaban se dejó vencer por la corriente del aire y por la oscuridad tenebrosa.
~~~~~ Sin maldad no hay bondad. Sin tristeza no hay alegría...
Quien goza de maldad esta le acaba consumiendo. ~~~~~ me confió.
- ¡No quiero creer en tu falsa
palabrería, sé que no lo cumplirás!- Grité intentando retirarle la cabeza de
mí. Casi conseguí tirarle al suelo pero sólo fue una mera ilusión que provocó
mi imaginación. Tan solo conseguí tirarle las gafas al suelo y retirarlo un
poco... pero se volvió y se giró hacia mí.
Le dejé a un lado, en los pies de la cama, a empujones. Me deslicé hasta el
borde del lecho, me levanté i, seguidamente, me dispuse a coger su gabardina
blanca que podría llegar a tapar mi cuerpo y que poseía la llave de la puerta;
Sin embargo, no llegué a alcanzarla si quiera cuando noté como sus garras se
aferraban a mi cadera y me lanzaban fuertemente a mi sitio anterior. Mis piernas
tropezaron y caí boca arriba. El techo fue lo único que pude observar en ese
trágico momento mientras protestó:
- ¿ En serio crees que me importa algo que confíes en mis palabras? –
Hizo
una pausa y me obligó a ponerme boca abajo – ahora vas a sentir mi ira, por
desobedecerme – Murmuró.
No osaba volver la vista hacia atrás, pensé que me había abandonado en
aquella penosa postura ¡Qué iluso fui al creerme mis propios pensamientos!
Recuerdo que en aquel instante de reflexión observé la luna, como lo había
hecho minutos antes, ahora no solo estaba ensangrentada sino que además la
envolvían unas nubes rojizas que la ahogaban y ella pedía clemencia por mí,
aquella luna llena.
Su presencia interrumpió mis pensamientos. Clavé mi rostro en los enormes
cojines, enterrandome entre ellos y llorando sin parar. Acto seguido, él apoyó
en mi rabadilla su rodilla y ya, desde aquel instante, seria en vano intentar
incorporarme, no podía ni dejaría que me moviese. Simplemente, tendría que
aguantar el chaparrón que me cayese, sin paraguas alguno.
Descargó su vara fina y metálica una y otra vez sobre mis muslos y
pantorrillas. Los azotes que me propinaba eran violentos, estaban decididos a
deformar mis piernas si hacia falta. No descansaba ni un segundo de su azotaina,
no cesaba. Sentí algo acuoso mientras me zurraba, deduje que la violencia con
que me estaba maltratando provocó que mis piernas – muslos y pantorrillas –
sangrasen. Debía de tener notables moretones y parecía que su sentencia sólo
acababa de empezar.
No pude reprimir ni un solo sollozo, ni un solo lamento. El dolor perecía pero
renacía con cada nuevo azote y se sumaban. Yo pensé que acabaría conmigo y
con mi sufrimiento.
- ¡Ten piedad!.. ¡ Me entregaré a ti, me entregaré a tus deseos! –
Grité
- ...me entregaré a ti Muraki... – murmuré con las pocas energías que
albergaban en mí.
Estuve a punto de perder el conocimiento cuando milagrosamente, se detuvo. Un
silencio agrio bañó aquel momento. Las piernas me escocían, seguramente no
podría andar hasta que me regenerase dentro de unas horas o, más bien, dentro
de unos días – puesto que no disponía de fuerzas... -. Parecía como si una
aura que nos envolvía, anulase mis poderes. Las heridas, aún me dolían como
si todavía él continuase azotándome una y otra vez en el mismo lugar; Sin
embargo no era así, ya había descargado suficiente y, percibí en su respiración,
cierto agotamiento.
De pronto se arrojó sobre mí. Su delicado cabello blanco creaba un cosquilleo
sobre mis muslos y más tarde, sobre mis pantorrillas. Sus dedos, en contacto
con mis heridas hicieron que me retorciera de dolor, era su sentencia. Era
terrible cada caricia y no pude evitar mis agudos gemidos. Por ello, apreté mis
labios, me los mordí para no satisfacerle con ellos.
Me percaté de que sus besos recorrían cada uno de mis hematomas, cada una de
mis heridas. De una manera asombrosa que no conseguí explicarme, me aliviaban.
Aquellos besos y lametones de lengua, me provocaban dolor, no obstante, éste no
tardaba en cesar y desvanecerse. Tuvo cierta piedad de mí, eso no pude negárselo.
Pero, claro está, era lo que le interesaba: dejarme sin fuerza alguna para no
poder llegar a huir ni de su lado, ni de aquel lugar y ni de la luna.
Repentinamente me cogió la cadera con ambas manos, me alzó y me colocó con el
culo en pompa. Con mis manos sudorosas intenté que me soltase, que no se
aprovechase más de mí. Eso no le detuvo puesto que, a duras penas pude más
que agarrarle un dedo y tirar de él, escurriéndome. Me convencí a mí mismo
de que era mi fin, que debía asimilarlo y que la luna me había traicionado,
pues no podía hacer nada para detenerle! Y, la simple idea de creer que me
salvaría me hizo reír por dentro pero me hizo llorar sin parar externamente,
ya no me importaba que me escuchase o me dejase de escuchar. Era mi fin. Ya
todo, absolutamente todo, me daba igual. Ni la luna, ni las estrellas lo podrían
remediar... ¡ni yo!
El reloj del tiempo se detuvo. Noté como el humo que a penas había prestado
atención, se había apoderado de mi ser. Mis pensamientos estaban perturbados,
aquel maldito incienso me embrujó ¡no! Me drogó de deseo sexual, del más
selecto y codicioso apetito sexual. Y dejé que él se adueñase de mi cuerpo, y
de mi mente, y de mi aniñado yo interior, y cedí también mis sentimientos,
rencores, amores, todo cuanto me perturbase lo alejó, lo aisló, y se hizo
hasta con mi tímido corazón, lo arropó entre sus pensamientos y entré en un
estado de realidad onírica, llena de colorido, y brillo aglomerados. ¡Cómo
cambié de parecer en pocos minutos! ¡¡Pues ahora ansiaba ardientemente que me
violase !! Y ese fuego se propagaba más y más, cada vez se hacía más
notable, más indomable y más palpitante.
De vuelta a la realidad, roció delicadamente mi ano con semen, deduje. Luego,
se apresuró a penetrarme mientras aguantaba fuertemente las caderas en el vaivén.
Cuando lo sentía dentro de mí, cuando me desgarraba por dentro con su grueso
sexo, mi cuerpo respondía acalorado. Mi pene se tensaba; mis genitales se
contraían; mis pezones se endurecían; mi cuerpo sudaba pequeñas gotitas; mis
dedos se volvieron a clavar en las heridas de la palma; y mi garganta estaba
dominada por el placer que le provocaba gemir sin cesar. Me enterré nuevamente
entre los cojines, él seguía sacudiéndome, y yo noté como sin querer, había
mojado la colcha otra vez. Él parecía más vivo e insaciable que nunca ¡qué
ironía! Pues si ambos sabemos que se trata de un ser eternamente muerto,
encerrado en su edad. Creí que su miembro me partiría en dos, que me deslomaría
o que acabaría conmigo en una de las sacudidas... ¡Sí! Qué intenso se
hizo...
-... ugh ... ¡tu ímpetu acabará conmigo!- Le grité sonriendo en señal de
burla.
Al parecer, no percibió mi tono irónico y disminuyó aquella intensidad, aquel
ritmo, hasta que progresivamente se paró. Su respiración era crispada, me volví
hacia él, escurriéndome entre las piernas que me hicieron preso, él no daba
indicios de alerta, puesto que sabía de sobras que ya no me escaparía ni iría
a ningún sitio. Inclinaba su cara hacia el plano cielo de la habitación,
arrodillado y con los hombros caídos que dejaban descansar los brazos, casi,
casi tras su espalda. Visto así, parecía otra persona... e incluso no me
resultó tan malvado como lo había pintado yo anteriormente, en mi subjetivo
cuadro, con pinceles de mi recuerdo.
La última llama que nos
proporcionaba su luz, se marchitó y me aconsejó:
~~~~~ Sin éxtasis no hay cordura. Sin delito no hay inocencia...
Quien goza de éxtasis, éste se adueña de su ser. ~~~~~
Entre tanta negrura se podían
observar todavía algunos contornos que, al poco rato, la vista acabaría
completando con el resto de gamas grises que antes ni se apreciaban. Entre tanta
oscuridad se acabó de prender lo último que quedaba de incienso, ahora
solamente quedaban sus cenizas como prueba de ello, pero aquellas nubes de olor
dulzón que creó perduraban, y se paseaban por toda la habitación sin saber
con certeza dónde acabarían...
FIN