"Forward"
Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka
Capítulo
10: Revelación
Liam terminó por fin su turno como dependiente en la
tienda de discos más famosa de todo Londres, la Tower Records de Picadilly
Circus, en pleno corazón de la city.
Como todos los que trabajan allí, estaba especializado en su sección, dedicada
al New Age. Deseaba marcharse, y aunque se sentía algo cansado por el ajetreo
de la mañana, bajó a la planta inferior. Había recordado que un buen colega
suyo, el encargado de los discos de importación, le debía un cd de sus
anteriores trapicheos.
Se había levantado con ganas de llevarse a casa algo
exótico, y dado que era incapaz de contener sus impulsos artísticos, por así
llamarlos, la visita fue realizada.
-
¡Hey, cuánto tiempo!
El teclista de Shocking Waves respondió, apoyándose
en el mostrador.
-
¿Tienes mercancía? Voy a llevarme algo… Apúntamelo a la cuenta. –
le dijo, guiñándole un ojo.
-
Sírvete tú mismo.
Liam se zambulló en los estantes. El mercado
extranjero no europeo ni americano todavía era territorio virgen e inexplorado.
Allí habían cd’s de Taiwan, de la India, de Corea… La mayoría eran
ediciones japonesas con temas extra de famosas bandas británicas o
norteamericanas, pero no era eso lo que buscaba.
Se topó con uno interesante, parecía una banda de
grunge china o similar. Iba a decantarse por ese cuando de refilón vio un disco
que llamó poderosamente su atención. Entrecerró los ojos mientras lo tomaba
en la mano y observaba de cerca la portada.
No dio crédito a lo que estaba viendo.
-
La madre que le par… - exclamó para sí mismo, sin llegar a completar
la expresión.
Buscó el nombre del intérprete, pero estaba todo
escrito en japonés menos el título del disco, el cuál pronunció con algo de
torpeza.
-
Kat… su… ai…
Aún sin aliento por el descubrimiento, le pidió a
su compañero que se lo dejara escuchar en el reproductor que tenían por dentro
del mostrador. Una vez con los cascos sobre los oídos, y tras unos primeros
segundos de coros eclesiásticos distorsionados, la inconfundible voz le sacó
de dudas.
-
¿Sabes quién es el cantante?
El chico miró la portada por encima, para volver a
su tarea de clasificar los últimos cd’s que habían recibido por orden de
categorías.
-
Es Kôji Nanjo, un teen-idol
de esos. Por lo visto allá en Japón tenía millones de fans. Debe haber más
discos suyos por ahí. – comentó, señalando más estantes. – La verdad es
que para ser un cantante de masas tiene canciones muy buenas, es una lástima
que no haya sacado nada más.
-
¿De cuándo es este cd? – volvió a inquirir.
-
Ni idea, puede que de 1997 o por ahí. ¿Te lo vas a llevar?
Liam sacó el compacto de la máquina alzándose por
encima del mostrador.
-
Sí. Gracias, nos vemos mañana.
Y tras despedirse, salió a toda velocidad de su
centro de trabajo. Estaba estupefacto y medio cabreado. Aquella noche en el
local de ensayo iban a tener una conversación de lo más entretenida con el
vocalista del grupo.
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-
¡Ya estoy en casa!
Takuto
cerró la puerta, esperando ser recibido como cada día. Sin embargo, no obtuvo
respuesta. Extrañado, miró hacia la cocina, encontrando a un Kôji vestido con
su habitual traje de combate en aquella guerra emprendida contra los libros. Lo
único que restaba informalidad a su desaliñado aspecto eran las gafas y su
expresión ausente, completamente sumido en los textos.
Se
acercó hasta la mesa, agachándose para apoyar los brazos flexionados sobre la
superficie y mirarle de cerca. Sabía que cuando se concentraba en algo podía
estallar la bomba atómica a pocos metros, que él no se percataría.
-
¿Interesante la historia de
Inglaterra? – preguntó.
Kôji
se sobresaltó al verle a su lado. Llevaba toda la mañana ultimando los
pormenores de la Batalla de los Cien Años,
dentro de poco tendría un examen en el que podía liberar temario, y no le
apetecía para nada el jugarse todas las cartas a finales del mes de mayo.
-
No te oí llegar. – respondió,
depositando un beso en sus labios.
Se
estiró sobre la silla, harto de tanto estudiar.
-
Sí, apasionante… - rezongó mientras
se levantaba. – Qué raros son en
este país, les viene de mucho tiempo atrás.
Se
había establecido una rutina que cumplían más o menos a rajatabla. Las mañanas
las dedicaban al trabajo y el estudio respectivamente,
mientras que varias noches a la semana asistían a entrenamientos y
ensayos. La primavera estaba a punto de llegar, y tras mucho insistir por parte
de Izumi, Kôji finalmente se decidió a visitar a los Waves en su modesto local
de ensayo.
De
eso había pasado cosa de mes y medio, y aunque no le disgustaba estar con
ellos, sentía que debía pujar por algo más. Había llegado el momento de que
los chicos comprobasen que si había aceptado unirse a la formación, era porque
iba bien en serio.
Mientras
despejaba la mesa y la preparaba para comer, recordó que tenía algo con lo que
alegrar a Izumi.
-
Toma, esto es para ti. Ha llegado hace
unas horas. –dijo, mientras le tendía una carta.
Takuto
la tomó, sonriendo al comprobar por el remitente y el matasellos su
procedencia. Entusiasmado, la abrió, mientras Kôji se situaba por detrás para
leer por encima de su hombro. Entre las hojas escritas con sencillos kanjis, había
una fotografía de Serika y Yûgo en el jardín de su casa. Los dos parecían
contentos, y podía apreciarse el estirón que el menor de los Izumi había dado
desde que abandonaran la capital nipona.
-
Mi hermano ha ganado con su equipo de
baloncesto el campeonato del Instituto. Tiene a quién salir. – proclamó
orgulloso, mientras pinchaba la fotografía sobre la pulida superficie de la
nevera con un imán.
-
¿Qué más dicen? – preguntó,
mientras servía la comida.
-
No demasiado: que el negocio va bien,
que a Serika le han aceptado en una biblioteca para trabajar por las tardes…
Ah, y te mandan recuerdos. Deberíamos enviarles una foto nuestra a cambio, lástima
que no tengamos cámara. – comentó con algo de fastidio.
El
cantante, mientras tanto, sirvió agua para ambos.
-
Puedo pedírsela a Dave, se pasa el día
sacándole fotografías a todo. Está loco.
Takuto
asintió. Mientras comían, le miraba, pensativo.
-
¿Sabes qué? Me alegra que te lleves
bien con los de la banda, ya era hora de que tuvieses amigos. Desde que te
conozco sólo te has relacionado a largo plazo conmigo o con Shibuya, necesitas
un cambio de aires.
Kôji
elevó una ceja, no se esperaba el comentario.
-
¿A qué te refieres?
-
Pues que con los músicos que
tenías antes no es que congeniaras demasiado… Creo que yo hacía mejores
migas con ellos que tú mismo.
-
Eso es porque les preparabas la
comida. Además, para qué más personas si te tengo a ti…
Izumi
suspiró.
-
¿Ves? Eso es lo que quiero decir. No
soy el más adecuado para afirmar que deberías confiar un poco más en la
gente, pero no está de más que te dejes arropar. Me encanta que los de mi
equipo te hayan metido entre nosotros, pero sigue siendo un grupo de amigos que
yo he comenzado…
Kôji
le prestaba atención entre bocado y bocado. Sabía a lo que se refería, pero
disfrutaba con la pose de maestro desesperado que adoptaba Takuto cuando trataba
de explicarle algo, por lo que quiso mantenerla un poco más.
-
¿Estás pidiéndome que pase más
tiempo con otros en lugar de contigo?
El
futbolista cogió un guisante con el tenedor y se lo lanzó ipso facto.
-
No… Sólo digo que te muestres más
sociable. Yo ya estoy inmunizado, pero hay veces en que das auténtico miedo.
-
Al menos no reniegas de mis encantos.
– contestó, contraatacando con carga doble de la misma munición.
Izumi
trató de disimular la expresión traviesa que su rostro quería tomar. Tenía
el espíritu competitivo tan a flor de piel que hasta en un simple combate de
cucharas pujaría por la victoria.
-
El que pierda recoge la cocina.
-
Trato hecho.
Sorteando
platos y legumbres voladoras, se aplicaron en aquel particular enfrentamiento,
disfrutando de cada segundo que podían compartir el uno con el otro sin demás
interrupciones externas.
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El
local donde Shocking Waves pasaban horas y horas creando y arreglando nuevas
composiciones se situaba por los alrededores de Portobello, una de las zonas más
bohemias y concurridas de la capital por su archiconocido mercado.
Acompañados
de latas de cerveza y humo de tabaco, los miembros reunidos aguardaban a que
Liam llegase, cargando con su monumental teclado de última generación, la
inversión de toda una vida de currante materializada en cientos de sonidos y
sintetizadores.
Chris
miró su reloj de muñeca por cuarta vez en el preciso momento en el que al fin
pasaron a ser cinco. Como todos esperaban, ahí estaba el pintoresco teclista de
melena violácea, cargando con la funda del instrumento y su cara de pocker.
Depositó
el aparato en una esquina, dejando bruscamente sobre la mesa a la que todos
estaban sentados lo que parecía ser un cd, justo delante de Kôji, el cuál le
miraba como si la cosa no fuera con él mientras fumaba lentamente una marca de
cigarrillos local.
-
¿Nos puedes explicar qué demonios es
esto? – exigió Liam, en referencia al disco que había adquirido a su salida
del trabajo.
Brett
lo cogió, y tras mirar la portada, exclamó en tono sorpresivo lo mismo que su
compañero de fatigas había pensado nada más verlo.
-
¡Pero si eres tú!
Los
restantes pelearon por tener el siguiente turno para comprobarlo, a la par que
el guitarrista se cruzaba de brazos y miraba al asiático.
Por
toda la experiencia que había acumulado en los circuitos underground del rock
londinense, sabía que Kôji tenía demasiada garra en el escenario para ser un
mero aficionado. Había pasado más de un mes desde que éste ensayara por
primera vez con ellos, y sin embargo, apenas sabían nada de él. El hallazgo de
Liam resultaba bastante doloroso, puesto que denotaba una total falta de
confianza en la persona del vocalista con respecto a los demás.
-
¿Quién eres en realidad? – le
preguntó, sin acritud alguna.
Kôji
esbozó una sonrisa siniestra mientras recordaba la conversación de aquella
tarde en el piso. Si existían probabilidades remotas de llegar a considerar a
aquellos cuatro músicos como sus amigos,
esa era la prueba de fuego. Dio una profunda calada al cigarro, y se pronunció
con su voz ahora matizada por un macabro estado de advertencia.
-
¿De verdad queréis saberlo?
-
Sí.
Apagó
el cigarrillo en su lata de cerveza ya vacía.
-
Os lo contaré. Y cuando lo haya hecho,
os habré metido en la boca del lobo.
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Todos
en el vestuario esperaban impacientes a que Takuto llegara. Llevaban una semana
planeando lo que iban a hacer, y el
haberse puesto de acuerdo había constituido una auténtica odisea.
Scott,
el portero y cabecilla del equipo, sonrió satisfecho cuando el joven japonés
hizo acto de presencia. Éste se sorprendió gratamente al comprobar que la
totalidad de sus compañeros ya estaban reunidos, pese a llegar él antes de
tiempo como era costumbre.
-
¡Menos mal que ya estás aquí,
vamos a jugar un partido de entrenamiento con los de Leicester!
El delantero por
excelencia recibió con entusiasmo la noticia, aquella noche tenía auténticas
ganas de volver a medirse contra once rivales.
-
Entonces no hay tiempo que perder, calentemos y
preparemos una estrategia. –propuso con determinación.
Su espíritu de sacrificio
y la capacidad innata para motivarles fue el detonante que acabó por decidir al
guardameta. Lo había comentado entre sus compañeros más veteranos, y unánimemente
habían dado el visto bueno. Situado en uno de los extremos, Bryan le miró
haciendo un gesto afirmativo, poniendo en marcha lo acordado.
-
Espera… Antes de que salgamos, quería
comunicarte algo en nombre de del equipo.
El mayor de todos los
integrantes comenzó su alegato, mientras los demás iban tomando posición
alrededor del joven de ojos rasgados.
-
Por todos los esfuerzos que has hecho desde que
llegaste, tu entrega, tu nobleza y el cómo nos haces querer superarnos día a día,
hemos creído conveniente que seas tú el que ejerza la capitanía.
Tomó la banda roja que
llevaba en el brazo, la cuál le había identificado como tal hasta ese momento,
y se la tendió a su relevo.
-
Nada me haría sentir más orgulloso que el que
la aceptases.
Takuto tomó aire. Portar
el brazalete de capitán implicaba un deber moral para con los demás. Daba
igual ser el estandarte de un equipo amateur que el de la selección alemana, el
sentimiento debía ser el mismo. Al tomar en su mano el trozo de elástica tela,
asumió dicha responsabilidad. No dejaría que la confianza que habían
depositado en él fuese en vano.
-
Dejaré alto tu nombre, Scott, y os conduciré
a la victoria.
Todos aplaudieron con júbilo,
y él tuvo que realizar tremendos esfuerzos por no sonrojarse. Cuando creyó que
el trámite había concluido, la voz de su compañero de trabajo le indicó lo
contrario.
-
¡Aún hay más! – proclamó con su natural
desparpajo. – No sería lógico que nuestro capitán fuese un número anónimo…
Al ser el único nuevo de
la plantilla aquel año, todos llevaban el correspondiente dígito de
identificación y su pseudónimo de jugador menos él. No le había prestado
demasiada atención al detalle debido a lo costoso que resultaba serigrafiar el
tejido. Sin embargo, cuando Bryan expuso la camiseta que le habían preparado,
se sintió realmente emocionado por el detalle.
Habían hecho una colecta,
regalándole una nueva con el número siete y su apellido, el nombre de guerra a
los que los contrarios tanto temían: Izumi.
-
Yo… No sé que decir…
Había sufrido tanto
postrado en aquella silla de ruedas, esforzándose hasta el límite en frías máquinas
de rehabilitación, perdiendo la esperanza de volver al césped, añorando noche
tras noche el calor de la camaradería, de las dulces victorias, las amargas
derrotas…
Sus compañeros no conocían
todas las historias encadenadas que conformaban su etapa gris, ni lo
mucho que significaba aquel presente para él. Suponía, básicamente, sentirse
pleno. Absolutamente completo.
Se le saltaron las lágrimas,
ante lo que Rob acudió a darle unas palmaditas en la espalda.
-
Vamos, hombre. Si llegamos a saber que te ibas
a poner así no lo hacemos. – bromeó, tratando de animarle.
Takuto se secó el
producto de su alegría con el reverso de la muñeca, procediendo a quitarse la
prenda que le cubría y lucir su nueva camiseta. Sonrió ampliamente mientras
todos ovacionaban al capitán.
-
Demostrémosles de qué estamos hechos. –
anunció, llamando a sus hombres al encuentro.
Y con la moral por las
nubes salieron al exterior, dispuestos a colocar el esférico entre los postes
cuantas veces les fuera posible.
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Brett
daba vueltas de un extremo a otro del minúsculo local, tratando de poner en
orden lo que Kôji les había contado en la última hora. Todos estaban
alucinando, por lo que no le quedó más remedio que mantener los nervios de
acero y hacer una síntesis del relato.
-
A ver si lo he entendido bien… -
dijo, mientras le miraba de pie. – Te convertiste en una estrella en tu país,
vendiste millones de discos en solitario y con la banda que formaste después,
pero en una disputa familiar uno de tus hermanastros se suicidó para inculparte
en su muerte, y te pasaste tres años a la sombra… Los cumpliste, y ahora te
has exiliado aquí con Takuto.
El
recién descubierto ídolo del rock nipón asintió, denotando más bien
indiferencia. Hablaba de su turbio pasado como si fuese una película barata que
hubiese visto en televisión.
-
¿Y lo del brazo es verdad? – preguntó
Dave, incrédulo.
Se
remangó la manga izquierda y tendió el miembro ortopédico sobre la superficie
de la mesa, para que el batería pudiese tocarlo y cerciorarse por si mismo.
-
Qué pasada… Ha debido costarte una
fortuna.
-
Ni idea. Pregúntale a mi
representante, yo prefiero no conocer nunca las cifras exactas.
Chris
se sumó a la inspección; Liam, por su parte, parecía preocupado.
-
¿Por qué no nos lo dijiste antes?
-
Tengo demasiados enemigos, con todo lo
que hemos pasado quería andarme con pies de plomo en esta ciudad.- dijo, en
referencia a lo vivido por Izumi y él mismo.
Se
subió nuevamente la manga. Ya no había posibilidad alguna de retroceder.
-
Espero que seáis conscientes de la
gravedad del asunto. – volvió a comunicar Kôji. Los demás nunca le habían
visto tan serio hasta ese momento. – Os he revelado cosas que no me gusta
recordar, y ahora formáis parte de ello. Como a alguno se le ocurra irse de la
lengua, saliendo perjudicado Takuto… Lo juro, os mataré.
Hizo
una brevísima pausa, enfatizando sus palabras.
-
Y no lo digo en broma.
Brett
tragó saliva.
-
Créeme, no lo pongo en duda.
Liam
suspiró, sacando el teclado de su funda de vinilo negro.
-
¿Y dices que tu hermano mayor se ha
quedado con todos los derechos de tus canciones?
-
Sí, pero me trae sin cuidado. He
compuesto cosas infinitamente mejores en este tiempo.
Aquella
declaración consiguió arrancar una sonrisa en el encargado de las guitarras.
Estaba deseando conocer en profundidad el talento como compositor del magnífico
intérprete.
-
¿Podrías traer las partituras al próximo
ensayo?
Kôji
se levantó, pidiéndole a Liam que le dejara ponerse al teclado.
-
Imposible. Tengo las canciones
terminadas, no sobre papel… Sino aquí dentro. – comentó, tocándose
ligeramente la cabeza.
Y
antes de que nuevas preguntas fuesen formuladas, permitió que sus dedos
transmutaran las melodías de su mente en notas musicales. Buscó entre los
sonidos programados el timbre adecuado, mostrándoles la trama principal del
tema que había aliviado sus noches de soledad en prisión.
Era
una melodía oscura en su brillantez, recordaba a las notas ligeramente
estremecedoras de un clavicémbalo, pero estaban regodeadas de un ligero matiz
tremendista. Aún quedaba mucho por hacer, mas su torrente creativo había
cobrado forma de tsunami, y quería arrasar con todo lo que encontrara a su
paso. Mientras el dueño del instrumento se colocaba a su lado, y proponía un
acompañamiento de acordes que reforzaran la tonalidad de las notas, Brett volvió
a lamentarse.
-
Maldita sea, si tuviésemos dinero para
grabar una maqueta, podríamos salir de este antro de una vez.
-
¿Y de dónde piensas conseguir la
pasta? Si continúas arreglando tuberías con tu viejo igual cuando estés
jubilado nos lo podemos permitir. – comentó Chris con sarcasmo.
-
Yo estoy ahorrando para irme con
Cynthia a un piso, no es buen momento. – agregó Liam.
Dave
vislumbró que aquel era el instante oportuno para su proposición.
-
Os parecerá una chorrada, pero hoy
mientras ojeaba una revista de mi hermana encontré esto… - dijo, sacando del
bolsillo un anuncio recortado y mal doblado. – Échale un vistazo, Kôji.
Éste
lo cogió, y leyó en voz alta.
-
¿Un casting para buscar al modelo de
una nueva firma de ropa? ¿Qué tiene que ver eso con una maqueta? – preguntó.
Aquel tipo iba ganando puntos en su consideración de que le faltaban varios
tornillos.
-
Mañana es el certamen, te sacan unas
fotos, y el viernes dan los resultados. El premio es de 4000 libras, con eso
podríamos grabar una maqueta de ocho o nueve pistas. ¡Tío, preséntate,
seguro que con el palmito que tienes ganas!
Brett,
tras tantos años compartidos con el batería, creyó ver por donde iban los
tiros. Kôji, por su parte, no supo si reír, llorar o romperle los dientes de
un buen derechazo.
-
Ni lo sueñes.
-
No es tan mala idea. Seamos realistas,
eres justo el arquetipo que triunfa hoy en día en los medios. Además, debes
tener bastante experiencia ante las cámaras, ¿no? – insistió el guitarra.
Chris
miró al japonés un buen rato, como absorto.
-
Es que estás muy bueno. – al ver la
cara de mosqueo de los demás, se apresuró a matizar su dictamen. - ¿Qué
pasa, es que uno no puede decir la verdad? Cuando una mujer piropea a otra nadie
piensa que sea lesbiana…
Kôji
dejó de tocar, resignado.
-
De acuerdo, lo haré. Pero con tres
condiciones.
El
primer recuerdo tangible que tenía de su vida era, precisamente, una sesión
fotográfica. El maquillaje, los luxómetros y teleobjetivos le habían acompañado
a lo largo de toda su trayectoria personal y profesional. No le intimidaba, mas
temía el romper así aquella tranquila etapa de anonimato.
Segundos
después de haber pensado esto, se dijo que era inútil retrasar lo evidente. Al
igual que Takuto no podía evitar jugar al fútbol, tratar de resistirse a los
prolegómenos de la esfera a la que pertenecía no serviría de nada. Lo que debía
hacer era tomar él mismo las riendas de su vuelta al mundo del espectáculo, al
ritmo deseado, y sin intromisiones que supusieran un incordio.
-
Primero: pagaremos la maqueta con ese
dinero, pero yo me quedaré con un quince por cierto para asuntos personales.
O
lo que era lo mismo, comprarle a Izumi un uniforme de entrenamiento completo,
sus botas estaban tan gastadas que al próximo partido se desquebrajarían.
-
Segundo: me encargaré de las letras de
las canciones que creemos a partir de ahora, mi segunda voz lleva demasiado
tiempo muda. Y tercero… Empezaremos como banda desde el principio. Los
Shocking Waves han muerto, a partir de hoy somos un grupo totalmente nuevo.
Brett
se colocó la sujeción de la Stratocaster, dispuesto a comenzar a guerrear con
las seis cuerdas.
-
¿Y cuál será nuestro nombre, si se
puede saber?
El
nuevo proyecto de Kôji se hizo tangible. Mas en esta ocasión, no estaría
conformado por él en el papel de astro rey y sus músicos girando en órbita a
su alrededor; los cinco serían una unidad compuesta por cinco personalidades
complementarias, y de las reacciones químicas de sus talentos fluirían temas
con los que llenar el espacio vital de miles y miles de personas.
De
su mirada se pudo extraer un ápice de demencial perspicacia, aquella que separa
la genialidad de la locura, al pronunciar el nombre con el que la banda quedaba
bautizada.
-
Angelous.
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Takuto
hizo una mueca de aburrimiento al comprobar las dimensiones de la cola en la que
llevaban sin avanzar casi veinticinco minutos.
-
Lo que no acabo de captar es por qué
tengo que venir contigo.
La
idea del casting le había parecido buena, pero no el dedicar la tarde libre a
vivir en sus carnes los insufribles tiempos muertos.
-
Porque eres un encanto y no vas a
dejarme aquí solo rodeado de tanto plástico y silicona. – obtuvo como
respuesta.
Supuso
que llevaba razón, ya que había accedido a acompañarle, no era cuestión de
abandonar. Oxford Street estaba repleta de jóvenes de todas las razas, edades y
condiciones, los cuáles buscaban la oportunidad de saltar al ansiado estrellato
de las pasarelas. El lanzamiento de la colección juvenil de una prestigiosa
firma internacional de alta costura era el escaparate idóneo para exhibir lo
perfecto de sus cuerpos, algunos naturales, otros modelados a golpe de gimnasio,
hormonas y bisturí.
Era
precisamente en la pasividad de Kôji donde se notaba su amplia experiencia en
aquellos sectores. El proceso sería rápido, en cuanto pasara el primer filtro
de calidad, como los publicistas lo llamaban, le quitarían brillos con
polvos translúcidos, le colocarían delante de un ciclorama blanco y apretarían
el disparador un par de veces. Tras ello, sólo cabía esperar.
Izumi
se sentía intimidado entre tanta belleza. Allí el chico más bajo debía medir
un metro ochenta y siete.
-
¿De verdad que haces todo esto por una
maqueta?
Kôji
se quitó las gafas de sol para ver por cuántas personas estaba compuesto el
siguiente grupo al que hacían entrar en los grandes almacenes.
-
Lo hago por eso… Y porque si ganas te
regalan toda la ropa que uses en la campaña. Necesito renovar el armario, no
aguanto más llevar lo mismo continuamente.
Por
supuesto, pasó por alto el detalle de las nuevas botas.
Takuto
asintió con ironía. Bastante había aguantado su pareja sin vestir alguna de
las extremadamente caras y llamativas prendas a las que acostumbrado estaba.
Al
fin, les hicieron entrar. Izumi tuvo que decir dos veces que iba en calidad de
acompañante, pues aunque le dieron el visto bueno para seguir en la
eliminatoria, no le hacía nada de gracia ser el centro de atención de un
equipo de fotógrafos y esteticistas.
Por
su parte, Kôji rellenó el consabido formulario mientras una mujer con aspecto
de dirigir todo aquello reparó en lo llamativo de su físico. Tras susurrar
algo al encargado de iluminación, se dirigió a él.
-
¿Vienes por la prueba?
-
Sí.
Ya
de cerca, la jefa de la delegación de Dolce
& Gabbana en
Londres comprobó que aquel joven de rasgos finos y evidente mezcla genética
era perfecto para la estrategia de marketing que la compañía quería imponer
en el mercado británico.
-
Ven por aquí. – le indicó, haciéndole
pasar antes que los otros diez candidatos que aguardaban su turno.
Takuto
observó de lejos cómo le preparaban a base de brochazos y rápidos trazados en
su dócil melena. Con una seguridad aplastante, el cantante en ciernes posó
para los objetivos con su aire frío, distante e irresistible. Sabía
exactamente el efecto plástico que sus gestos ocasionarían sobre el brillo del
papel couché y las vallas
publicitarias. Gracias a las nuevas tecnologías, los responsables de la campaña
pudieron comprobar de inmediato el resultado en las pantallas de las cámaras
digitales, mirándose unos a otros.
-
Favoloso… - murmuró la
encargada en su italiano de personalísimo acento.
Aunque
ya tenían un incipiente ganador, el protocolo exigía continuar el casting
hasta la hora estimada de su término. Kôji cogió su abrigo, y tras buscar a
Takuto entre la multitud, salieron por la puerta lateral destinada para dicho
menester.
-
Tanto esperar para que termines en tres
minutos. – protestó Izimu, aunque algo le decía que era buena señal el
haber estado dentro tan poco tiempo.
El
eventual modelo volvió a cubrirse los ojos con los vidrios ahumados.
-
Estoy seguro de que me llamarán. –
comentó. – Nunca te pasan ante los demás saltando el orden de lista si no es
porque eres lo que buscan. Así queda reflejado en el informe que se ha roto el
proceso y pueden localizar tus datos con mayor facilidad.
El
futbolista asintió, el mundo de los medios era algo en lo que no tenía
demasiado interés, sólo le importaba lo que pudiese afectarle a Kôji, y éste
sabía desenvolverse con total libertad.
-
¿Y si… vuelven a acosarte como
antes?
-
Es un riesgo que hay que correr,
necesitamos el dinero. Voy a sacar a esos inútiles del antro donde ensayan, van
a saber lo que es la música en estado puro.
Izumi
sonrió ante su vocabulario mientras se hacían hueco entre los transeúntes. El
buen tiempo acompañaba, y la gente salía a las calles a mirar escaparates de
cualquier tipo. Un local algo apartado llamó su atención, tirándole de la
chaqueta para tomar la dirección correspondiente, entusiasmado.
-
¡Mira, una tienda de animales! A ver
si tienen perros.
Kôji
sonrió, dejándose llevar. En el fondo odiaba a los canes porque le quitaban su
atención y sus achuchones. Se dijo que la próxima vez que tuviesen uno, sería
él quien lo compraría y regalaría; deseó no tener que esperar demasiado para
ello. Sólo la diosa fortuna sabía exactamente cuándo sucedería.
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Tal
y cómo había vaticinado, Kôji no tuvo que esperar más de veinticuatro horas
para saber que la empresa le había seleccionado como modelo de su primera campaña
publicitaria inglesa.
Sin
demasiadas ganas, y desde el plató donde había posado durante horas con un
variado y atrevido repertorio de lycra y seda, llamó a Brett para comunicarle
la noticia.
-
Puedes estar contento. – dijo.-
Ya tenemos financiada la maqueta. Más te vale conseguir un estudio
decente, prefiero grabar cinco temas con calidad que diez sin pulir.
-
¿Te han cogido? ¿Lo dices en serio?
-
Sí… Acabo de terminar la sesión.
Tengo que asistir a una fiesta donde me entregarán el cheque y demás
parafernalia. Haré acto de presencia un rato y me marcharé, no quiero meterme
otra vez en estos ambientes.
El
guitarrista no pudo disimular su excitación ante la oportunidad de su vida.
-
Nos vemos mañana en el local, llevaré
la comparativa de precios y todo eso. ¡Que te sea leve!
Colgó.
Había sido relativamente sencillo, le gustaba la ropa que había promocionado,
lo cuál siempre hacía más llevadero el calor sofocante de los focos y el daño
que le producían las luces en su retina maltrecha. Takuto había vuelto a
acompañarle, presenciando éste todos los pasos con algo de incredulidad. No se
acostumbraba a ver al hombre con el que había compartido tantos momentos y
situaciones de su vida metido en el papel de divo.
Pese
a ello, saber que sólo él poseía el privilegio de tener al verdadero Kôji
para sí hacía que se le inflara el pecho de puro orgullo. Por mucho que se
esmeraran en aislarle en la burbuja de la fama, ninguno de los presentes tenía
la posibilidad de conocer el sonido de los latidos de su corazón mientras dormía,
su mal humor indómito por las mañanas, o ser el receptor de los tantos
sacrificios que había consumado desde que se conocían.
Al
igual que Kôji había aprendido a no sentir frustración por el competir contra
el fútbol, él había asimilado que nada debía temer ante la artificial
composición del mundo del espectáculo.
Pudieron
reunirse tras tanto separados por iluminadores, diseñadores y fotógrafos. Se
sonrieron, indicándole el protagonista de la colección que le siguiera.
-
Ponte algo de esto, tenemos que ir a
esa fiesta dentro de nada.
-
¿Yo, meterme ahí? – preguntó
espantado al ver unos pantalones ajustadísimos de tejido elástico lleno de
hebillas y cadenas plateadas.
-
¿Quieres que llame a la estilista y se
encargue ella? – le amenazó con sorna. Aún recordaba cómo le habían dejado
la única noche en que asistió a verle actuar.
Aquella
visión, con el cabello rubio por los efectos de un tinte en spray, botas
militares y pendientes postizos le hacía perder momentáneamente el sentido.
-
¡Deja de fantasear con verme todo eso
puesto! – protestó Takuto ante el evidente gesto ausente de su compañero.
Cogió
toscamente lo primero que encontró entre las prendas ganadas y entró en el
cambiador. Una vez embutido en aquel traje, se pellizcó varias veces para
cerciorarse de que no estaba soñando.
-
¿Puedo mirar? – preguntó el
cantante, asomando la cabeza entre las cortinas.
Kôji
pensó que le iba a dar un infarto cuando le contempló. Los pantalones se
ajustaban a su figura como un guante, acentuando la hermosa forma de sus
caderas, quedando resaltado su torso por una camisa de lycra de cuello abierto y
vaporoso.
-
Si no fuera porque este abrigo vale
1000 dólares me habría empezado a sangrar la nariz. – afirmó.
Izumi
gruñó, saliendo del improvisado camerino.
-
Sigues siendo tan pervertido como
cuando estábamos en secundaria.
Entre
biombos móviles y decenas de empleados que preparaban el acontecimiento social
del mes a toda prisa, terminaron de arreglarse para finiquitar aquello de una
vez y marcharse a casa. Mientras Kôji se miraba a un espejo ultimando la posición
de los últimos mechones de su peinado, Takuto se preguntó dónde iban a meter
semejante cantidad de ropas en el minúsculo apartamento donde estaban
alquilados.
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A
la presentación de la colección de D
& G acudió gran parte de la alta sociedad londinense y europea. Eran en
eventos de tal índole donde las firmas de moda dejaban patente su poder tanto
económico como especulativo. Las amplias dependencias del hotel escogido para
la fiesta estaban abarrotadas por la decoración estratégicamente minimalista y
ecléctica, combinada con la música house ambiental y el despampanante brillo
de las lentejuelas de los invitados. Entre copas de champagne y periodistas, las
estrellas fugaces del momento pujaban por prolongar su instante de gloria todo
lo posible.
Tras
haber recibido al fin el cheque, Kôji consiguió zafarse de las entrevistas y
los personajes que deseaban conocerle, escapando con Takuto a una amplia terraza
con vistas al jardín interior. Estaban los dos solos, mas el bullicio a sus
espaldas era evidente.
-
Tengo sed, voy a buscar algo. ¿Quieres
una copa? – le preguntó Izumi.
-
Sí, tráeme vodka con lima.
El
futbolista asintió, emprendiendo el paso. Sabía que algo le pasaba a Kôji,
desde que habían entrado en la sala estaba distinto. Tenía esa expresión de
forzada tranquilidad que tanto le alertaba impresa en el rostro. Quizás fuesen
malos recuerdos, o el agobio por regresar a la rutina de su vida tras los años
sin libertad.
Mientras
Takuto se perdía entre la gente que atestaba la barra del bar, un selecto grupo
de asistentes no le quitaba ojo de encima al nuevo modelo de la colección
juvenil. Uno de ellos se acercó al oído de la mujer que sentada a su lado
miraba desde hacía un buen rato la esbelta figura del susodicho.
-
¿Ya has escogido a tu presa de esta
noche?- preguntó.
Ella
le miró a los ojos con su frío gesto de superioridad. Sin dignarse a
responderle, se puso en pie sobre los tacones de vértigo, luciendo sus espléndidas
curvas en dirección a la terraza.
A
lo largo de los años que llevaba en el negocio de la moda, por su cama habían
pasado toda clase de jovencitos sedientos de experimentar las armas en el sexo
de una mujer madura como ella, hombres tremendamente hermosos que por la
diferencia de edad habrían podido pasar perfectamente como sus hijos.
Sin
embargo, el elegido para aquella
velada no era como los demás. Su belleza superaba con creces la de todas sus
olvidadas conquistas pasadas, y en esta ocasión, no podía pasar por su vástago.
El
motivo de ello era tan sencillo como atronador.
Kôji,
el chico del que todos hablaban era, efectivamente, su hijo.
Ayako
se situó a su lado, colocándose la melena rubio platino especialmente alisada
para la ocasión. La primera vez que le había visto tras dejarle en manos de su
padre, fue cuando le hicieron llegar desde Tokio una proposición para rodar un
spot de un coche deportivo junto a él. Pudo admirar sus rasgos en las fotografías
a todo color, reconociéndose a si misma en las planas superficies de papel.
Por
su parte, Kôji la había detectado nada más entrar al vestíbulo del hotel.
Era demasiado pequeño cuando fue abandonado, por lo que podía afirmarse que
nunca la había conocido en persona; aún así, tenía su imagen grabada a fuego
en el cerebro. Maravillas del botox y el quirófano, el paso del tiempo no parecía
haber influido en la impresionante top model.
No
la miró. Dejó fija su atención en la arboleda que frondosa se expandía
varios metros abajo, respondiendo con la misma indiferencia.
-
Si lo que querías era iniciarte en la
pasarela internacional podrías haber contactado con mi agente, empezar en un
casting tan vulgar no es digno de alguien con tu porte. – expuso fríamente
ella.
-
No quiero nada de ti. – respondió
con dureza.
Ayako
río con cierta frivolidad. Le resultaba irónico haberle visto por última vez
entre flashes y fondos móviles, para ahora producirse años después aquel
inesperado encuentro en un escenario bastante similar.
Nadie
en su círculo privado sabía que había dado a luz siendo prácticamente una
chiquilla, y que ese hijo al que tanto detestó había sido el precio pagado por
convertirse en lo que era. En un
entorno hipócrita e interesado, se entregó a aquel que pagó su virginidad al
mejor postor, obteniendo a cambio la promesa de serle proporcionada una salida
desorbitada a su carrera.
Todavía
al recordar los jadeos de aquel hombre casi treinta años mayor que ella sobre
su cuello le entraban nauseas.
-
Cuando supe que me había quedado
embarazada ingerí todos los sedantes que pude encontrar. Lograron dar conmigo a
tiempo, y el cabrón de tu padre me puso en las manos un fajo descomunal de su
dinero. ¿Sabes para qué? Para que te tuviera, y no volviera a intentar deshacerme
del niño…
Las
palabras salían disparadas de sus finos labios escarlata con la crueldad de las
balas en una ametralladora. Muchos secretos guardados, muchos recuerdos traumáticos
condensados que pujaban por salir, dirigidos al culpable de sus pesadillas y
episodios de ansiedad.
-
Un millón de yenes. Eso es lo que costó
comprar tu vida.
Kôji
escuchaba, mas no movía un solo músculo de su cuerpo.
-
Si pretendes que te de las gracias por
haberme tenido, estás muy equivocada. En todo caso tendría que habérselas
dado a mi padre. Qué pena que nos dejásemos de hablar tan pronto. – arremetió.
La
mujer calmó el rictus de dureza que acentuaba lo modificado de sus pómulos.
-
¿Qué ha sido del viejo, ahora que le
mencionas?
-
Murió hace seis años.
Ella
sacó un cigarrillo negro de la elegante pitillera dorada que siempre llevaba
consigo. Aquella conversación se estaba tornando desesperante e innecesaria.
-
¿Vas a destronarme y arrebatarme la
corona? – preguntó mirando hacia donde se suponía estaba el firmamento,
dejando salir una bocanada de aromático humo.
-
Una vez estuve a punto de convertirme
en una réplica tuya. – dijo Kôji, dispuesto a que esas fuesen las últimas
palabras que le dirigiese a la sangre de su sangre. – Pero una persona me salvó,
y no volveré a caer en las redes de la autodestrucción como has hecho tú.
Para ti ya es muy tarde, porque no posees lo que yo: alguien que me quiera por
encima de todas las cosas.
Se
clavaron las gélidas miradas unos segundos. Ninguno de los restantes asistentes
pudo comprobar los milagros de la genética, evidenciados en sus rostros de idéntica
fisonomía y los gestos prácticamente gemelos, como reflejados en un espejo.
Curtida en muchos más años y andaduras que él, Ayako supo retirarse con
elegancia, sin responderle, sin mirar hacia atrás, dejando a su paso una estela
de caro perfume que postergara su presencia unos cuantos segundos.
Cuando
iba camino de regreso al salón, se cruzó de frente con el joven de piel morena
y cabellos oscuros que había acompañado a su hijo en todo momento. Se
analizaron como harían dos bestias en medio de la selva. Takuto no tuvo sino
que observar el contorno de su rostro de soslayo para reconocer su identidad, y
que la última pieza encajase en el puzzle.
Una
vez estuvo en el balcón con él a solas, dejó ambas copas sobre la barandilla.
Kôji seguía en la misma postura en la que le había dejado, y sin embargo, sabía
que estaba conteniéndose.
El
nivel de compenetración era tal que podía captar su dolor como si le
recubriese en un halo dorado.
-
¿Estás bien? – le susurró, tomándole
suavemente de la barbilla para que girase la cabeza hacia la suya y poder
mirarle.
Lo
que se encontró le rompió el alma. No soportaba ver aquella expresión: su
triste sonrisa, los ojos brillantes, ausentes, pujando por volver a la vida…
Kôji
le respondió con la voz truncada.
-
¿Por qué si ella nunca ha significado
nada para mí… ahora me duele tanto?
Takuto
conocía la respuesta porque él también había sufrido un abandono, mas no
quiso dársela. Cuando Kôji lloraba, el planeta parecía dejar de girar, sus lágrimas
condensaban ríos y ríos de pena acumulada, y él sentía que la única razón
para su existencia era cerrar aquella herida incipiente.
Porque a todos nos duele que una madre
nos deje atrás, tonto.
La
contestación quedó guardada en su mente mientras le abrazaba. Le consoló como
la situación permitía, y cuando los efectos del llanto pudieron quedar
medianamente disimulados, le tomó de la mano sin reparo alguno y salieron de
allí haciendo caso omiso de todos aquellos que pedían la última atención de
la noche.
Desde
su privilegiado rincón, Ayako les vio desaparecer mientras presionaba sobre las
delgadas aletas de su nariz, propiciando el que los restos de la raya de cocaína
que acababa de esnifar no fuesen desperdiciados.
Era
demasiado tarde para tratar de ejercer como madre y salvarse a si misma, como Kôji
había dicho. Esclava de su decadencia en un mundo que no dejaba espacio para
las modelos que se acercaban peligrosamente a la crisis de los cuarenta, la
bulimia, las adicciones y los amores esporádicos pronto dejarían de
alimentarla.
Era
mejor que todo quedara como estaba. Así su hijo no tendría que lamentar la
primera plana de un diario sensacionalista en los próximos días, donde ella
protagonizaría la última de sus portadas: aquella en la que se anunciaría su
abandono, su muerte.
Moriría
divina, hermosa, inalcanzable. Escapando a la tortura del marchitar. Doblegándose
a la voluntad de su nombre.
Siendo
la reina de las pasarelas… Hasta el final.
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