"Forward"
Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka
Capítulo
5: Naturaleza muerta
Para
dos nativos de Tokio, una de las urbes más descomunales del planeta,
acostumbrados en mayor o menor medida a sus concurridas líneas subterráneas de
transporte, Victoria Station no debía
suponer impresión alguna.
Sin
embargo, el encanto fruto de la mezcla entre modernidad y el pintoresco ambiente
puramente británico no dejaba indiferente a nadie. Acusando los efectos del frío
húmedo, Takuto miraba a todos lados asombrado mientras cargaba con su maleta y
metía la mano libre en el bolsillo para mantenerla caliente.
Desde
ése, el corazón londinense en cuanto a locomoción se refería, partían todo
tipo de trenes, metros y autobuses. Trataba de no despistarse demasiado, el
viaje había sido agotador y por ello sus sentidos estaban más bien
adormilados. Perder de vista un sólo segundo a Kôji supondría extraviarse
entre oleadas de gente apresurada que no podían permitirse llegar tarde a la
oficina, o ultimaban las tardías compras navideñas.
De
nuevo con los ojos cubiertos por oscuros cristales, su acompañante paró a un
lado del camino, apartándose lo posible de la multitud para poder sacar la
tarjeta del bolsillo de la chaqueta. Vestía totalmente de negro, estilizando su
ya de por sí soberbia figura, realzando la tonalidad de su piel.
-
¿Sabes a dónde tenemos que ir?- le
preguntó Izumi, estirándose. Seguía entumecido por el exceso de inmovilidad.
Volvió
a releer la dirección, consultando a continuación un panel contiguo con el
trazado de las redes de metro. El tube
era el sistema de transporte urbano más eficaz de la cosmopolita ciudad,
habitada en la actualidad por miles de personas provenientes de las antiguas
colonias que el Imperio Británico ostentaba en su mejor época.
-
Está en la zona de Hammersmith.
Tendremos que hacer algunos trasbordos, pero una vez allí no creo que la clínica
sea difícil de encontrar.
Takuto
asintió, mirando de reojo el mapa. No le gustaba el metro, prefería ir andando
o corriendo a los sitios, pero no quedaba más remedio, menos en un lugar que
desconocía por completo. De pronto y sin previo aviso, sus tripas se quejaron
por el ayuno.
Tan
intensos fueron los rugidos que Kôji se volvió para mirarle, antes de empezar
a reír.
-
¿Hay alguna fiera hambrienta por aquí?
-
A mí no me hace gracia… - replicó,
malhumorado.
Sonrió,
buscando la cartera.
-
Aprovechemos para cambiar esto en
libras. Come algo tú, yo no debería por si me hacen los análisis ahora.
Con
toda la emoción del viaje, Izumi reparó en ese momento en la operación. No lo
había pensado demasiado, y una súbita preocupación se apoderó de él. Si lo
que Shibuya les había dicho era cierto, Kôji podría entrar a quirófano aquel
mismo día.
Odiaba
los hospitales. Detestaba su olor a formol y otros componentes químicos, así
como el ambiente impoluto y esterilizado
tanto de habitaciones y pasillos como de trabajadores. Todo quedaba cubierto por
un halo impersonal, necesario para afrontar profesionalmente las miles de
historias cotidianas que en los centros médicos se sucedían, muchas
protagonizadas por los pacientes, pero en muchos casos por los familiares.
Como
buen Leo, era optimista por naturaleza. Mas por un breve segundo, se preguntó
qué sería de él si Kôji no despertaba de la mesa de operaciones.
Agitó
la cabeza con brusquedad, tratando de eliminar radicalmente esas imágenes
traicioneras de su imaginación.
-
¿Estás bien? – preguntó preocupado
al ver como su moreno rostro quedaba ensombrecido sin previo aviso.
-
Sí, perfectamente. – le respondió,
tomando también su maleta.
Emprendieron
el paso en dirección a la cabina de cambio de divisas más cercana, cuando una
nueva pregunta le asaltó. Conociendo como hacía a Kôji y el mundillo en el
que se había codeado hasta entonces, le resultaba de lo más extraño
imaginarle años atrás moviéndose por Londres en un medio de locomoción que
no fuese un Mercedes o un BMW.
-
¿Cuántas veces has ido por aquí en
metro?
-
Ninguna. Ésta será la primera.
Lo
decía con tal desparpajo que no pudo hacer menos que lanzar una risita
jactanciosa.
-
Pues quién lo diría…
-
Es la primera norma del artista. Si
aparentas seguridad en lo que haces, seguridad será lo que vean los demás.
Congruencia entre acción y actitud, la psicología humana es más simple de lo
aparente.
E
encogiéndose de hombros, caminó a su lado hasta la susodicha oficina, buscando
en el tablero el ratio de cambio exacto con respecto al yen.
____________________________________________________
-
Buenos días, ¿el doctor Foster, por
favor?
La
recepcionista de la centralita elevó la mirada de los documentos pendientes por
entregar cuando la melódica voz de Kôji, con su acento neutro que evidenciaba
una incatalogable procedencia extranjera, rompió con el silencio de la amplia sala de entrada.
Takuto
miraba los interminables pasillos que se alzaban a ambos lados: suelos
brillantes y blancos, color que compartían paredes, marcos de ventanas, e
incluso los uniformes del personal que con calma atravesaban el lugar.
Tras
preguntar a varias personas a la salida del metro y caminar por espacio de unos
veinte minutos, encontraron el centro privado. Estaba en una zona privilegiada,
rodeado de amplios jardines y arboledas. Más que un hospital, parecía un
enorme caserío de retiro para gente adinerada.
-
Sí, un momento, enseguida les atenderá.
No
tuvieron que esperar demasiado. Tras quitarse las gafas de sol, el nuevo
paciente vio llegar por el pasillo de la izquierda al requerido médico.
Era
un hombre joven, no debía tener más de treinta años. Llevaba el cabello rubio
cenizo largo hasta los hombros, recogido en una cola baja, informalidad que
contrastaba con su estricta compostura. Sus ojos azules parecían ganar en
amabilidad rodeados por las pequeñas arrugas formadas al sonreír.
Guardó
el bolígrafo en el bolsillo superior de su bata, sosteniendo una carpeta de
metal con informes varios, para tender la mano libre al altísimo joven de finos
rasgos y su compañero.
-
¿Sois los amigos de Katsumi, verdad?
-
Sí. Hemos venido como nos indicó.
-
Os estaba esperando, me ha hablado
mucho de vosotros. Seguidme, por favor.
Haciendo
gala de intachable cortesía inglesa, les condujo por los amplios pasillos hasta
llegar a su oficina.
Takuto
dejó las maletas junto al sofá adyacente a la puerta, observando con algo de
nerviosismo los diplomas y títulos que colgaban de la pared. Era el típico
despacho de traumatólogo, con su amplio escritorio, algunos modelos a escala de
la estructura ósea humana, y una camilla de revisión al fondo con su
respectivo biombo de tela. Conocía bien esos lugares, para su desgracia.
William Foster…
- leyó mentalmente en la plaquita que colgaba de la bata del joven doctor.
-
Supongo que Katsumi no te habló
demasiado del proceso.
-
No, ha sido todo muy precipitado, pero
confío plenamente en él y su criterio. Si me dejó en sus manos, por algo será.
Kôji
respondía con fría neutralidad. La implantación del primer brazo metálico
había sido particularmente tediosa. En cuanto al episodio vivido en Norteamérica,
prefería olvidarlo. El Dr. Hina y sus trapicheos habían quedado relevados a un
oscuro rincón de su memoria.
Si
había decidido volver a someterse a una operación de tal calibre, era por no
ocasionar a Izumi más problemas. Le gustase reconocerlo o no, carecer de
extremidad le limitaba bastante, pese a que el simbolismo de la brutal mutilación
propiciase al incremento de su orgullo.
-
Bien… Desnúdate de cintura para
arriba, voy a explorarte.
Se
levantó, despojándose del largo abrigo de cuero y la camisa que llevaba
puesta. Takuto permaneció sentado desde su posición en el escritorio con
semblante serio. La tensión de su rostro no debió pasar por alto para el joven
inglés, el cuál le alentó a unirse a ellos.
-
Será interesante que tú también
escuches cómo será la intervención. – le dijo con amable sonrisa.
Sin
dudarlo más, Izumi se situó al lado de Kôji, mientras éste se tendía en la
camilla, y dejaba la mirada suspensa en el techo mientras Foster retiraba las
vendas que protegían el abrupto final de la herida. Apretó ligeramente los
dientes al ser retirada la última, la cuál había quedado adherida a su carne.
-
Por fortuna, fue un corte limpio, si el
hueso hubiese quedado astillado habrías tenido serios problemas. – afirmó el
especialista, mientras alumbraba la zona con una pequeña linterna.
-
Ya ha llevado otras prótesis, ¿en qué
va a diferenciarse la nueva? – se interesó Takuto.
El
médico terminó la primera toma de contacto con el miembro a tratar, y se sentó
en un taburete próximo, mirándoles a ambos a los ojos.
-
Conocí a Katsumi hace dos años en los
Estados Unidos mientras realizaba un curso de especialización en nuevas
tecnologías aplicadas a la biótica. Verás, posiblemente las anteriores prótesis
funcionaban por impulsos eléctricos generados por el mismo aparato. Nuestro
hospital es pionero en un nuevo tratamiento, te implantaremos una que estará
ligada directamente a los nervios y principales vasos de tu brazo. La novedad en
nuestro prototipo es que se vale de tus propios impulsos eléctricos. Si bien no
goza de una efectividad exacta, podrá reproducir los movimientos que tú
cerebralmente indiques a la totalidad de la extremidad.
-
Es decir… ¿Podré abrir y cerrar la
muñeca, por ejemplo?
-
Sí, con la fuerza necesaria como para
desempeñar tareas cotidianas. Necesitarás un periodo de rehabilitación para
aprender a coordinar los movimientos, pero todos nuestros pacientes han quedado
satisfechos con los resultados.
Asintieron.
-
¿Cuánto dura la operación? – volvió
a requerir Takuto.
-
El proceso es delicado. El final del
hueso está bastante deteriorado, tendremos que seccionar una pequeña parte
para que la fusión sea del todo efectiva. Si no surgen más complicaciones de
las normales en mesa, podría tomar unas seis o siete horas.
Foster
les miró a los dos. Parecían decididos, pero notaba en el chico moreno cierta
preocupación. Apenas se acababan de conocer, pero el singular dúo le reportaba
simpatía.
-
Si no tenéis ninguna pregunta, deberíamos
hacerte ya las pruebas de la anestesia general, los análisis de sangre y demás.
Llamaré a una enfermera para que lo disponga todo en la habitación que os
hemos asignado.
Y
mientras el doctor se encaminaba hacia su escritorio para hacer la
correspondiente llamada telefónica, Takuto se acercó hasta Kôji, hablándose
en susurros algo extrañado.
-
¿Nos? ¿Asignado? Pensaba que tendría
que buscarme un hotel por aquí cerca.
-
Esta clínica es un lugar muy selecto.
Con el dineral que cuesta la operación, lo menos que pueden ofrecer es una
habitación preparada también para un acompañante…
Se
miraron a los ojos, alzando el yaciente la mano, colocándole los rebeldes
cabellos detrás de la oreja.
-
Además, ni bajo los efectos de la
anestesia permitiré que me dejes solo aquí.
-
¿Estás seguro de querer hacerlo?
-
Sí. No pasará nada, no tienes de qué
preocuparte.
Apenas
les dio tiempo a hablar mucho más. Aunque no le hizo demasiada gracia, Kôji
terminó por acceder a dejarse conducir en silla de ruedas hasta la habitación
en la tercera planta, seguido por un Takuto que llevaba las maletas a cuestas de
nuevo, y el coordinador general de la intervención.
-
Dora te extraerá sangre y supervisará
todos los procesos, es mi ayudante de confianza. – explicó Foster una vez
estuvieron todos reunidos.
Ante
ellos, una mujer aguardaba. Sus ojos, de un extraño tono entre azul cobalto y
violeta, resaltados por un llamativo maquillaje, contrastaban con su piel
cremosa y la oscura melena trenzada. Sus prendas, pese a lo austero de su
condición, resaltaban la esbelta y menuda figura. Les recibió con una sonrisa.
-
Será mejor que les dejemos a solas.
Puedes colocar las maletas en el armario. Acompáñame, te enseñaré el centro
mientras tanto.
Takuto
lanzó una fiera mirada a la enfermera. No le había gustado un pelo la sonrisa
con segundas que había lanzado a Kôji, en especial por conocer el efecto de
atracción que éste ejercía para con las féminas.
Se
obligó a decirse que aquél era el momento menos oportuno para sucumbir
a los celos.
-
Pórtate bien. Vendré luego a verte.
– le dijo, cerrando la puerta tras salir de la dependencia acompañado por el
doctor.
Kôji
le siguió con la mirada, sin inmutarse siquiera al sentir el pinchazo de la
aguja atravesando una de sus venas. Por contra, era algo más que una arteria lo
que la joven se encontraba admirando mientras realizaba aquella tarea rutinaria.
____________________________________________________
La
estructura del edificio se asemejaba a la de un enorme rectángulo visto desde
arriba, cuyo centro había sido eliminado y sustituido por zonas verdes.
Mientras caminaban con parsimonia por los pasillos concéntricos, Takuto se
deleitaba con la visión que tenía ante sus pies a través de los paneles de
cristal: un pequeño campo de fútbol de césped, con dos porterías de tamaño
ligeramente inferior al reglamentario, bordeado por bancos donde descansar y
caminos creados por setos y arbustos.
Algunas
personas mayores paseaban por los mismos, y unos niños daban patadas al balón.
Seguramente serían internos, o estaban allí por cuestiones familiares.
-
Disponemos de una cafetería en la
plata superior, una sala de televisión y… - Foster cayó al comprobar que el
joven parecía embelesado por las vistas.
Sonrió.
Recordó entonces otro de los datos que Katsumi le había revelado en aquella
llamada telefónica. Le había hablado fugazmente del caso en algunas de sus
muchas madrugadas compartidas en los laboratorios de la facultad, mas cuando
escuchó aquello, no dio crédito.
-
¿Puedo llamarte Takuto?
-
Sí, claro.
Sin
perder la cálida sonrisa, el inglés le condujo hasta el patio interior,
tomando ambos asiento en uno de los bancos de madera, acompañados por el alegre
griterío de los niños que jugaban a driblar entre sí.
-
Katsumi me contó lo de tu invalidez.
Me parece un milagro médico que hayas vuelto a ponerte en pie.
Él
clavó sus vivaces pupilas en el médico, las cuáles parecían emitir una luz
propia del sol, ahora oculto bajo el cielo gris y encapotado.
-
Hubo una época en la que me dejé
derrotar, pero nunca renuncié a la idea de volver a andar. He luchado mucho por
ello, Kôji también. No existen milagros, sólo voluntad, determinación por
conseguir lo que realmente se quiere.
<<Época en la que me dejé
derrotar…>>
Recordaba
su intento de suicidio como una laguna borrosa. Había estado a punto de cometer
la mayor estupidez de su vida. Y sin embargo, más cerca del final que nunca,
vislumbró la salida del túnel. El verdadero significado del abandono
de Kôji.
<<Nunca renunciaré al fútbol,
ni a ti>>
Foster
apoyó un brazo en el respaldo, observando a los jugadores mientras le respondía.
-
Cómo científico me parece un caso muy
interesante para el estudio. Pero supongo que no quieres que tu nombre conste en
nuestros archivos.
-
No. Ni el de Kôji.
-
Ya hemos tomado esa precaución.
Izumi
entrelazó las manos, apoyando los codos en las rodillas y la barbilla sobre los
dedos. No solía confiar en extraños, pero en esa ocasión no tenía otra
salida
-
¿Qué te ha contado Shibuya
exactamente sobre nuestra situación?
-
Lo justo y necesario dentro de su
discreción: que no deseáis que nadie sepa que él será intervenido aquí, en
Londres. Los motivos tengáis no me conciernen, yo sólo me limito a ejercer mi
trabajo, pero…
Suspiró.
Había escogido llevar personalmente ese caso porque además del reto médico,
se sentía en parte identificado con aquellos chicos. Él también sabía lo que
era tener a todo el mundo en contra, y tratar de alzar el vuelo a
contracorriente una y otra vez. Sabía por experiencia propia que los inicios no
eran nada fáciles.
-
Mi familia no aceptó de buenas maneras
que quisiera dedicarme a la medicina y marcharme a la capital. Por suerte mi tío
me apoyó desde un principio, y aunque no ha sido fácil, conseguí salir
adelante. Ésta es una ciudad muy dura en sus inicios, pero a todo el ser humano
se acaba acostumbrando… Me acabo de mudar con mi mujer, el estudio donde vivía
hasta ahora no es gran cosa, pero está en buena zona, y dentro de lo que cabe
el alquiler es razonable…
Rebuscó
en el poblado bolsillo de la bata, y le tendió una nueva tarjeta.
-
Decidle a la casera que vais de mi
parte.
Takuto
se quedó sin saber qué decir. No escatimó en recursos a la hora de prodigar
nuevas y sinceras sonrisas.
-
Muchas gracias…
-
No me las des. Y ahora, con tu permiso,
voy a comprobar como van en el laboratorio con las muestras, quisiera empezar la
operación lo antes posible. Si necesitas cualquier cosa, pregunta en recepción,
sabrán guiarte.
Foster
se levantó, disponiéndose a marchar, no si antes insistir con educación.
-
Sopesa lo de la revisión. Me gustaría
comprobar el estado de tu columna. Mera satisfacción investigadora.
Él
asintió con la cabeza, dejándole marchar. Se había sometido a tantas pruebas,
TAG’s y demás conjeturas médicas que la idea le parecía de todo menos
atrayente. Sin embargo, si todo salía bien, quizás se dejase hacer por mera
correspondencia.
Se
fijó en el número de teléfono de la tarjeta. Tal vez se atreviera a llamar,
corrían el riesgo de perder la oportunidad de conseguir un techo con
referencias, lo cuál siempre era mejor que buscar a tientas, sin demasiado
dinero y con unos papeles que tendrían que ser puestos en regla, pronto pasarían
de ser meros visitantes a demandantes de permiso de residencia.
Guardó
el pedazo de cartón, incapaz de contenerse por más. Caminó hasta los tres niños,
mirándole los mismos algo extrañados, no debían estar acostumbrados a que un
adulto les pidiese participar.
-
¿Puedo jugar con vosotros?
Los
ojos rasgados y la característica pronunciación dejaban patente que el chico
era de procedencia asiática. Les pareció simpático, así que accedieron.
-
Pero ten cuidado, que la pelota es de
mi hermano, me matará si se pierde. – dijo el más pequeño de los tres, el
cuál llevaba muletas.
Izumi
respiró profundamente: estaba viviendo, al fin, un momento con el que había soñado
demasiados años. Se deleitó con el sonido que más amaba sobre la faz del
planeta…
El
del cuero del esférico chocando contra las suelas de sus zapatos.
Apoyó
el balón en el suelo, e introduciendo con rapidez la punta del pie por debajo
del mismo, lo levantó por encima de su cabeza, recogiéndolo con la rodilla
flexionada.
Hizo
un par de malabarismos, combinando pequeños toques con cabezadas para deleite
de los niños.
Sintió
una descarga de adrenalina al volver a lanzarlo muy alto y elevar su pierna
izquierda hacia atrás. En el preciso momento en que el balón estuvo a la
altura del empeine sostenido en el aire, chutó con todas sus energías.
Para
asombro de los pequeños ingresados, la pelota se estrelló contra las redes de
la portería opuesta tras colarse limpiamente por una de las esquinas
superiores.
-
¡Guau, eres genial! – exclamó uno
de ellos.
-
Ojalá yo pudiera hacer algo así… -
comentó con tristeza el niño de las muletas mientras sus dos compañeros de
juegos corrían a buscar la pelota.
Takuto
apoyó una rodilla en el césped, mirándole a los ojos. Su tacto para los niños
era innato, adoraba a los críos.
-
Nada es imposible. Si te esfuerzas,
podrás alcanzar las estrellas. Sólo tienes que alzar los brazos sin rendirte,
hasta que las toques.
Le
correspondió con una sonrisa que le alegró el corazón. Pronto los otros dos
estuvieron rodeándole, formando una especie de corrillo.
-
¿Nos enseñas algunos trucos?
-
¡Yo de mayor quiero jugar en el
Arsenal!
Rieron.
Se sintió, súbitamente, muy feliz.
Varios
metros más arriba, Kôji le contemplaba desde la ventana de su habitación.
La
enfermera hacía rato que se había marchado, y él había aprovechado para
vestirse con las sobrias vestimentas pre-operatorias. Apoyado en el cristal, la
emoción le recorrió por completo. Incluso desde aquella distancia, había
visto el destello de sus ojos de fuego al lanzar a puerta.
Ese
era el Takuto del que se había enamorado… El Takuto que, al fin, volvía a
desplegar sus alas.
<<Eres un egoísta, Kôji. ¿Por
qué lo has hecho? ¿Por qué?>>
Los
gritos que le profirió la noche en que se mostró ante él tras haberse
amputado el brazo se clavaban en su pecho cuales dagas.
¿Cómo
podía definirse el egoísmo?
Por
él había extorsionado, manipulado, reído y llorado. Había terminado de
romper sus ya de por si deteriorados lazos familiares. Le había hecho sufrir,
doblegándole a su voluntad, iniciándole en los tórridos caminos del deseo,
separándole de Serika y Yûgo… Provocando indirectamente que el depravado de
Akihito le rompiera en mil pedazos en el accidente.
Qué
hipócrita podía resultar el empleo de las palabras. Sin consenso previo, todos
habían adoptado dicho término en referencia al intento de homicidio.
Y
volviendo una y otra vez a sus oscuros pensamientos, se preguntó si estaría
dispuesto a repetir todos y cada uno de esos momentos vividos, con sus alegrías,
sus desgracias y el dolor correspondiente, si ello les llevaba a la misma altura
del camino que se encontraban recorriendo en el momento presente.
Se
dijo a si mismo que, efectivamente, era un egoísta, pues su respuesta era
afirmativa.
Por
aquellos ojos, vendería su alma al Diablo sin dudar.
Sentía
frío, nunca había estado nervioso ante una intervención. Sin embargo, sus
dedos temblaron al tomar un bolígrafo y firmar los papeles en los que asumía
la responsabilidad y riesgos de la operación, eximiendo al hospital de toda
culpa en caso de fallecimiento.
Tenía
que vivir, porque su vida le pertenecía a él. Y juntos alcanzarían las cotas
más altas que jamás hubiesen podido soñar.
____________________________________________________
Izumi
miró el reloj que colgaba en la pared del final de aquel interminable pasillo.
No había nadie por ahí, y el silencio resultaba tétricamente agobiante.
Alumbrado por el neón de los fluorescentes, terminó su quinto vaso de papel
lleno de café barato de máquina. Llevaba muchas horas esperando a que la luz
de la puerta del quirófano pasara de ser roja a verde.
Había
tratado de dormir en las incómodas sillas de espera, mas le resultaba
imposible. Anduvo de un lado hacia otro, matando el tiempo, intranquilo. El
ruido de la lluvia golpeó sin aviso los cristales de las ventanas. Ver llover
le deprimía.
Miró
la pequeña cancha de césped, empañando la transparente superficie con su
propio vaho; entonces, al fin, alguien abrió la puerta. Era Foster.
-
¿Cómo ha ido?
-
Muy bien. Ya hemos terminado. Tuvimos
que contener una pequeña hemorragia, pero todo quedó bajo control.
Dos
miembros del equipo de operación salieron, arrastrando la camilla en la que Kôji,
completamente sedado, comparecía.
Verle
así, tan pálido, y conectado a los tubos de suero, le hizo tener una regresión
al día en que le halló en coma a su llegada de Florencia.
-
¿Cuándo despertará?
-
La dosis administrada ha sido fuerte.
No sabría decírtelo, puede que en un par de horas o en menos. Le llevaremos a
la habitación, permanece a su lado y avisa inmediatamente en cuanto haya vuelto
en si.
Asintió,
e hizo el resto del trayecto en silencio. Pronto les dejaron en la dependencia
privada, tras conectar todos los aparatos que registraban sus constantes
vitales.
Una
vez ambos a solas, acompañados por el ruido de la tormenta y la penumbra de las
bombillas, observó detenidamente el nuevo brazo.
A
simple vista, estaba muy bien conseguido. La unión con el cuerpo era discreta,
la textura de la piel sólo resultaba artificial al ser analizada de cerca, y
los dedos parecían cálidos al tacto.
Obviamente,
era una ilusión. Como una perfecta naturaleza muerta, en su imitación de la
realidad residía la tragedia de la creación humana en intento de jugar a ser
Dios.
Se
sentó en la cama, acariciando con la mirada los contornos de sus pómulos, su
delgada nariz, sus ojos cerrados… El cuello de cisne, los cabellos lacios, sus
labios entreabiertos.
Qué
hermoso y frágil le pareció.
<<El peso de tus crímenes, el
deambular con tus cadenas impidiéndome avanzar… Todo ha sido un mero
espejismo, qué ciego he estado.>>
Ahora
sabía que simplemente, le quería. En demasiadas ocasiones se había
cuestionado qué era el amor exactamente, mas si el estar allí al otro lado del
mundo velando su sueño no lo era… Pocas respuestas válidas quedarían.
Le
acercó la boca al oído, susurrando palabras que tiempo atrás le hubiesen
parecido impronunciables.
-
No quiero vivir sin ti.
Apoyó
la cabeza al lado de la suya en la almohada, y cerró los ojos. Estaba agotado.
Dormiría hasta que él despertase, y la primera fase de su aventura pudiese
estar preparada para concluir.
____________________________________________________