Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka
Capítulo
11: Creyente
Un
moderno equipo musical, de precio inversamente proporcional a sus diminutas
dimensiones, añadía el toque de romanticismo a la desenfrenada noche
transcurrida entre las cuatro paredes de aquella habitación de colegio mayor,
tocando en bucle discos de soul instrumentales programados con esmero.
Las
risitas coquetas de Charlene se propagaban por todos lados; entre sábanas, una
botella de chatêau flotando en un mar de hielos ya derretidos y una caja de
preservativos vacía, Shibuya se resistía a permitir que el amanecer fuese el
telón final en aquel maravilloso episodio que habían vivido.
Era
una lástima que ella marchara al día siguiente a Seattle, su ciudad natal,
para realizar un año de postgrado en la prestigiosa universidad que poseían.
Pese a ser dos años menor que ella, desde un principio habían congeniado, y
tras varios meses de indirectas al fin dieron paso a algo más que un buen
entendimiento entre compañeros de laboratorio.
-
Si no te fueras te pediría que
salieras conmigo en serio, ya es hora de sentar la cabeza y buscarme una novia
formal. – comentó mientras recorría con los dedos los suaves contornos de
sus hombros.
-
Eres una monada, Katsumi. Pero ya te he
dicho que he tenido malas experiencias con las relaciones a distancia.
Le
gustaba su rostro típicamente norteamericano, fruto de la herencia europea,
posiblemente mezcla de sangre irlandesa, italiana y rusa, sus ojos de un verde
azulado y los cabellos castaños lloviendo en bucle sobre su busto. Supo que había
tenido suerte, de haber pasado otra noche más como esa, habría acabado por
enamorarse de ella.
-
Yo también las he vivido, no
directamente, pero como si lo fueran.
Prefirió
no entrar en detalles. Les quedaba poco tiempo para relajarse tras la intensa
actividad física, y en lo que menos le apetecía emplear los minutos era en
contarle las desventuras de unos viejos colegas suyos.
-
Pero si por algún casual se me
presentase una oportunidad, te mantendré en mi agenda de candidatas a señora
Shibuya.
Ella
rió, golpeándole a modo de juego con una almohada. Se protegió con los brazos
dispuesto a saltar sobre los mullidos pechos una última vez cuando su móvil
sonó. Lo miró con cierto pesar.
-
¿Quién llamará a las seis de la mañana?
Quiso
volver a lo suyo, pero ante la insistencia, la chica le indicó que atendiera el
teléfono.
-
Cógelo, yo iré vistiéndome. Tengo
muchas cosas que hacer, cuanto antes empiece, mejor.
Katsumi
cogió el aparato y apretó el botón aceptando la llamada, mientras observaba cómo
iba cubriendo su feminidad con las ropas desperdigadas por el suelo y parte del
escritorio.
-
¿Sí?
-
Al final te has dignado a contestarme.
El
japonés dejó caer la cabeza sobre el respaldo de la cama mientras tapaba su íntegra
desnudez con una sábana.
-
Debí suponer que eras tú, por eso de
la diferencia horaria. ¿Cómo estás, mi querido Kôji Akawa? – preguntó con
dosis de energía post-orgásmica palpable.
Charlene
tomó sus llaves y las guardó en el bolso.
-
¿Quedamos luego para tomar un café?
– susurró.
Él
asintió. Su aventura merecía terminar de una manera mejor que aquella.
-
¿Estás con alguien? – quiso saber Kôji,
puesto que la fina voz le había llegado desde el otro lado del océano.
Shibuya
esperó a que su amante se hubiese marchado por completo para responder.
-
Las buenas costumbres nunca mueren…
Ya sabes que soy un Don Juan, aunque en esta ocasión era especial, pero bueno,
qué se le va a hacer. – suspiró, antes de recobrar la compostura. - ¿Y
bien, qué es lo que quieres ahora? Te conozco, sólo me llamas cuando te hago
falta.
-
No ando bien de dinero como para gastármelo
en acosarte telefónicamente. – protestó su representado. – Esto me está
costando una fortuna, así que seré breve: ¿has visto el email que te mandé?
Katsumi
se incorporó, a punto de echarse a reír.
-
¿Desde cuándo sabes usar un
ordenador?
-
Izumi me ha enseñado. Aprendió con su
hermano el año pasado, y en el sitio donde trabaja tienen uno con conexión a
Internet… Deduzco que no lo has visto.
-
No, espera que lo abro enseguida…
Sujetó
el móvil entre la oreja y el hombro mientras cogía el portátil y se lo ponía
sobre las rodillas, aún en la cama. Pocos segundos después gracias a la red
inalámbrica de la facultad, encontró dicho correo electrónico.
Descargó
los ficheros adjuntos, y no pudo evitar lanzar una exclamación de sorpresa. Kôji
le había enviado unas fotografías suyas correspondientes a la campaña
publicitaria de la firma de moda italiana, las cuáles habían bombardeado
Londres en la última semana.
-
¿Cómo es que te has metido a modelo?
¿No decías que odiabas las cámaras?
-
Sigo sin soportarlas, pero necesitaba
ganar el premio. A lo que iba… Me he unido a una banda, estamos grabando una
maqueta con el dinero que conseguí gracias a ese casting. Tengo mucho material
nuevo, y pienso ir en serio, esto no tiene nada que ver con
Japón.
-
Ni punto de comparación. El mercado
británico es legendario, la gente consume mucha más música grabada y en
directo allí que en otra parte del planeta. – asintió Katsumi, totalmente de
acuerdo.
Kôji
siempre le había hablado con franqueza, ambos sabían tratar al otro con
sinceridad abrumadora. Confiaba plenamente en él, y lo que tenía que decirle
era de una vital importancia para su persona.
-
Estamos tocando en circuitos pequeños,
bares y cosas así, pero pronto empezaremos a distribuir la maqueta, estoy
llevando el proceso yo solo, los demás no han sido profesionales antes.
Katsumi
pudo sentir en su voz lo vital de
la conversación.
-
Voy a relanzar mi carrera a otro nivel,
pero no quiero hacerlo sin ti, Shibuya. Tú siempre te has encargado de mis
asuntos y conoces mis métodos de trabajo, no creo que pudiera aceptar que me
pongan en manos de cualquiera. Sé que debes estar muy ocupado con lo de la
medicina, y que seguramente rechazarás la oferta, pero quería proponerte…
Que fueras nuestro manager.
El
universitario afincado en Nueva York sopesó con velocidad los pros y contras de
la situación. Aunque los estudios le estaban resultando más llevaderos de lo
que había creído en principio, había pasado prácticamente cuatro cursos sin
hacer otra cosa que dejarse la piel en los exámenes. Había sacado todas las
asignaturas con notas más o menos buenas, y llevaba un tiempo arrastrando la
sensación general de necesitar un descanso.
Tenía
la suerte de poder permitirse económicamente un alto en el camino para hacer lo
que creyera conveniente, desde ayudar a su familia en los múltiples negocios
que regentaban, a viajar de un confín a otro del globo sin mayor preocupación.
Quizás
por ello, además de por el nuevo reto personal que supondría ejercer íntegramente
como manager de una banda liderada por Kôji, el descubrimiento de Madoka y
talento al que había pulido lentamente, no le pareció tan mala idea.
-
¿Cuántos sois?
-
Cinco, contando conmigo. Teclado, bajo,
batería, guitarra y vocalista. Hacen coros aceptablemente y en directo pueden
llegar a ser muy buenos.
Katsumi
volvió a mirar las fotografías digitales. Pudo ver en la expresión de Kôji
un leve pero intenso reflejo de su contundente condición de estrella mediática.
Estaba convencido de que su amigo había nacido para cantar y arrasar en los
escenarios, aunque éste no se lo tomara demasiado en serio en el pasado.
Sin
embargo, había sido él quien le había llamado con un proyecto que ofrecerle,
y ello era muestra tangible del cambio que se había producido.
-
¿Estás completamente seguro de tener
posibilidades de triunfar?
-
Si no fuera así, nunca me habría
arriesgado a poner en peligro la tranquilidad con la que ahora vivimos.
Apagó
el portátil.
-
Por cierto, ¿qué tal le va a Taku?
-
Trabaja en una tienda de reparaciones
como te dije, y se ha metido en un equipo amateur de por aquí cerca. Ya le han
hecho capitán, esta noche juegan los octavos de final del campeonato para
aficionados de Londres.
-
No babees tanto cuando hables de él.
– bromeó.
Estaban
de fábula de acuerdo con lo escuchado. Ello le hacía muy feliz.
Shibuya
miró a la habitación, se sentía como un actor que tras haber acabado de
representar una obra demasiadas veces no reconocía en lo que le rodeaba su
medio natural. Echaba de menos el ajetreo, las improvisaciones y la adrenalina
del negocio.
Ya
retomaría los libros, iba a tomarse un año “sabático”.
-
Cuenta conmigo, soy tu hombre.
Se
llevó una mano a la nuca, como si Kôji estuviese delante de él y pudiera ver
su típica mueca de enfado por lo que se le acababa de escapar.
-
Ah, no, no soy tu hombre. ¡Jajajaja!
-
Vete a la mierda.
-
Yo también te quiero. – volvió a
bromear, haciendo una pausa, y tornándose serio a continuación. – Ultimaré
los trámites correspondientes, ya te avisaré cuando llegue a Inglaterra. Tendré
que buscarme piso, supongo que no podréis hacerme un hueco en el vuestro.
-
Ni de coña. – respondió
tajantemente.
Katsumi
levantó parcialmente la sábana que le cubría, comprobando que el ánimo no
era lo único que tenía exaltado… Mientras que su cabeza principal había
asimilado el final de la noche, a la secundaria le quedaba una dosis extra de
energía para un último round que no iba a producirse.
-
Veamos qué le parece a mi padre el
invertir en la industria europea. Si no consigo convencerle ya me buscaré la
vida, salir en busca y captura de contratos con discográficas resulta hasta
atractivo tras cuatro años encerrado en un laboratorio.
-
En el email te he indicado la dirección
del pub donde tocamos todos los fines de semana, y también la de nuestro piso.
Si te ves en un apuro puedes pasar un par de noches con nosotros. – cedió
finalmente el cantante sin demasiado entusiasmo.
-
Me encanta hacer de carabina. –
respondió, satisfecho. – Bien, pues voy a empezar a poner las cosas en orden.
¡Nos vemos!
-
Hasta luego.
Kôji
colgó, dejando el teléfono inalámbrico oculto en la estantería; se le ponían
los pelos de punta de pensar en la factura. Era curioso cómo la necesidad hacía
adaptarse a las personas. Alguien tan despreocupado antaño con el dinero se había
vuelto ahorrativo hasta los extremos en ese sentido.
Todo
fuera por asegurar que podían vivir mínimamente bien hasta que todo acabara
por despegar.
Mientras
que en Nueva York apenas estaba empezando a amanecer, allá en Londres tenían
unas seis horas más de diferencia. A punto de ser las doce del mediodía,
terminó de exprimir el zumo de naranja. Sabía que a Takuto no le gustaba que
le dejara dormir tanto, pero la noche del viernes había sido demoledora en
volumen de trabajo, y tenía que estar descansado para el partido, se jugaban el
pasar a la siguiente eliminatoria.
Una
vez preparado todo, entró bandeja en manos a la habitación. La dejó sobre el
colchón mientras le observaba dormir. Una sensación de calor floreció en su
pecho, le apetecía meterse bajo las mantas y seguir dormitando entre sus
brazos, pero tenía muchas ganas de entregarle el presente.
Abrió
las cortinas para que entrara luz, consiguiendo que Izumi se desperezara
lentamente.
-
Buenos días… Te he preparado el
desayuno.
Takuto
se incorporó, sentándose mientras bostezaba y se restregaba los ojos,
ligeramente hinchados por tantas horas de inactividad.
-
¿A que se debe el detalle? – preguntó
observando el enorme tazón de cereales y demás acompañamiento.
-
¿No me puede apetecer cuidarte un
poco? – respondió, besándole en la mejilla. – Come, tienes que reponer
fuerzas.
Izumi
sonrió, accediendo sin más cavilaciones a lo pedido. Estaba muerto de hambre.
-
¿Qufé hgora ez? – preguntó entre
cucharadas.
-
Casi las doce. Me daba pena levantarte.
Tragó.
-
¡Qué tarde! Tengo que estar a las
cinco en el campo, he de preparar los vestuarios, recibir al equipo visitante y
explicar la estrategia a los demás.
Mientras
repasaba mentalmente con ímpetu el diseño de juego que tenía pensado y no
dejaba ni gota de zumo en el vaso, Kôji sacó algo del armario, sentándose a
su lado.
-
No sabes el esfuerzo que me ha costado
esperar a hoy para dártelo.
El
capitán dejó la bandeja en el suelo por su lado de la cama, y tras lanzarle
una interrogatoria mirada, tomó el paquete, quitando el papel que lo cubría.
Se sentía como un niño cada vez que abría un regalo, no había podido tener
demasiados de pequeño, y le encantaba recibirlos aunque no lo exteriorizase.
Tras
haberse deshecho del envoltorio, se topó con el logotipo de una famosa marca
deportiva. Al abrir la caja, un precioso par de botas para fútbol le esperaban.
Eran de cuero negro con motivos en naranja brillante, tacos giratorios para
evitar roturas de menisco y suelas completamente adaptadas a la anatomía del
pie.
-
Kôji… ¿Cuánto te han costado? –
preguntó cuando consiguió articular palabra.
-
No importa, cuando me puse delante de
las cámaras sólo tenía en mente comprártelas. Seguro que te ayudan a ganar
todos los partidos que tengas de ahora en adelante. Pruébatelas, a ver si te
quedan bien. – sugirió.
Tirando
de las mantas hacia abajo para dejar las piernas al descubierto, se las calzó,
exhibiéndolas en lo alto. Eran perfectas.
-
¿Te gustan?
Takuto
le miró con profundo afecto. Las conservaría hasta dejarlas destrozadas del
uso que les iba a dar.
-
No tendrías que haberlo hecho, necesitáis
el dinero para terminar la maqueta…
Kôji
acarició su suave y oscuro cabello, dejando fluir las palabras directamente del
fondo de su corazón.
-
El grupo puede esperar. Tú eres lo más
importante para mí.
Izumi
se las quitó, dejándolas en su caja aguardando a ser estrenadas horas más
tarde. Apoyó la frente sobre la suya en cómplice gesto.
-
Gracias.
-
Pero tienes que prometerme algo a
cambio. – susurró el autor de la sorpresa.
Cogió
una de sus manos entre las suyas, asiéndola con fuerza.
-
Prométeme que pase lo que pase, nada
podrá cambiar lo que tenemos ahora, lo que hemos conseguido. Aunque vuelva a
ser famoso y tengamos que cambiar otra vez de hábitat, y tú llegues a lo más
alto en tu carrera. Estos meses junto a ti en Londres han sido los mejores de mi
vida.
Izumi
dejó que su rostro bajara hasta quedar refugiado en la base de su cuello, sobre
la unión de las clavículas, deslizando los dedos libres por la camisa que Kôji
vestía, hasta rozar la textura de la cicatriz en forma de cruz que portaba en
el pecho.
-
Te lo prometo. Nos ha costado
demasiados años y demasiadas lágrimas llegar hasta aquí. No dejaré que nadie
lo estropee.
No
era dependencia, no era desesperada necesidad de posesión. Simplemente, no se
imaginaba el mundo sin la presencia de Kôji a su lado. Él tenía las llaves
para hacerle sufrir, para hacerle sentir, vivir y soñar, así como el
privilegio no cumplido de acabar con su vida, y la clave para encontrar el
equilibrio entre el cúmulo de desgracias que le habían marcado la niñez y
adolescencia.
Le
despojó de la camisa, observando el grabado y cómo la herida ya cerrada
atravesaba los pectorales casi en toda su longitud, rematada por una nueva línea
vertical. La besó, recorriéndola lentamente, sintiendo su ardor en los labios.
Kôji
le observaba hacerlo. Ese recuerdo cincelado era uno de los estigmas de la unión
prohibida de ambos, divinizado en sus constantes evocaciones del Edén en la
Tierra, donde un Dios bucólico predicaba el amor verdadero sin las trabas
sociales impuestas por los hombres, y los ángeles proclamaban su mensaje de
tolerancia y respeto hacia la belleza más sencilla y pura de todas: la de la
sonrisa de la persona a la que amaba.
Tomó
el rostro esculpido en bronce, elevándolo hasta poder recorrer sus senderos
visualmente como si no hubiese más en la eternidad que hacer. La siempre
presente calidez de dicha piel se fundió en sus dedos, llorando los
artificiales de pena por ser incapaces de conocer semejante privilegio.
Anduvo
por el óvalo facial, subiendo por los contornos de la mandíbula, llegando
hasta los pómulos y estacionándose en su tibia boca. Le besó a calmo paso,
hasta que sus labios decidieron interrumpir momentáneamente la labor para
proclamarse.
-
Quiero hacerte el amor.
Takuto
despertaba en él los más viscerales deseos y la más febril de las ternuras.
Aquella mañana ardía por venerarle y cubrirle de todas las caricias que
pudiera dar, hundirse en el océano de su entrega, siempre apacible menos cuando
acudía a sumergirse en él, dejando que las olas de la pasión se estrellaran
contra su orilla.
Depositó
su mano derecha en la unión de la cabeza con el tronco, haciendo que la dejara
caer quedando expuesto su moreno cuello, mientras con la otra recorría su torso
desnudo. Takuto le rodeó con los brazos, trazando el camino de su columna
vertebral desde el final hasta llegar a los largos cabellos. Quiso volver a
investigar la fusión entre su piel humana y la creada, contrastando el frío
del látex con el resto del miembro.
Se
desnudaron mutuamente, confrontándose sus respectivas marcas en un viacruxis
donde quedaban postergadas las escenas de su lucha por sobrevivir a los
continuos cataclismos.
Cual
misionero en su personalísima religión, Kôji acudió a la cruz, besándola,
trazándola con la punta de la lengua, recibiendo comunión en el vino de su
sangre antaño derramada y el pan de su dermis.
Izumi
se apoyó en los codos quedando semitendido a la par que separaba las piernas,
meciéndole entre ellas, permitiéndole explorar terrenos a los que sólo él
tenía acceso. Se mordió los labios con cada sutil toque recibido, tiñéndose
de intenso rubor sus mejillas al llegar el reconocimiento a la cara interna de
los muslos.
El
intérprete cantó una balada silenciosa adorando la suave y firme textura de su
masculinidad, la cuál sobresalía del conjunto de la fisonomía casi lampiña.
Lo besó en la totalidad de su extensión, arrancándole ligeros jadeos con cada
roce expertamente dado. Sin querer torturarle por la espera, lo introdujo en la
cálida humedad de su boca, otorgándole un placer indescriptible con cada vaivén
de sus labios. Takuto dejó que sus dedos acabaran sobre la cabeza de Kôji,
enredándose entre la melena, indicándole la cadencia a seguir.
Sin
cesar de imprimir el ritmo solicitado, el menor de los Nanjo le hizo envolver en
saliva el dedo que le tendía, empleándolo para trazar lentamente la distancia
que separaba los testículos de la entrada que debía preparar con esmero. Esbozó
ligeros círculos sobre la fina piel de tan delicada zona antes de introducirlo,
obteniendo un gemido de aprobación a cambio.
Siguió
dándole redención oral y dilatándole con sumo cuidado, aumentando la
cadencia, deseoso de sentir los espasmos de las caderas a la que estaba anclado,
y la amarga textura de su orgasmo invadiéndole la garganta.
Disfrutaba
viendo cómo la espalda de Izumi se arqueaba al sucumbir al clímax. Recibió la
descarga como la consecución particular de una victoria, no dejando que nada de
la misma fuese desperdiciada. Tras terminar, besó la parte baja de su abdomen
evitando insistir en las áreas ahora demasiado sensibles, subiendo lentamente
hasta permitirle probar su propio sabor en un nuevo enfrentamiento de
lenguas.
Se
tendió boca arriba sobre la cama, dejando que Takuto se posicionara sobre él,
quedando sostenido el torso por el suyo. Siguieron besándose, reconociendo cada
milímetro expuesto al otro, hasta que la erección de Kôji resultó ser más
que notoria. Iba a tomar cartas en el asunto cuando Izumi bloqueó sus labios
con la yema del dedo índice presionando en los mismos, indicándole con una
enigmática sonrisa que le dejara hacer a él. Abrió el cajón de la única
mesita de noche que poseían, ahí donde guardaban las últimas reservas oleosas
adquiridas tiempo atrás.
Sin
dejar de mirarle a los ojos, le masturbó para lubricar a conciencia el miembro,
consiguiendo que su amante enloqueciera de deseo ante aquella visión.
Tras
prepararse a sí mismo con una pequeña cantidad del gel, se sentó sobre su
pelvis, ejecutando la penetración lentamente. Kôji le agarró por las caderas,
empujándole hacia abajo hasta que estuvo totalmente en su interior.
Consumando
la lujuriosa danza, Takuto apoyó las palmas de las manos sobre su pecho,
disfrutando de cada una de las sensaciones que sólo aquel hombre era capaz de
darle. A medida que el acto iba ganando en algidez, la velocidad se tornó
constante y vertiginosa. Kôji le atrajo hasta sí para besarle una última vez,
saboreando tanto las mieles de sus labios como las del éxtasis, ya alcanzado.
Pletórico, feliz y momentáneamente exhausto, el ángel de sus sueños se dejó
caer sobre sus hombros, siendo abrazado con infinita dulzura.
Quiénes
eran los demás para juzgarles… Quiénes aquéllos que se habían empeñado en
no permitirles estar juntos, compartiendo miedos y ambiciones, placer y dolor,
tristeza y alegría.
El
místico mundo de la mente de Kôji, lejos de desaparecer, se volvió más
tangible que nunca. Como un predicador en la iglesia de su cuerpo, le entregó
una vez más a Takuto todo el amor que Jesucristo podía otorgar. (*)
(*) En referencia a la canción
“Jesus Christ love for you”, uno de los temas de Kôji en su etapa como
solista en Japón.
____________________________________________________
Hacía
mucho que Dave no asistía a un partido de fútbol, por lo que la proposición
de asistir todos juntos a ver el encuentro no le pareció una idea descabellada.
Kôji les esperaba a la entrada del complejo deportivo donde se disputarían los
octavos. Podía respirarse en el ambiente la expectación, Takuto seguía
moviendo sucesivas pequeñas riadas de aficionados que acudían a ver su juego,
el boca a boca continuaba siendo el medio de comunicación por excelencia,
incluso en tiempos donde la informática abarcaba un espacio quizás demasiado
extenso en la vida cotidiana.
Ya
acomodados en las gradas centrales con una buena vista del campo, los asistentes
recibieron con júbilo a los dos equipos. Izumi, con su nuevo 7 a la espalda y
las relucientes botas deseando entrar en acción, dio un paso al frente para
saludar al otro capitán y escoger cara en la moneda que decidiría el orden de
las porterías.
Jugarían
a la derecha la primera parte, por lo que todos se trasladaron a dicha parte del
terreno. Kôji no se perdía detalle, manteniendo silencio en todo momento.
Mientras el árbitro establecía a golpe de silbato el inicio del encuentro,
Brett se interesó por conocer más acerca de la relación exacta que su
cantante mantenía con el futbolista.
-
¿Lleváis mucho juntos? – le preguntó,
al verle tan serio y concentrado.
-
Desde los dieciséis años. – contestó.
– Pero me enamoré de él la primera vez que le vi, siendo ambos unos críos.
Takuto cambió mi vida, yo no estaría hoy aquí de no haberle conocido.
En
las grandes bandas de rock de todos los tiempos, la extraña unión surgida
entre el vocalista y el guitarra principal se había postergado a lo largo de la
leyenda. Desde John Lennon y Paul McCarthey, a Freddy Mercury y Bryan May,
pasando por Mick Jagger y Keith Richards, todos fundaron lazos más o menos
estables que acabaron por reflejarse en la música que juntos creaban.
Kôji
trataba de hacer lo posible por socializarse con respecto a los demás
integrantes del conjunto, mas con Brett tenía facilidad de palabra. Bajo su
estrambótica fachada se hallaba un tipo más bien sencillo al que le gustaba
escuchar y opinar según su punto de vista, siempre teniendo la capacidad de
respetar los límites necesarios.
-
Yo hace poco que lo dejé con mi
novia… - dijo, rememorando días pasados con algo de nostalgia. – Ella no
comprendía que yo quisiera perseguir mi sueño de llegar a ser profesional y le
dedicara tantas horas a la guitarra. Siempre he pensado que la única persona
que puede imponer límites a la propia libertad, es uno mismo.
-
Si de verdad se ama a alguien, no se le
pueden poner trabas u obstáculos. Aunque te consuma por dentro ver que no eres
el centro de su mundo, debes dejarle espacio vital. Yo antes pensaba como lo haría
tu ex, pero los acontecimientos me mostraron la verdad. Cuando Takuto vuela
sobre los campos de fútbol se llena de vida. Y es esa vida por la que yo llegaría
a los confines de lo conocido con tal de salvaguardarla.
El
guitarrista asentía mientras escuchaba y observaba los primeros trepidantes
minutos del encuentro. La forma en la que el japonés se expresaba le fascinaba.
-
Es a él a quien cantas, ¿verdad?
Kôji
desvió la mirada por unos segundos de Izumi, dirigiéndosela a él.
-
Te daré un consejo, Brett. No tengas
prisa por saberlo todo de mí. Es por tu propio bien.
No
se dijeron más. Había conocido a los Waves en una buena etapa, pero esos
chicos no sabían lo visceral que podía llegar a ser. Deseó que nunca tuvieran
que ver a la bestia que dormía en un apartado rincón de su psique, aguardando
a despertar si alguien volvía a truncar la extraña paz que ahora disfrutaba.
El
equipo rival robó el esférico en un contraataque velocísimo,
propagándose la voz de Izumi por todo el recinto.
-
¡Romped la defensa! ¡Rob, Matt, a por
las bandas!
No
pudieron hacer mucho por evitar que el primero de los tantos del partido fuese
en contra, Scott se lanzó con intención de atrapar el balón, pero éste se
coló limpiamente, estrellándose contra las redes.
-
Mierda. – exclamó Kôji, levantándose.
De
los ojos de Takuto brotó la hoguera de la superación. Se negaba rotundamente a
perder, aquel encuentro no había hecho más que empezar.
Con
los dientes apretados, rugió cuál león coordinando a sus compañeros. Tras
una pequeña batalla campal en el centro del campo, uno de los extremos recuperó
el balón, lanzándolo a lo lejos en un pase a distancia.
Corrió
velozmente, cabalgando sobre el viento sorteando a cuantos rivales encontró con
la precisión de sus rodillas resucitadas, parando el balón con el empeine,
moviéndolo como si fuese una prolongación de su cuerpo.
-
¡Vamos, Takuto! – gritaron un grupo
de niños pegados a la valla que separaba las gradas del terreno de juego.
Chris
cerró los puños, la jugada era de lo más interesante. Hasta Liam, cuyo interés
por los deportes era más bien nulo, no podía apartar la mirada del trepidante
estilo del asiático.
Izumi
gritó a pleno pulmón mientras chutaba a quince metros de la portería. El
proyectil de cuero entró como un obús, logrando el empate. Sus compañeros de
equipo se mostraron eufóricos, pero él respondió con la misma expresión
crispada en el rostro.
-
¿Qué estáis celebrando? ¡El empate
y la derrota es lo mismo! ¡No saldremos de aquí si no es con los tres puntos!
Los
mágicos pies del capitán parecían flotar en la coraza del significado de
aquellas botas. Ya no sólo sentía el constante apoyo de Kôji en su asistencia
a cada partido que jugaba, sino que ahora le tenía consigo mientras su corazón
latía destilando la pasión por el deporte al que su padre amaba, el único vehículo
que tenía de recordarle.
Aunque
no lo tenía demasiado claro, a veces le gustaba creer que los espíritus de los
que ya no estaban permanecían cerca de los suyos. Cuando marcaba un tanto, la cálida
voz de su progenitor se tornaba cercana.
Le
hubiese gustado decirle que había conseguido lo que él no pudo: adorar al fútbol
y al amor de su vida, sin sacrificar lo uno por lo otro.
Mientras
dejaba que Bryan tomara el control de la situación y diera lo mejor de sí
mismo en una nueva y efectiva jugada, miró al cielo, de un azul brillante sin
nubes que lo encapotaran. El inesperado incidente con Ayako le había hecho
reflexionar bastante en los instantes de lucidez que preceden a la conciliación
del sueño profundo.
Era
momento de seguir adelante, y dejar su pasado realmente atrás. Prefería pensar
que su madre, pese a haberle procurado tanto dolor, era una buena mujer
arrastrada por sus desgracias; ya había saldado cuentas con ella al sacar
adelante a sus hermanos, cosa que con infinito cariño había hecho.
En
cuanto a su padre… Siempre le llevaría en su interior mientras siguiera
respirando fútbol.
Sigue mirándome desde ahí arriba, papá. Lo conseguiré, seré el mejor como siempre deseaste.
Los tacos de sus botas
volvieron a atravesar el césped una y otra vez, distribuyendo la fluidez del
juego, reforzando la defensa cuando ésta flaqueaba, sirviendo pases que
acabaron entre las mallas tras ser rematados con acierto por los demás, dejando
claro que su nivel distaba de ser el adecuado para aquella competición, pues
pertenecía a la estratosfera de los genios. Algunos de los hinchas de mayor
cuantía en partidos amateur presenciados se preguntaban qué hacía un joven
como aquél jugando entre hombres que se tomaban el deporte a modo de simple
hobby, a la par que los más pequeños soñaban con llegar a ser como él en un
futuro.
-
Es impresionante cómo juega tu
chico, Kôji. – afirmó Dave, gratamente sorprendido.
El cantante se encontraba
en otra dimensión, viendo como sus alas blancas se expandían, queriendo
abrirse por completo para llegar muy, muy lejos.
-
Cuando sean millones de personas
las que se deleiten con él y al fin se haga justicia… Mi deber será poder
estar a su altura en mi propio terreno.
Le guiaría, le curaría
las heridas que se produjera en el camino, se entregaría por completo también
a su cruzada, musical en este caso. Y al llegar ambos a sus cumbres por
separado, el amor que les unía triunfaría por encima de todas las cosas.
-
Así que cuento con vosotros. –
sentenció.
A punto de concluir el
partido, los miembros de Angelous hicieron un juramento. Ellos también se
elevarían por los cielos, haciendo lo propio del ser cuyo nombre llevaban.
____________________________________________________
Al
habitual número de clientes que acudían al Père-Lachaise
cada noche de sábado se sumaron los que asistían casi exclusivamente a ver
la actuación del grupo que más elogios estaba abarcando en la escena indie de
la capital inglesa.
Los
rumores sobre el enigmático cantante de la formación, en especial debido a los
carteles publicitarios que poblaban las marquesinas de las paradas de autobús y
las bocas de metro, unido a lo bien que sonaban en conjunto, hacían que todos
los fines de semana el bar quedara a rebosar de curiosos que deseaban asistir a
un directo de Angelous.
Pletórico
por haber conseguido pasar a cuartos de final con tres goles de ventaja, Takuto
les deseó suerte antes de regresar a la barra, le había pedido a un compañero
que le sustituyera unos minutos.
-
El dueño os debería pagar más, se
está haciendo de oro gracias a las consumiciones. – apuntó.
Kôji
terminó de prepararse. Ataviado con algunas de las estilizadas prendas de la
firma que había promocionado, una argolla de plata que le habían prestado y
con los ojos maquillados en profundo negro, estaba deseando subirse al
escenario. Aquella noche estrenarían las nuevas canciones que había compuesto,
enriquecidas armónicamente y arregladas entre todos. Quería que Izumi pudiese
disfrutarlas en las mejores condiciones posibles.
-
Te esperaré donde siempre luego – le
dijo, mientras los demás se disponían a salir a escena, ultimando las últimas
conexiones a los amplificadores y los ajustes en la modesta mesa de sonido.
Tras
sonreírse mutuamente, cada uno volvió a su sitio. El futbolista
regresó a su puesto de trabajo, sumándose a la cálida acogida del público
en forma de aplausos cuando la banda finalmente estuvo ante ellos, a punto de
iniciar un nuevo concierto.
El
vocalista tomó el micrófono, mirando a la audiencia como si fuese maléfico
portavoz de palabras divinas, representando su papel a caballo entre lo real y
lo ilusorio.
-
Si de verdad tenéis fe en vuestro Señor…
Os conduciremos hasta él, dejaros llevar a las puertas del Paraíso.
Y
nada más acabar de pronunciar el beneplácito, un torrente de denso y oscuro
sonido surgió de la batería, el bajo y el grave marcar del ritmo por parte de
las cuerdas mayores de la guitarra.
A
los acordes densos y constantes se sumó el teclado, conjugando las oraciones
musicales con su aire de órgano de catedral. En medio de aquella recreación
celestialmente electrónica, Kôji expandió los brazos iluminado por un foco,
haciendo que su voz arropara el mensaje que quería expresar. Todo resultaba
deliciosamente tétrico, sin llegar a caer en las etiquetas del rock gótico,
consiguiendo un estilo difícilmente inclasificable.
Era
la consumación de su madurez artística, pues pese a ser tan joven, arrastraba
años de evolución, sirviendo su corta etapa con Kreuz de base para el sonido
que ahora hacía de vehículo a su creatividad.
De un Cielo implacable la espada cayó
tiñendo de sangre cuanto encontró a su paso.
Quizás Dios y sus hombres se confabularon
con tal de conseguir tu exterminación.
Pero tú, mi ángel maldito, de nuevo el vuelo alzarás,
cicatrizarán las heridas de tus alas,
la furia de tus ojos les castigará.
Anclado a tu cruz quedaré por los siglos,
tres clavos de rubí no me dejarán escapar:
uno por ti, uno por mí, uno por quién en tu nombre… volvería a matar.
Ríos escarlata, mares de temeridad,
pagaré el precio a convenir si con
ello tu alma es salvada.
Eterno pecador en nubes de pureza,
tú eres mi condena, mi exorcismo, mi
libertad.
Todos sucumbieron a
la epopeya acústica de letras crípticas, repartida en los epílogos de una
compenetración absoluta entre los distintos componentes. La perfección se
lograba a base de naturalidad, dejando espacio para el dictado del momento. Los
punteos ágiles de Brett eran reforzados por los acordes armónicos de Liam,
marcando las pautas a seguir los encargados de conducir el ritmo y la estructura
de aquella declaración de principios en forma de versos.
Con cada tema que
interpretaban, el público se dejaba llevar en ese sueño teatral, sucumbiendo a
la hipnosis producida por el vocalista.
Abriéndose paso con
buen humor y filosofía, un nuevo cliente entró en el pub, consiguiendo al fin
tras muchos “disculpa” alcanzar la barra del bar. Nadie se encontraba
pidiendo, puesto que la totalidad de los presentes parecían entregarse a un
ritual colectivo por el que seguir el frenético ritmo, incluso uno de los
camareros, el cuál no podía disimular su sonrisa de satisfacción y
emotividad.
-
¿Me pones un contrato con hielo,
por favor?
Takuto se giró
hacia la voz ante la extraña petición. Una alegría desorbitada le recorrió
cuál descarga eléctrica al reconocer a su interlocutor.
-
¡Shibuya! ¡¿Pero cómo lo haces
para siempre llegar tan pronto?!
Katsumi se alongó
sobre la barra, abrazándole feliz por verle con tan buen aspecto.
-
Los fondos monetarios, los
contactos y el Concorde, una trinidad que nunca falla.
-
Oye, luego hablamos, que estoy de
turno y apenas te escucho. – gritó Izumi.
Su viejo amigo, tras
pedirle que le guardara la maleta, se mezcló entre la gente, analizando de
cerca el nuevo proyecto tangible que tenía en sus manos. Le agradó la
uniformidad del conjunto, era mejor de lo que esperaba, aunque tal y como le había
comentado Kôji, aún quedaba mucho por hacer.
Sin embargo, lo que
más le llenó fue el hacer de éste. Había estado junto al vocalista desde los
inicios de su carrera, había visto cómo su estilo progresivamente mutaba,
reinventándose continuamente, ganando con los aportes de las vivencias. Pero no
era la técnica lo que convertía a un cantante en un mito, sino la proyección
del alma a través de la voz.
Katsumi pudo afirmar
sin reparo alguno que jamás había oído cantar a Kôji de aquella forma, con
una contundencia aplastante, fruto de los padecimientos, de los rencores, las
esperanzas y la agresiva convicción de luchar a muerte por alcanzar la propia
perfección, rodeado de las personas que conformaban su mundo: Takuto en forma
de muso, él como faro que indicara la senda a tomar, y aquel grupo que, por lo
que parecía, se había ganado su entrega.
Se dijo que ese sería
el mayor de los retos al que se enfrentaría. Su mejor obra, la despedida del
mundo del espectáculo antes de ejercer como médico y salvar en honor a Madoka
cuantas vidas fuera posible.
Presenció el resto
del concierto mientras pensaba en los pasos a dar para empezar a moverse en la
producción de aquella banda, y hacerse un hueco entre los profesionales de
Londres. Los jerarquizó por orden de prioridad sin perder en ningún momento la
sonrisa, puesto que esa era su mejor arma: nadie en su sano juicio pensaría que
aquel joven japonés de simpática apariencia era un fiero empresario con un
extenso currículum a sus espaldas.
El espectáculo se
dio por finalizado tras un bis, regresando a la barra donde finalmente pudo
pedir un Martini, disfrutándolo mientras esperaba a que su estrella acudiese.
Le había mirado durante la actuación, seguramente también se habría
sorprendido al encontrarle tan pronto en la ciudad.
-
¿Tienes dónde pasar la noche?
– le preguntó Takuto por encima del ruidoso ambiente.
-
No, tendré que buscarme un hotel
luego.
-
¡De eso nada! Tú te vienes con
nosotros. – afirmó Izumi, negándose a dejarle en la estacada tras tanto que
había hecho por ellos.
Una mano agarró con
fuerza el hombro del universitario.
-
¿Así que ya te han instalado?
– preguntó Kôji, el cuál había escuchado la última parte de la conversación.
Shibuya le sonrió.
-
Taku, que sigue siendo encantador,
no como tú, que pretendías abandonarme en mi primera madrugada en la capital.
Kôji respondió a
la sonrisa con un gesto que su representante sabía interpretar como algo de
igual valor.
-
Chicos, os presento a Katsumi,
nuestro manager. No os dejéis engañar por su cara de niño bueno, a la hora de
la verdad es un ser sin escrúpulos.
Los miembros de
Angelous se presentaron y saludaron, sorprendidos por la evidente juventud del
japonés.
-
Me habéis convencido, el
concierto no ha estado nada mal. Mañana nos reuniremos para conocernos en
profundidad e idear el plan de choque, pero ahora si me disculpáis, estoy hecho
polvo, he tenido un día de locos.
-
¿Cuántos polvos dices que has
echado, señor Don Juan? – preguntó Kôji con indirectas respecto a la voz
femenina que había escuchado por teléfono.
Al poco, Izumi acabó
su turno, y tras despedirse de los demás componentes de Angelous, así como
sortear a los nuevos admiradores que el cantante tenía, los tres pusieron rumbo
a Belsize. No les importaba arrastrar cansancio por el viaje, el partido y la
tensión de la actuación, el estar reunidos de nuevo era una sensación que
eclipsaba todo lo demás.
Al dejar la maleta
en el pequeño salón del piso, Katsumi se acordó de aquellos días cuando
vivieron juntos por un espacio de tiempo. El apartamento que compartía con Kôji
cuando el padre de éste le había echado de casa era una leonera hasta la
llegada de Takuto. Años más tarde, todos habían cambiado mucho, pero lo
sustancial de sus respectivas personas seguía presente.
-
Otra vez como en los viejos
tiempos… Pero tranquilos, mañana empezaré a buscarme un garito. – añadió,
sacándole la lengua a Kôji.
-
¿Quieres darte una ducha,
Shibuya? – gritó Izumi mientras le sacaba una toalla del altillo del armario.
-
Sí, no estaría nada mal. – le
contestó, mientras miraba con detenimiento el lugar. – Me gusta vuestro nido.
-
Ahora me dirás que vas a dormir
con nosotros en nuestra cama, ¿no? – respondió el cantante, malhumorado,
mientras procedía a desmaquillarse.
Katsumi aceptó la
taza de café que el más amable de sus anfitriones le preparó, acudiendo al
encuentro de la reconfortante agua corriente mientras la pareja le preparaba la
cama.
-
Durmamos tú y yo en el sofá,
debe estar agotado de tanto avión. – propuso Izumi colocando las sábanas,
pues en su desorden aún podía adivinarse el episodio de pasión vivido antes.
-
Con lo que te mueves tendré que
agarrarte con fuerza o acabarás en el suelo. – le respondió, poniéndose la
ropa que usaba a modo de pijama y deleitándose por el lado bueno de la incómoda
noche que le esperaba.
Siguieron hablando
hasta que el recientemente nombrado manager se les unió, con los cabellos húmedos
y el cepillo de dientes preparado para ser de nuevo guardado.
-
A estas horas ya no soy persona…
- bostezó.
Takuto insistió
para que se metiera en la cama, a lo que Katsumi finalmente accedió, regocijándose
por aquel privilegio.
-
Que descanséis, yo voy a caer
como un tronco. – proclamó, escondiéndose entre las mullidas almohadas.
Por su parte, los
inquilinos trataron de acomodarse de la mejor de las formas en el sofá. Kôji
se tumbó de lado con la espalda pegada al respaldo, comprobando que por mucho
que hiciese los pies le acababan colgando, era demasiado alto. Izumi se acurrucó
en su pecho, pegándose lo máximo posible a él dado que carecía de mayor
espacio.
-
Quién me iba a decir cuando le
conocí que acabaríamos así. – rezongó el cantante por lo bajo.
-
No seas gruñón, y trata de
dormir. – respondió, usando su brazo a modo de reposacabezas.
Se cubrieron con la
única manta sobrante, no tardando demasiado el ganador de la jornada en
abandonar el mundo de los conscientes.
Kôji le apartó el
pelo de la cara mientras le observaba los minutos que tardó en seguirle,
abandonándose a sus pensamientos. Pese a que le hubiera gustado celebrar más
goles, haber llegado mejor a los altos durante la actuación, e incluso aunque
Shibuya le hubiese destronado de la cama esa velada… Había sido un día
perfecto.
Nota de la autora:
-
John Lennon y Paul McCarthney: miembros de The Beatles.
-
Freddy Mercury y Bryan May: miembros de Queen
-
Mick Jagger y Keith Richards: miembros de The Rolling Stones
Estos tres grupos son mis preferidos de toda la
historia de la música.
-
A modo de curiosidad, si os queréis hacer una idea de cómo sería
el sonido de Angelous, os recomiendo que escuchéis el tema de HIM “Our
diabolikal rupture”.