"Forward"
Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka
Zetsuai
since 1989 ~ Forward
Por
Shaka
Nota:
Este fic se sitúa tras el final de tomo 13 de Bronze. Si desconoces dicho término,
puedes consultar un resumen ilustrado de todo Zetsuai / Bronze que he elaborado,
disponible en mi página web: http://forward.webcindario.com
Prólogo:
3 años después
<< - Ensayémoslo por última vez… Veamos… ¿Perpetró usted
el homicidio de Akihito Nanjo la noche del pasado dos de noviembre?
- Sí.
-¿Se arrepiente de haberlo hecho?
-…en absoluto.
- Kôji… ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Tendremos suerte si
el Fiscal te rebaja la pena a sólo tres años. Si no colaboras, nada podrán
hacer mis abogados por ti. ¿Es que quieres pudrirte en la cárcel? ¿Quieres
estar alejado de Izumi por el resto de tu vida?
- No me subestimes… El mundo sin él no existe, la vida se convertiría
en un espejismo sin sentido. Por eso, sólo por eso… Mentiré.>>
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El barullo
conformado por los cientos de voces congregadas en el comedor quedaba incrustado
en el cerebro de todos aquéllos que trataban de comunicarse con los que les
rodeaban, pasando en algunos casos a ser el principal causante del aumento del
ruido, dado que poco más que gritar se podía hacer para combatirlo.
Fue precisamente
ese molesto y continuo rumor de fondo lo que más le había impactado a su
llegada al campus. Sin embargo, varios cursos en la Universidad acababan por
acostumbrar hasta al más recio. No es que fuese su caso particular, se había
curtido en mil y un ambientes más concurridos que ese, pero el cambio de
cultura y trato social no dejaba de fascinarle.
- Por ahí hay
una mesa libre. Iré cogiendo sitio.
Entre cientos de
ruidosos estudiantes se abrió paso por la cafetería, portando con habilidad y
sentido del humor una bandeja de plástico repleta de tazas de café, agua y demás
peticiones. Se acercaban los exámenes finales, cada ocasión de celebrar reunión
debía ser aprovechada al máximo.
- ¿Quién ha
pedido esto? – preguntó con sorna, para entregarlo en mano al susodicho.
Le encantaba
charlar sin nada más en mente con sus amigos. Tantos habían sido los momentos
de esfuerzo y estudio compartidos que habían formado la más sólida de las piñas.
Era maravilloso al fin haber encontrado en un grupo de gentes tan dispares y
procedencias aún más variopintas una válvula de escape para su realidad.
Aunque todos los años regresaba a su país… Lo cierto es que no echaba de
menos lo que había dejado parcialmente atrás.
Había tomado la
decisión de desvincularse, y aunque en cierta manera lo había conseguido, su
eterna sonrisa sólo desaparecía cuando pensaba en el asunto. Mas la mañana
era demasiado animada como para estropearla con historias del pasado. Charló y
bromeó, como siempre, concertó las pocas citas restantes hasta la época de
clausura bajo pilas de libros y apuntes, siguió lanzando pequeñas indirectas
hacia Charlene, su compañera de prácticas, a la que casi tenía en el bote…
Hasta que notó
la vibración del diminuto móvil en su bolsillo.
- ¿Sí? Ah,
vaya, no esperaba tu llamada… Cuánto tiempo.
El reducto de
futuros doctorados en medicina siguió a lo suyo mientras vociferaba para
hacerse entender al otro lado de la línea. La joven, centro de toda su atención
hasta ese momento, le miraba con curiosidad, apoyando la barbilla en una mano,
sonriendo pese a no entender ni una palabra de lo que decía.
Se quedó extrañada
al ver su gesto repentinamente rígido y la tez pálida, como si hubiese visto
un fantasma, o le hubiesen dado la peor de las noticias vía telefónica.
- Shibuya, ¿estás bien? ¿Ha pasado algo?
- No… No es nada. Me ha surgido un imprevisto. Lo siento, tengo que marcharme,
chicos.
Todos callaron
unos segundos antes de empezar a protestar. Nada iba a pararle, ahora que se había
puesto su cazadora era evidente que hablaba en serio.
- Yo tengo que
ir para Manhattan, por si quieres que te alcance al centro.
- Oh, no… - rió. – Me temo que no te queda de paso, voy un poco más lejos.
- ¿Y a dónde te largas, si se puede saber?
Ya a una
distancia considerable de la mesa, se despidió con la mano al tiempo que
respondía con su habitual alegría, sólo que en esta ocasión, de sus ojos
brotaba un mensaje distinto.
Contrariedad…
Quizás felicidad… Sorpresa.
O simplemente…
Temor.
- Al aeropuerto.
Me marcho a Tokio.
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Tímidos rayos
de luna penetraban a través del estrecho ventanal, el único en esa minúscula
y tétrica celda. Sin más compañía que la sencilla cama donde pasaba las
horas nocturnas en vela y los barrotes que le separaban de la codiciada
libertad, permanecía inmóvil, apoyada su ancha espalda en la pared con la
vista perdida en algún punto indefinido, y los cabellos, ya nuevamente largos,
cayendo rebeldes por ambos hombros.
Pronto quedaría
cumplida la condena. Cada una de las jornadas que había pasado encerrado había
sido como una pesadilla densa y monótona, carente de contenido. Ni los primeros
encontronazos con algunos reclusos, ni las amenazas de las redadas yakuza ante
todos los escándalos de los que había sido protagonista habían podido con él.
Se enfrentó a
las sutilezas de sus compañeros de prisión con evidente indiferencia y
desprecio. Esa manada de seres ignorantes y toscos había cometido cientos de
vulgares crímenes; pese a todo, osaban comparar dichos actos a uno tan íntegro
como el suyo.
Así era como Kôji
lo veía. Él había obrado como hubo de hacer antes, mucho antes…
Había matado…
Por amor.
Y seguía sin
lamentar la muerte de su hermanastro, al que odiaba incluso ya muerto. Pero no
le importaba. Ni la acusación, ni el haber sido definitivamente desheredado, ni
estar evidentemente en la bancarrota, sin pasado ni futuro para los medios.
Había dejado en
manos de los abogados de Shibuya el empleo de todos sus bienes con tal de
costearle la rehabilitación. Habían tratado de persuadirle, queriendo
convencerle del riesgo palpable de sus intenciones: sería como invertir en
medio de un desierto, destinar fondos a una causa perdida.
No obtuvieron más
que una rotunda negativa por su parte. Aunque las posibilidades fuesen remotas,
mientras quedase un ápice de esperanza se aferraría a ella. Aún no había
renunciado al milagro.
Sin posibilidad
de acudir al mantenimiento de aquella prótesis americana fija a su cuerpo o
siquiera poder pagar los procesos de restauración, la prolongación del
maltrecho brazo resultaba más artificial que nunca, su única utilidad residía
en mostrar con orgullo que había rehusado a la que se suponía había sido su
familia.
En cuanto
saliera de la cárcel, lo primero que haría sería eliminar ese nombre,
desligarlo de si mismo. El Nanjo que era había desaparecido hacía mucho
tiempo, pronto quedaría en el completo olvido para los demás a efectos
legales.
Los días y las
noches se sucedían unos a los otros, y él simplemente esperaba. La luz, la
oscuridad, el dolor, la pasión, la misma vida… Nada tenía importancia.
Sólo él.
Por Izumi había
sufrido mil y una transformaciones. Le había entregado la mayor de las
felicidades y la peor de las desgracias. Le había poseído, le había adorado,
le había visto elevarse por los cielos para luego arrastrarle inerte del suelo,
completamente destrozado.
<<Nunca
renunciaré ni al fútbol, ni a ti>>
Kôji seguía
aguardando. El infierno en el que se hallaba era una nimiedad, porque al final
del túnel estaba él. Aunque hiciera seis meses que no fuese a verle, medio año
sin la mínima noticia. No le atormentaba, porque sabía que pronto volverían a
estar juntos.
Lo sabía tan
bien como que el propio Izumi era consciente de lo que el abandono supondría.
Nunca se lo perdonaría.
Nunca.
El crucifijo de
brillantes, siempre vistiendo su muñeca, devolvió en reflejo parte de la luz
con la que el astro de plata le bañaba. Lo sostuvo entre los dedos, repasando
la textura, sintiendo como su tacto le abrasaba. Era lo único tangible que de
él poseía.
Había quedado
postrado en una silla de ruedas por su culpa, mas no había sido el único en
pagar alto precio. Él mismo lo había arriesgado todo con tal de seguir a su
lado, olvidándose de lo que conformaba el resto del universo, hasta de la música.
¿Para qué
cantaba en el pasado?
Lo hacía por
dar alivio a la terrible angustia causada por una pérdida acontenida incluso
antes de producirse. Aún ni se había cruzado en su camino aquella noche de
lluvia y exceso, pero ya sentía que la vida se le escapaba porque no tenía
valor sin el fulgor de sus ojos guiándola.
Ausencia de su
calor, del ardor de su piel de bronce. Una falta que, si bien no era la misma de
antaño en sus días de adolescencia, podía comparársele.
Ambas pérdidas
le habían empujado a valerse del don que según los demás poseía para
cantarle a él.
Sólo a él.
Y es que tras años
de silencio, la mente y corazón de Kôji volvían a expresarse en forma de
rimas y versos, conformando temas que volverían a alimentar masas cuando en
realidad poseían un único y definido destinatario.
Como cada noche
desde hacía bastante, su potente voz, convertida en un rumor propagado por todo
el pasillo donde otros marginados de la sociedad convivían, se manifestó,
retando al silencio y doblegándolo a la voluntad de la melodía a la que había
dado forma, sonando ya perfecta en su cabeza.
De un Cielo implacable la espada cayó
tiñendo de sangre cuanto encontró a su paso.
Quizás Dios y sus hombres se confabularon
con tal de conseguir tu exterminación.
Pero tú, mi ángel maldito, de nuevo el vuelo alzarás,
cicatrizarán las heridas de tus alas,
la furia de tus ojos les castigará.
Anclado a tu cruz quedaré por los siglos,
tres clavos de rubí no me dejarán escapar:
uno por ti, uno por mí, uno por quién en tu nombre… volvería a matar.
Y al sellarse sus labios, de nuevo la nada, alimentada por el también sepulcral
silencio de los presentes en sus celdas, los cuáles así parecían pedir al
extraño y visceral joven que no detuviera el acostumbrado recital con el que la
madrugada se hacía si no soportable, algo más llevadera.