"Forward"
Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka
Capítulo 6: Liberación
Seré el licor que bañe
tu alma
en un bautismo de
pureza.
Seré el ancla que te
retendrá en orillas
donde encontrarás la
curación.
Te he visto sufrir,
te he visto llorar
durante días y días.
Seré el licor en el
que ahogar tus demonios
y salir tú a flote.
Seré tu padre, seré
tu madre,
seré tu amante, seré
tuyo…
Placebo, “I’ll be
yours”
<<¡Nunca debí tenerle! ¡Ese
niño es un obstáculo para mi carrera! Ocúpate tú de él, que por algo eres
su padre.>>
Era
demasiado pequeño aquel día en que conoció a la que pasaría a ser su
familia. Sin embargo, las duras palabras de reproche surgidas de Ayako habían
quedado engarzadas en su cerebro, reluciendo como sendos rubíes en una corona
de hojalata.
<<Y deja de mirarme así, me
pones enferma.>>
Recordaba
el exuberante porte de la mujer que le había dado a luz: sus rasgos de infarto,
su cuerpo menudo… Los ojos fieros, brillantes, carentes de cualquier indicio
de humanidad.
La
observaba mientras ella trabajaba ante las cámaras, dejándose hacer por sus
amantes de cristal y entregándose a los flashes, mientras la carne de su carne
iba creciendo en un mundo de adultos, saliendo a flote en el continuo maremoto
de la indiferencia o la curiosidad que en los demás despertaba.
<<Es idéntico a ella. Será una
belleza con unos cuantos años más.>>
Cómo
llegó a odiar aquellas dos frases tantas veces escuchadas, sin apenas alcanzar
a comprenderla del todo…
Pero
los días de aviones, castings, horas y horas de mantener silencio y matar así
lentamente al niño que era, llegaron a su fin.
<<Ven, Kôji. A partir de hoy ésta
será tu casa. Te presentaré a tus hermanastros.>>
Aquel
día perdió a su madre, si es que aquella muchacha precoz, esclava de su propia
y fatal decadencia, lo había sido en algún momento.
<<Él es Hirose, tu hermano
mayor. Entrena duro en el dôjo para algún día tomar el relevo de los arcanos
y honrar la tradición de los que nos precedieron.>>
Podría
haber sido el final de su tristeza, el instante preciso para que la eterna máscara
de su inexpresividad se rompiera en mil añicos, estrellándose contra un suelo
compuesto del calor y el afecto de un padre y dos hermanos que le guiaran… Mas
los dos Nanjo sólo le vieron como un obstáculo más en la puja por la
desorbitante herencia que algún día les esperaría, y su progenitor descubrió
en el espigado cuerpo de su último descendiente el vehículo en el que
proyectar todas sus frustraciones.
Acostumbrado
a sobrevivir en un entorno hostil valiéndose de los recursos despiadados de los
mayores, Kôji supo cómo matar dos pájaros de un tiro: si se convertía en el
mejor kendoka del dôjo, ganaría el respeto de su padre y, con ello, la
libertad; además de escudarse contra Hirose y Akihito, los cuáles eran
incapaces de alzar un mísero dedo ante el patriarca del clan.
<<Sé que me odiáis.>>
La
única que comprensiva se mostraba era Nadesico, su hermanastra, con la que
apenas había tenido contacto.
Y
así pasaron los años: una sucesión de hechos vacíos, carentes de contenido,
con un agujero en su corazón que no dejaba de crecer, tragándose cualquier
atisbo de emoción que amenazara con surgir.
Ni
la rebeldía, ni su temprano inicio en el sexo, ni el desafiar a las acomodadas
estructuras en las que había crecido pudieron cerrar el abismo.
Demasiado
tiempo había necesitado para comprender la naturaleza del agujero: tras aquella imperante necesidad de llamar la atención a
su alrededor, se escondía un clamor desesperado, el de alguien que nunca había
conocido el amor.
Nadie
en toda su vida le había querido.
Mucho
menos los moteros que le vitoreaban en sus escarceos, o las amantes fugaces que
acudían a saciar la sed momentánea en la deslumbrante fuente de su fisonomía.
<<No necesito a nadie. Sé estar
solo. Siempre lo he estado.>>
Y
aquella sensación, su agujero, había
regresado para fustigarle durante las oscuras jornadas pasadas entre rejas. Días
y días con sus respectivas noches en las que volvía a sentirse como un
extraviado en medio del desierto.
<<Para mi madre nunca existí.
Para mi padre sólo fui una vía por la que cumplir con su obligación de
prolongar los arcanos una generación más. Para mis hermanos, una aberración
que no debió llegar jamás a sus vidas.>>
El
fulgor de sus ojos era el único consuelo en sus horas inmóvil, ausente,
transformado de nuevo en una estatua de mármol viviente.
<<Para él… fui un
ejecutor.>>
Un
sonido perdiéndose en su propio eco le hizo sobresaltarse. Se miró las manos,
blancas, idénticas. A continuación, los brazos, las rodillas flexionadas hacia
su pecho. Estaba desnudo, tendido sobre una superficie infinita color plata, de
una quietud imperturbable, sólo rota por las ondas que sus propios movimientos
formaban. Se llevó uno de los dedos impregnados en el líquido a los labios, y
reconoció el sabor: lágrimas.
No
unas cualquiera. Se encontraba flotando sobre el lago de lágrimas que su corazón
no había llorado. Abstraído, se ensimismó en el húmedo tacto hasta que
nuevamente aquel sonido le alertó.
Justo
a su lado, una gota cayó desde lo alto. El líquido, espeso y de un brillante
rojo carmesí, se fundió poco a poco con el agua salada.
Una
nueva gota de sangre descendió de las alturas. Y otra. Y otra.
Siguió
la trayectoria elevando el cuello, y vio la procedencia de las mismas.
Ahí
estaba él, crucificado en un aspa perfecta de tosca madera. Sus alas estaban teñidas
de negro, y su piel, de un intenso tostado, había quedado surcada por millares
de pequeños ríos escarlata, los cuáles confluían en uno final que acababa en
la punta de sus pies, goteando desde los mismos en eterna precipitación.
Tembló
como si le hubiesen forjado en hielo, trató de gritar, pero su voz no lograba
alzarse. Abierta su boca en desesperado rictus, una lágrima de sangre cayó en
su interior, inundando con su gusto oxidado cada recoveco de sus papilas.
<<Quiero que me trague… Que el
agujero me lleve a la nada, y me deje desaparecer en la oscuridad…>>
Sin
embargo, no fue oscuridad lo que encontró. Un blanco cegador se adueñó de sus
pupilas paulatinamente.
<<¿Me habré pasado otra vez
bebiendo?>>
<<¿Estaré muerto? ¿Habré
llegado al Infierno?>>
El
blanco dio paso a una mancha broncínea, difuminada, desenfocada.
<<¿Estaré… en el
Cielo?>>
Su
vista tardó un buen rato en focalizar como era debido, en gran parte por estar
despertando de los efectos de la anestesia, añadiendo el problema de visión
que arrastraba en uno de sus ojos por la lesión sufrida en sus días de kendoka.
Las lágrimas reales se sumaron al efecto de distorsión en el renacer de Kôji
a la consciencia.
Había
sido una pesadilla, aunque su agujero
seguía ahí. No estaba borracho, ni muerto, ni su angustia volvía a cernirse
sobre él. El ángel maltrecho de sus pasajes oníricos se había soltado de la
cruz, y sus alas volvían a ser inmaculadas.
<<Sí… estoy en el
Cielo.>>
Takuto
dormía a su lado, sus respectivos rostros estaban frente a frente, separados
por escasos centímetros. No mostró interés alguno en reconocer el lugar en el
que estaba, o lo que había sucedido. Sólo quería contemplarle, y continuar
llorando de felicidad, temeroso de seguir estando en un sueño del que pudiera
despertar abruptamente.
<<Tú disipas la ira que me
corroe… Tú tornas mi desprecio para el mundo en veneración hacia ti. Llenas
con la calidez de tu sonrisa el vacío que me ahoga.>>
Verle
dormir era el espectáculo más hermoso al que había asistido en sus veintitrés
años de existencia.
<<Tú eres lo único que le da
sentido a mi vida.>>
Quería
abrazarle, arroparle con el candor de su cuerpo. Trató de alzar los brazos,
pero sendos y agudos pinchazos le advirtieron que no debía hacerlo. Tenía una
vía incrustada en uno, y el intervenido seguía compareciente. Una serie de
punzadas recorrieron sus nervios. En cuanto acabase de asimilar la magnánima
cantidad de analgésicos que le corría por las venas, vendría la peor parte.
<<El dolor no me importa, porque
estás junto a mí.>>
Una
de las máquinas pitó al registrar mayor actividad cardiovascular. El aviso
hizo que Izumi se desvelara casi de inmediato.
-
Kôji… ¿Desde cuándo estás
despierto?
Se
le quedó mirando unos instantes después de haber formulado la pregunta. Tenía
el rostro surcado de lágrimas, y la zona de la vía ligeramente amoratada.
Estaba tan delgado que parecía propenso a desintegrarse si le estrechaba con
demasiada fuerza.
Se
acercó más a él. Seguía lloviendo, y el ruido de las miles de gotas chocando
contra la ventana constituía una bella y triste oda nocturna.
-
¿Por qué lloras? Todo ha ido bien, el
doctor ha dicho que la operación ha sido un éxito… - susurró, besando los
surcos salados en las afiladas mejillas.
-
Te vi jugar con esos niños… -
respondió sin contestar. – Yo sabía que sucedería, que Dios nunca reniega
de sus sagrados guardianes.
Takuto
hacía mucho tiempo que había dejado de sentirse abrumado ante la eterna
comparativa a la que Kôji le sometía. En el fondo debía reconocer que le
gustaba que le llamase así.
<<Ángel de fuego… Tu ángel
de la guarda…>>
-
Me siento pletórico. Estoy deseando
volver a los terrenos, pero eso ya vendrá. Lo importante ahora eres tú. ¿Te
encuentras bien? – le habló con queda voz.
-
Estoy mareado. Lo veo todo borroso.
Izumi
sonrió.
-
Normal. Te han inyectado anestesia como
para dormir a un elefante. Ya les avisé de lo burro que eres.
Kôji,
con los reflejos entorpecidos, no supo si interpretar esas palabras como un
intento de consolación o un atisbo de reproche, mirándole extrañado.
-
Es broma, tonto. Voy a llamar al Dr.
Foster. Veamos… ¿Cuál de estos botones será?
Mientras
tanteaba sobre el panel de luces, notó cómo la mano artificial de Kôji
aferraba la suya. Sorprendido por el tacto y la inaudita rapidez con que ésta
había sido asimilada por el resto del miembro, no pudo articular palabra.
-
Quédate conmigo cuando lleguen…
Takuto
presionó el botón, aprovechando los minutos que tardaría el equipo en llegar
para besarle, lentamente.
-
Estaremos juntos. Hasta el final.
Rompieron
la unión de sus labios cuando la puerta se abrió y las luces fueron
encendidas. Los primeros momentos del post operatorio eran determinantes, y por
el aspecto que a primera vista tenían, eran de lo más satisfactorio.
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Llevaba
tan sólo tres días en Londres, y ya había aprendido a recibir con total
agrado los rayos de sol que se colaban anecdóticamente por la eterna capa gris
del cielo británico.
-
¡Vamos, pásamela!
Mientras
Kôji se sometía por espacio de horas a la rehabilitación, él entretenía a
los pequeños internos con sus proezas de mago del balón. Pese al tiempo
inactivo, seguía conservando el toque ajustado y apasionado que le
caracterizaba.
Sonrió
mientras los chiquillos corrían tras la pelota. El pequeño de muletas logró
arrebatársela al mayor de los tres, y valiéndose de la ventaja de sus otras
dos piernas, avanzó con rapidez, marcando finalmente gol.
Le
subió a los hombros para celebrarlo, recreándose en la felicidad del niño.
Deseó haber podido insuflar aunque fuese un poco de confianza e ilusión en
aquella diminuta estrella hasta el momento apagada.
Lo
había pasado realmente bien, pero la mañana ya estaba avanzada.
-
Chicos, tengo que irme.
-
¿Bajarás por la tarde un rato más?
– replicó uno de ellos.
-
Me temo que no… Me marcho del
hospital, a mi amigo le dan el alta dentro de una hora.
La
tristeza se dibujó en las pintorescas y jóvenes caras.
-
¡Pero tenéis que seguir jugando! Os
quiero ver en la Premier League dentro de unos años. ¡Cuando seáis famosos a
ver si os acordáis de mí! – exclamó, dándoles ánimos.
Tras
despedirles como sólo él sabía hacer con los niños, se dirigió al despacho
de Foster. Las maletas seguían allí, y Kôji debía estar al bajar de un
momento a otro.
-
Siéntate, Takuto. – le pidió con
amabilidad.
Él
hizo lo indicado, tomando entre las manos a continuación la radiografía que le
tendía.
-
Ya tengo los resultados de tus
pruebas… Y la conclusión que he sacado es la misma que tenía antes de
realizarla. Es un auténtico milagro, tu espina dorsal quedó seriamente dañada,
y sin embargo… Hete ahí. La ciencia también se alimenta de sus axiomas, hay
cosas en las que es mejor no indagar, y dejar que la vida y sus maravillas se
abran camino.
Izumi
le devolvió los acetatos.
-
La medicina me ha ayudado, pero
prefiero creer en mí mismo.
Foster
asintió. Conservaría en los registros de su memoria aquel caso prodigioso, se
sentía incluso privilegiado por haberle tratado, aunque fuese en el completo
secreto. Ya le daría las gracias personalmente a su quasi colega japonés por
haber llevado a aquéllos jóvenes hasta su consulta.
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En
medio de una montaña de libros, borradores de tesis, la pantalla de un portátil
y una taza de café, Katsumi seguía enfrascado en su próxima entrega. Tenía
exactamente trece horas y cuarenta y cinco minutos para acabarla si quería
seguir optando a la matrícula de honor, y por consiguiente, a la recomendación
para el Seminario de Patologías terminales que se celebraría en Boston la
semana siguiente.
El
teléfono sonó por la habitación de colegio mayor de alto standing en la que
residía. Sin quitar ojo de encima a las letras virtuales, y sosteniendo el asa
de la taza con la mano libre, atendió la llamada.
-
¿Sí?
-
Soy yo, Shibuya.
-
¡Hombre, Kôji! Ya pensaba que te habías
quedado en el sitio… ¿Cómo estás? – contestó, con evidente alegría.
-
No me puedo quejar… Este trasto
resulta algo incómodo, pero responde bien.
-
¿Cómo os ha tratado el viejo William?
Ahora que le han echado el lazo no hay quién le vea el pelo… - bromeó.
-
Han sido todos muy amables. No esperaba
menos de tus contactos.
Katsumi
sonrió, estirando las piernas y apoyándolas cruzadas sobre su cama.
-
¿Ya sabes… lo que vais a hacer
ahora? – preguntó con la seriedad necesaria tras el breve y discernido paréntesis.
-
Ayer hablé con la mujer que regenta el
antiguo piso del Dr. Foster. Iremos a verlo ahora, podemos costearnos la primera
cuota.
El
manager suspiró, mirando desde su posición a la ventana. Nueva York poco a
poco despertaba a la mañana.
-
Tened cuidado, Kôji. Tal vez tengo el
instinto proteccionista demasiado desarrollado, pero me fastidia no poder hacer
más.
-
Ya es hora de dejarte en paz.
Demasiados años te has pasado cambiándome los pañales.
No
pudo evitar reírse, y el alegre sonido viajó desde los Estados Unidos a la
selecta clínica londinense.
-
Acabaré por echar de menos tus
excentridades… Ya sabes dónde estoy, si es que no acabo sepultado debajo de
tanto apunte.
-
Tengo que colgar. – anunció.
-
Dad señales de vida de vez en cuando,
parejita. Quién sabe, igual os hago una visita sorpresa algún mes de éstos.
-
Cuídate.
-
Tú también.
Shibuya
se quedó mirando el teléfono mientras el sonido de la comunicación tras haber
sido cortada se apoderaba de la línea.
Esbozó
una sonrisa nostálgica, y devolvió el auricular a su base. Sin más, volvió
al trabajo.
En
Londres, Kôji terminó de abrocharse el último botón de la camisa. Se miró
al pequeño espejo de la habitación: estaba pálido y desfavorecido.
Sin
previo aviso, Dora, la despampanante enfermera, entró, cerrando discretamente
la puerta. Le clavó la mirada, prendida en incipiente deseo.
-
¿Solicitaba mis servicios?
Se
acercó a ella, haciendo gala de sus curtidas artes de seducción.
-
Necesito que me hagas un favor,
preciosa.
En
la intimidad inviolable de la dependencia, la petición fue realizada.
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Takuto
miraba nervioso el reloj que colgaba de la pared del despacho. Foster le había
dejado a solas hacía unos quince minutos por atender una llamada del busca, y
él ya se había cansado de entretenerse mirando revistas, modelos en tres
dimensiones de órganos humanos y demás jerga que podía encontrarse en la
oficina de un médico.
El
que Kôji tardase tanto le mosqueaba, y mucho.
Seguía
sentado en la cómoda silla cuando escuchó como se abría la puerta a sus
espaldas. Aún sin haberse girado para verle, supo que éste al fin hacía acto
de presencia. Su falta de delicadeza para con los pomos era inconfundible.
-
¿Se puede saber qué demonios estabas
hac…?
Se
quedó, literalmente, de piedra. Al darse la vuelta, se topó con un Kôji
ataviado con la misma ropa oscura con la que llegase al hospital días antes…
Pero no era ello lo que le causaba el estupor: llevaba las uñas lacadas en
negro, y los ojos resaltados con khol y sombra en igual tono azabache.
Con
las mejillas encendidas por el enfado y la estupefacción, no le dio tiempo a
asimilar que aquel look vamp, al estilo de sus primerizos años de astro
musical, no le sentaba nada mal… Mientras el recién llegado tomaba asiento,
continuó su interrogatorio.
-
¿De dónde has sacado el maquillaje?
Kôji
le miró, domando a la fiera con el frío e irresistible magnetismo que
irradiaba en esos casos.
-
Se lo pedí a la enfermera. Como
siempre lleva dos kilos de rimel encima, no podía fallar.
Rememoró
fugazmente la situación vivida minutos antes tres plantas más arriba.
-
La pobre me ha dado hasta pena, tendrías
que haber visto la cara que se le ha quedado… Seguramente pensó que iba a
echar el polvo de su vida.
Takuto
movió la cabeza en señal de desaprobación mientras la puerta era nuevamente
abierta. Su legítimo inquilino regresaba de la urgencia médica.
-
Mira que puedes llegar a ser bestia…
- le recriminó antes de guardar silencio.
Él,
por su parte, acercó el rostro aún más al suyo, aprovechando todas las décimas
de segundo disponibles.
-
Pero qué atractivo estás cuando te
cabreas…
Kôji
obtuvo como respuesta un codazo en las costillas en el preciso momento en el que
el cirujano ocupaba su asiento presidiendo el sofisticado escritorio. Parecía
llevar tatuada la amable sonrisa.
-
Bien, Kôji… ¿Sigues notando dolor
cuando ejercitas el brazo?
-
Calambres, algo de tensión acumulada
en el cuello, pero nada que no sea soportable.
Extendió
el brazo para que Foster pudiese echarle un último vistazo.
-
Tiene un dispositivo de aviso. Cuando
el gel con el que hemos soldado tu hueso al artificial esté a punto de ser
completamente absorbido se activará. No se puede estimar un plazo exacto, pero
suele durar de año a año y medio. En ese momento deberás pasarte por aquí a
una sesión de mantenimiento. Es un procedimiento sencillo, en unas cinco o seis
horas estará concluido.
-
¿He de pedir cita?
-
No. Sólo hay cinco prototipos como el
tuyo actualmente, nuestros clientes merecen un trato especial… Por cierto, la
primera revisión viene incluida en los gastos del operatorio.
Ambos
asintieron. Era un dato de vital importancia que les proporcionaba cierta
holgura económica a corto plazo.
-
Os acompañaré a la salida si no tenéis
ninguna pregunta más que hacer…
Como
era así, salieron, maletas en mano. Izumi se sintió realmente aliviado por
llegar de nuevo al mundo exterior. El complejo clínico era de grandes
dimensiones, pero nada podía compararse a la libertad del espacio abierto.
-
Os pediría que tuvieseis la misma
discreción con respecto a nuestra institución que la que nosotros hemos tenido
en este caso.
-
Délo por hecho.
– respondió Kôji, despidiéndole al estilo europeo con un cortés
apretón de mano, gesto imitado igualmente por Izumi.
El
amigo de Shibuya les siguió con la mirada unos segundos mientras se alejaban de
allí, para poco después internarse en el centro y continuar su jornada
laboral.
Por
su parte, Takuto aprovechó para volver a las andadas. Seguía alucinando con el
aspecto de su acompañante.
-
¿Cómo puedes estar tan pancho con
esas pintas?
Kôji
sonrió.
-
Estamos en Londres, hogar del glam y de
Ziggy Stardust… Aquí puedes ir por la calle como te dé la gana, nadie se
para a mirarte, y menos a juzgarte.
De
camino a la boca de metro, Izumi no añadió nada al comentario, su mentalidad
japonesa se mostraba reacia a aceptar aquello como una realidad. Sin embargo, le
bastaron cinco minutos por las aceras de Hammersmith para darle la razón. En
tan breve espacio de tiempo, se cruzaron con un punk de afilada y verde cresta,
una señora ataviada con pamela que se desplazaba en bicicleta llevando diversos
enseres en la cesta del manillar, un hombre de negocios impoluto, y una chica gótica
repleta de piercings y cruces de plata.
Con
los ojos bien abiertos por el contraste cultural, se cuestionó si aquella
costumbre se debía a una total tolerancia, o más bien era producto de una
indiferencia absoluta hacia los demás por parte de la sociedad londinense.
Suspiró
al descender los peldaños de la estación.
-
Entonces, ¿a por el piso?
-
Sí… A por nuestra casa.
Ilusionados
y sin nada que perder, se perdieron entre la multitud subterránea.
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Belsize
era lo que muchos llamarían un barrio tranquilo y acomodado. Las casas
conservaban un pintoresco aire victoriano, las calles eran amplias, los árboles
abundantes. Pequeños comercios se distribuían por doquier, y las pocas gentes
que había a esas horas de la tarde no parecían conflictivas.
Siguiendo
la dirección de la tarjeta, finalmente dieron con el edificio. Su fachada era
estrecha, a simple vista parecía antiguo, puramente inglés. Tras llamar al
timbre, una mujer de unos 60 años les abrió. Llevaba su cabello vetado en
canas recogido, y sus pequeños ojos celestes denotaban perspicacia.
-
Buenas tardes, hablamos ayer por teléfono,
venimos de parte de William Foster.
-
Oh, los nuevos inquilinos… Pasen,
acompáñenme para que vean el piso.
Una
vez dentro, comprobaron que, efectivamente, se trataba de una sola vivienda,
pero todo apuntaba a que la habían acondicionado para alquilar las plantas
individualmente. La más baja de todas debía ser donde residía la dueña,
mientras que las superiores estaban conectadas por una amplia escalera de madera
de gruesos peldaños.
Subieron
los tres consabidos pisos con su correspondiente moqueta, hasta llegar a la
entrada del ático. Cuando estuvieron en su interior, quedaron encantados.
No
era lo que se decía un lugar de abundantes dimensiones; pese a estar pensado
primeramente para una persona, dos podían aclimatarse sin problema alguno. Tenía
una pequeña sala de estar unida a la cocina, un dormitorio, un diminuto cuarto
de baño y un balcón con vistas envidiables. A todo ello, quedaba añadido el
que estuviera amueblado en lo sustancial.
-
El alquiler son 480 libras mensuales,
incluye las cuotas por electricidad hasta el consumo medio de toda la vivienda.
No se permiten animales de compañía ni actividades que puedan molestar a los
demás.
Se
miraron. El brillo en los ojos de Takuto bastó para que Kôji terminara de
decidirse.
-
Aquí tiene la primera cuota en
efectivo. – dijo, entregándole la cantidad concertada, y comprobando de reojo
que no les quedaba demasiado líquido.
La
mujer lo contó, guardándolo a continuación en su abrigo de tweed, satisfecha.
-
El señor Foster era encantador, nunca
tuve problema con él. Espero poder decir lo mismo de ustedes. Para cualquier
duda, pueden encontrarme en la planta baja.
-
Muchas gracias. – la despidieron.
Quedaron
a solas. Izumi corrió a abrir la ventana, forzando un poco las bisagras, algo
atrofiadas por las inclemencias medioambientales. Se asomó al balcón, desde
allí se divisaba el cruce de dos calles principales, y las copas de un frondoso
árbol estaban tan próximas que podía tocar sus hojas si se arrimaba un poco.
-
Me encanta. ¿Cuánto es lo que hemos
pagado, 92.000 yenes?
-
Más o menos… - respondió Kôji,
apoyando las manos en la barra de metal forjado.
-
Casi lo que me costaba mi primer
apartamento en Tokio… Pensé que sería mucho más caro.
-
Hay que comprobar cómo están las cañerías
y todo eso. No es el Palacio de Buckingham, pero no está mal…
Estaba
acostumbrado a los lujos y las comodidades… Mas el saber que iba a compartir
con él aquel pequeño reducto de libertad se le antojaba el más divino de los
placeres.
-
Lástima que no podamos tener perro…
- agregó Takuto, algo decepcionado.
-
Tal vez si le ponemos una correa a la
casera nos sirva de mascota. Tiene cara de terrier.
Rieron,
y se quedaron mirándose el uno al otro. Sus personalidades dispares, sus
reacciones ante las circunstancias adversas y el conocimiento mutuo adquirido
con el paso del tiempo les habían transformado en algo parecido a un equipo.
Singular, pero con un proyecto común que les hacía seguir luchando contra las
adversidades.
Por
primera vez, repararon en los años que llevaban juntos, pese a todo. Ya no eran
los niños a los que el destino quiso unir a ambos lados de la reja de un campo
de fútbol de colegio, ni los adolescentes que se encontraron de casualidad en
uno de los callejones de la capital japonesa. Y sin embargo, la chispa vital de
su madura juventud no olvidaba los recuerdos de lo que había sido su complicada
historia de amor.
-
Vamos a deshacer el equipaje. –
propuso Izumi.
Tras
vaciar el contenido de las dos maletas sobre la cama, hicieron recuento. Entre
los dos sumaban tres vaqueros, un pantalón de vestir, otros tantos de deporte,
varias camisetas que podían servir para un momento medianamente formal, otras
para andar por casa, algunos jerseys y un abrigo.
Nada
más.
Mientras
Kôji dejaba abierto el armario para que se airease, Takuto aprovechó para
ponerse por encima algunas de las prendas que no eran suyas.
-
Mírame, soy una estrella del rock… -
proclamó, adquiriendo pose con el estrecho abrigo de cuero puesto.
El
cantante volvió a reír, compensando así el encontrarse irresistible con su
ropa puesta. Se situó ante si, y rodeándole, dejó que el peso de su cuerpo
les derribase a ambos sobre el colchón.
-
Eres insaciable.
-
Lo mismo podría decir de ti… Sé que
te gusta tanto como a mí aunque no quieras reconocerlo… - le respondió
maliciosamente mientras le besaba el cuello.
Abrazándole
con las piernas, le pasó una mano por los largos cabellos, atrayéndole por la
nuca para que los finos labios pasaran a besar los suyos.
Sutiles, jugaron los unos con los otros, despertando a los sentidos,
permitiendo que la piel quisiera ser despojada de escudos protectores para ser
recorrida, acariciada, lamida… Kôji se sentó sobre la pelvis de Izumi
mientras se quitaba la camisa, recorriendo los dedos morenos su blanco torso.
Sus
manos, una de cálida carne, otra de fiel imitación, quisieron hacerle lo
mismo, levantando poco a poco el tejido, dejando libre el camino surcado por sus
abdominales esculpidos, siendo trazado el recorrido hasta el pecho por un sinfín
de besos.
Takuto
suspiraba con el mentón levantado, cuando oyó un ruido proveniente del salón.
Ya que parecía ser el único en reparar en el mismo, a la segunda vez que lo
captó dio aviso.
-
¿No has oído eso?
-
¿…el qué? – le miró, con el
rostro incendiado.
Hizo
ademán de levantarse de la cama, consiguiendo que Kôji, tras varios intentos y
de muy mala gana puesto que odiaba las interrupciones, le siguiera hasta el salón.
Para
sorpresa de ambos… Tenían una invitada: se les había colado una paloma por
la ventana abierta, la cuál golpeaba con el pico la superficie de la mesita de
la sala de estar.
-
¡Fuera de aquí, rata voladora! –
exclamó el ex -Nanjo, corriendo detrás de ella para espantarla.
Era
tan surrealista ver a alguien de semejante envergadura haciendo lo propio que
Izumi acabó por sentarse en el sofá, partiéndose de la risa. Con una mano
apoyada en la cintura, Kôji le observó.
Quiso
guardar aquel momento en su mente, como una instantánea eterna, inmune a
cuantas atrocidades futuras pudieran vapulearles.
Se
resignó, dejándose contagiar por el buen humor.
-
Debe ser una señal divina o algo así…
- comentó, en alusión a la consabida paloma. – En vistas a que nos ha
chafado el plan, tengo una idea mejor. ¿Te parece si salimos a devorar una
pizza y a celebrar la noche de hoy? Conozco el sitio perfecto.
-
¿El día de hoy? ¿Qué quieres
celebrar, que tenemos donde quedarnos?
Sus
despistes resultaban irresistiblemente encantadores.
-
¿No sabes que día es hoy? – le
preguntó, apartándose los largos cabellos de la cara.
Izumi
pensó unos segundos. Sus ojos se abrieron en gesto de repentina vislumbración.
-
¡Lo había olvidado! Es fin de año…
Sonrió.
-
Vistámonos. Dentro de poco oscurecerá,
será mejor que lleguemos pronto, o no conseguiremos sitio.
Asintió,
sucumbiendo de nuevo al placer de dejarse llevar ante lo desconocido, y empezar
a descubrir a su lado los entresijos de la ciudad que de la noche a la mañana
les había acogido.
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Las
calles vestidas con motivos navideños hacían de la city, el epicentro de Londres, un lugar aún más mágico.
Llevando
el consabido abrigo de cuero uno, y un jersey azul de cuello alto el otro, se
abrieron paso entre la multitud cogidos de la mano, avanzando por el puente que
atraviesa el río Támesis junto a los Parlamentos.
Todo
estaba abarrotado de personas que querían recibir el año nuevo con las
campanadas del mítico Big Ben. Takuto no podía dejar de sonreír, el ambiente
era fantástico, el escenario privilegiado, y la situación, de ensueño. En su
ciudad natal nunca habrían podido pasear como otra pareja cualquiera sin que
les mirasen con mala cara.
La
sociedad europea era muy diferente a la que había conocido en los Estados
Unidos, e incluso en su país. Pese a que quedaban ciertos sectores hostiles en
el viejo continente, supo que habían hecho bien escapando de las redes niponas,
aunque la adaptación, como todas, no fuese a resultar sencilla.
Sin
embargo, se sentía feliz, y eso era lo único que contaba.
Tras
muchos esfuerzos, lograron alcanzar el paseo que bordeaba el río, teniendo la
fantástica visión de los Parlamentos ante ellos, iluminados por luces doradas.
Haciéndose con un pequeño hueco entre la multitud, Izumi se colocó ante la
barandilla, y Kôji le abrazó por detrás, apoyando el mentón en su hombro.
-
¿Te gusta?
-
Es increíble. Es mucho más
impresionante que en las fotos o la televisión.
La
cuenta atrás pronto daría inicio, la masa se preparó para el ritual anual por
excelencia.
-
Quiero que todos los años vengamos aquí.
– le susurró al oído, combatiendo así al ruido.
-
Lo haremos.
El
majestuoso reloj, alzándose en lo alto, dio el primero de los doce adioses.
Izumi se giró, hasta encararle. Se miraron a los ojos con intensidad mientras
la gente coreaba y vociferaba.
El
tiempo, pese a correr en forma de estruendo metálico y griterío, se detuvo
para ambos. Al fin aquel fatídico trienio había llegado a su fin, y el nuevo año
era estrenado como habían soñado en muchas ocasiones, todas ellas fallidas.
Juntos.
Sin que nadie pudiese derribar cuanto habían construido.
El
cielo se iluminó con espectaculares fuegos artificiales. Los colores brillantes
y eléctricos se reflejaron en sus iris mientras los que les rodeaban alzaban la
vista hacia la lluvia de pólvora y estrépito.
En
medio de un mar de anónima humanidad, se besaron. No existía nada más en el
universo para el uno que el otro, y la dulce promesa de aquellos siguientes 365
días que daban así inicio.
Kôji
sintió que el agujero de su corazón se extinguía, cicatrizado con cada
caricia de sus labios. Desaparecería y no volvería a amargarle, porque a su
lado tenía a su guardián, a su protegido… A su familia.
Nota de la autora:
Premier League: primera división
del fútbol inglés.
Glam:
género del rock surgido en Inglaterra en los 70’s. Se caracterizó por la
peculiar apariencia de los que lo ejecutaban, con una carga barroca de
maquillaje, vestuario y peinados.
Ziggy Stardust: personaje creado por
David Bowie, cantante británico, apoderado como el rey del Glam. Ziggy
protagonizó muchas de sus canciones, y él mismo actuaba representando a dicho
personaje en sus conciertos en aquellos años. Es uno de mis intérpretes
favoritos.
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