"Forward"
Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka 

 

Capítulo 15: The show must go on

Siempre se había entregado con férrea disciplina a la preparación deportiva. Entrenaba con ímpetu, sin ceder en ningún momento a la tentativa de relajarse y pensar que tenía el camino prácticamente hecho.

Desde que empezara a jugar en equipos, Izumi hacía talante de tanto potencial que siempre estaba en la lista titular. Desde los primeros días de colegio a la capitanía amateur en Inglaterra, pasando por la liga nipona, contó con la seguridad de estar en el once inicial.

Pero ahora era distinto. Su primera mañana de entrenamiento oficial con el filial del Chelsea le hizo ver la cara del fútbol que hasta el momento desconocía: allí era uno más al que nadie conocía, y la competencia era fiera. Jóvenes de todos los países se expresaban en las que resultaban ser las dos lenguas universales, el inglés y el esfuerzo. Todos buscaban una oportunidad para ascender al primer equipo, y aunque fuese un deporte de grupo siendo por ello indispensable la cooperación, una dosis de individualidad resultaba fundamental.

Mayers, obviamente, no se encargaba de la cantera del equipo. El entrenador correspondiente era un portugués de unos treinta y cinco años, cuyo estilo resultaba tan polivalente como su peculiar acento. Muchos de los componentes del equipo eran ya veteranos, siendo esa la segunda o tercera pre-temporada que iniciaban en el club. Nadie conocía del fichaje de aquel japonés de comportamiento reservado.

Takuto se limitó a repartir sonrisas corteses y educadas cuando era necesario, a presentarse a los más accesibles y, en especial, a lo suyo: ser un profesional.

Derrochó energía en el entrenamiento feliz por el dictamen del preparador al término del mismo, el cuál había reafirmado las categorías concernientes a cada miembro, catalogándole a él como delantero en el centro del campo, su posición favorita; no le hacía ascos a las bandas, pero era en el ataque puro y duro donde disfrutaba al máximo.

La ciudad deportiva en la que el equipo preparaba las primeras sesiones antes de viajar a Liverpool el fin de semana, donde disputarían una serie de encuentros amistosos, estaba situada cerca de las inmediaciones del estadio, por lo que podía valerse del transporte público para moverse. Kôji y Shibuya estaban tan ocupados por la grabación inminente del disco que les era imposible ir a recogerle. Prácticamente la unanimidad de sus compañeros disponían de vehículo privado, siendo él la excepción.

No le importaba, estaba acostumbrado a buscarse la vida si era necesario, pero mientras terminaba de vestirse con el equipamiento deportivo de la marca que oficialmente vestía al club y recogía sus enseres, pensó que tal vez no era tan mala idea eso de sacarse el carnet de conducir.

Se despidió de los jugadores con los que más había hablado a lo largo de la mañana, abandonando el lugar en solitario, reflexionando acerca de todo lo vivido. Tenía que atravesar un enorme complejo lleno de canchas de fútbol de entrenamiento y pistas de atletismo, llamando una de ellas su atención. Allí los del primer equipo que ya habían regresado de vacaciones tiraban a puerta disternidamente, en un primer encuentro para afrontar la dura campaña que se avecindaba.

Se apoyó en la malla de rejas, mirándoles como hipnotizado. Aunque resultase irónico que sólo un terreno de juego separase la preparación del filial y el principal, de una categoría a la otra había años luz de distancia.

Takuto se juró que lo daría todo por llegar hasta allí.

Tan ensimismado estaba que no reparó en cómo Greg le distinguió, y al comprobar que no respondía a su saludo decidió acercarse hasta él. En tiempos donde la masa convertía en semidioses a los ases del deporte profesional, encontrar jugadores que como él huían del egocentrismo causado por la idolatración era de lo más agradecido. McKenzie no sólo era un jugador excepcional, sino una persona humilde y extraordinariamente humana.

- Me alegra verte por aquí. – le dijo, una vez estuvo ante él, separados sólo por la cortina de verde alambre.

El japonés escapó de sus divagaciones, llegando a sentir algo de azoramiento. ¿Por qué siempre que tenía la oportunidad de estar con el que era su jugador preferido se quedaba estancado? Apretó los puños, dispuesto a decirle todo lo que llevaba pensando desde hacía varias noches.

- Muchas gracias por haberle hablado al entrenador de mí. – respondió con seguridad.

Greg sonrió escuetamente, secándose el sudor con una toalla.

- No me des las gracias, en el fondo lo he hecho porque me convenía… Quiero jugar contigo, así que ya sabes, esfuérzate y espera a que llegue el momento idóneo.

El pelirrojo se acercó aún mucho más a él. Podía ver en Izumi la misma determinación que le marcaba a él mismo, por lo que estaba seguro del efecto que conseguirían sus palabras.

- Demuestra de lo que eres capaz, o lo lamentarás. Al igual que he podido influir para que te fichasen, puedo sugerir que te echen. Se acabaron los jueguecitos, esto es Inglaterra, el fútbol en su pura esencia.

Takuto sintió cómo le recorría una energía desorbitada, rematada por lo último que el archifamoso delantero le dijo.

- Sólo cuando sepas lo que es disputar la Premier League podrás afirmar que amas este deporte, y comprenderás que todo lo que has hecho antes no era sino una introducción.

Tras ello, McKenzie se marchó para continuar su puesta a punto en la tonificación muscular, dejando al por ahora desconocido desmenuzando el contenido de su alegato. Sonrió aunque éste no pudiera verle, estaba seguro de que lo conseguiría, y la compenetración surgida en aquel campo del hospital pasaría a mayores. Entonces, la ambición de conseguir una pareja perfecta que complementase su estilo dejaría de ser una utopía.


El reloj dictaba el paso de las horas sin ninguna piedad. Con un ojo puesto en la mesa de mezclas y el otro en el minutero, Katsumi daba por finalizado el registro de voz.

Kôji dejó los auriculares sobre la base. Había cantado guiándose por la base rítmica grabada por Dave y Chris, siendo ahora el turno del teclado y la guitarra de acompañamiento. Lo último en el orden de grabación eran los punteos de eléctrica, y al ritmo moderado que llevaban, era posible que acabasen aquel segundo día de estudio con cuatro canciones ya diseccionadas en sus correspondientes pistas.

El vocalista cerró la puerta de insonorización, viendo cómo Brett y Liam ajustaban los instrumentos a través de la pecera de cristal que les separaba de la cabina de control.

- ¿Tienes el bruto? – preguntó.

Shibuya asintió, dejándole escuchar un extracto. Tomó asiento junto a él, entrelazando los dedos de las manos y cerrando los ojos para detectarse a sí mismo posibles fallos.

- Podría grabarme una segunda voz para esa parte. – comentó.
- Sí, también lo había pensado, pero ahora no hay tiempo. Lo tengo aquí apuntado, el viernes dedicaremos la última hora a pulir cosas que no son imprescindibles.

Kôji miró de nuevo el reloj. Su presencia en las dos horas restantes no era necesaria, así que recurriendo a la confianza existente, buscó en la chaqueta del manager lo que andaba persiguiendo.

- Déjame tu coche, tengo un par de cosas que hacer. Te lo devuelvo a la salida.

Katsumi le miró como si fuese a poner en manos de su temerario socio el legado más preciado de la humanidad.

- Hazle el mínimo rasbuyo, y te mato. – le amenazó con sorna, cediendo.
- Lo cuidaré como si fuera mío.
- Por eso te lo digo… - suspiró el universitario, activando el intercomunicador para hacerse oír en el interior de la recámara. – Liam, si ya estás listo, empezamos.

Éste hizo un signo de aprobación con el pulgar, esperando a la señal para iniciar su parte.

En lo que respectaba al cantante, salió en silencio del estudio arrancando el motor del vehículo y poniéndose dirección a Belsize sin más dilación. Una vez estuvo en el exterior del piso, tocó el claxon varias veces hasta que Izumi estuvo en el interior del coche con él.

- ¿No tendrías que estar grabando? Pensé que llegarías mucho más tarde.
- Terminé mi parte por hoy, tenemos dos horas antes de devolver esta preciosidad a su dueño.

Tras ponerse el cinturón de seguridad, Takuto preguntó extrañado.

- ¿Dos horas para qué?

Kôji cruzó el primer semáforo, desviando por unos segundos la atención de la carretera, mirándole a los ojos.

- Me dijiste ayer que estabas pensando en sacarte el permiso. Pues vamos a eso, te voy a enseñar a conducir.

Una gota de sudor frío recorrió la frente del futbolista mientras trataba de disuadirle de sus intenciones.

- N-no, si no hace falta… Ya me apuntaré a una acad…
- De eso nada. Es mejor que sepas llevar un coche y te presentes sólo a los exámenes, te sacan un dineral por nada.

Izumi suspiró, resignado. Confiaba en que su estilo didáctico resultara inversamente proporcional a su amor por los kilómetros indicados en el contador de velocidad.


Como buen novato, la primera vez que Takuto se sentó en el asiento del conductor el nuevo punto de vista le resultó de lo más extraño. Tuvo que acercar el asiento al panel de control, ajustar los espejos y demás para paliar la diferencia de estaturas, así que siguiendo las instrucciones de Kôji, obedeció mientras éste le observaba.

Se encontraban en una inmensa explanada de asfalto cercana a una carretera. Por lo que Dave había dicho, iba a ser los aparcamientos de un centro comercial que finalmente no llegó a construirse.

Con las manos fijas en el volante, Izumi trató de retrasar el temido momento de arrancar el motor.

- ¿Y cómo es que Dave conocía este sitio¿Aprendió a conducir aquí?
- Je, qué va… - le respondió, divertido. – Dice que cuando su hermano le deja la caravana viene a tirarse al ligue de la noche.

Kôji rió ante el gesto de Takuto. Sabía que a éste no le gustaba conocer detalles tan privados de la vida de los demás.

- Te podrías haber ahorrado el comentario.
- Me encanta cuando te pones así… - insistió, poniéndose bien la montura de las gafas.

Acercó el cuerpo hasta el suyo, instándole a mirarse los pies.

- Bien… Tienes tres pedales, el de la derecha es el acelerador, el del centro el freno, y el de la izquierda el embrague. A Shibuya no le gustan los automáticos, dice que se siente como si no tuviera el control total en ellos, así que aprenderás a conducir de verdad.

Izumi asentía con la cabeza, mientras pisaba ligeramente los dos primeros.

- Cuando vayas a cambiar de marcha, tienes que apretar el embrague a fondo, meter la correspondiente, y soltar poco a poco.

Tomó su morena mano derecha, colocándola sobre la palanca de cambios, y posando la suya sobre la misma.

- Ahora aprieta el embrague y no lo sueltes.

Cuando éste hubo hecho lo indicado, fueron cambiando de la primera a la quinta, repitiendo Takuto los movimientos solo.

- Es fácil. – dijo, entusiasmado.
- Claro, parado no tiene demasiada ciencia. Conducir es muy sencillo una vez que le coges el truco. Cuando cambies de marcha, mientras sueltas el embrague tienes que ir apretando el acelerador gradualmente.

Eso ya le pareció más difícil de digerir. El futbolista se hizo un esquema mental, simulando cómo sería la combinación de acciones.

- Ahora pasemos a la práctica. Pon el punto muerto, arranca, quita el freno de mano y mete la primera, a ver si lo sacas.

Izumi sonrió, y se puso a ello. Aferró el volante con fuerza, y dijo los pasos en voz alta mientras los ejecutaba.

- Piso el embrague, pongo punto muerto… - accionó la llave, rugiendo el motor. – Lo pongo en marcha, quito el freno de mano, embrague, meto la primera y…

Los cuerpos de ambos fueron sacudidos con brusquedad hacia delante unos segundos. Kôji volvió a colocarse las gafas, conteniendo la risa.

- Felicidades, ha sido tu primera calada. - ¿Se me ha calado el coche? – preguntó, enfurecido.
- Has soltado demasiado deprisa el embrague.

Realmente estaba adorable cuando se enfadaba. Le miró largo y tendido, hasta que Izumi leadvirtió del nuevo intento.

- A ver, otra vez en marcha… Embrague, meto la primera…
- Y ve soltándolo poco a poco mientras vas apretando el acelerador…- apuntó.

Para desorbitada alegría del conductor, el coche avanzó; a trompicones, pero lo hizo.

- ¡Estoy conduciendo! – dijo, pletórico.
- Acelera un poco y pasas a segunda.

Así hizo, obteniendo éxito, llegando incluso a girar el vehículo imitando la trayectoria de una rotonda.

- Ahora frénalo. Tienes que hacer como con el acelerador: combina el pedal de freno con el embrague, tienen que estar presionados del todo al final.

Tras varios intentos, lo consiguió. Se pasaron unos veinte minutos repitiendo hasta que lo hubo dominado, avanzando en línea recta con muchos metros de llana superficie por delante.

- La prueba de fuego: llega hasta tercera, por ir a 40 por hora no vamos a infringir ninguna ley. – comentó Kôji.
- Vale. – respondió, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.

Aceleró, y el coche fue ganando velocidad, obteniendo del motor el característico sonido que evidenciaba el exceso de revoluciones.

- Cuando oigas eso, es que tienes que cambiar de marcha. Mete tercera.

En dicha marcha, el vehículo iba mucho más suave, incrementándose la sensación de rapidez. Izumi iba tan feliz con sus logros que la emoción le impidió ser consciente del grado en el que se aproximaban los obstáculos.

- Takuto, frena… Nos estamos acercando a la acera.
- ¿Que frene? – le preguntó, mirando hacia los pedales, poniéndose nervioso repentinamente.
- ¡Frena! – insistió, ya con menos calma.
- ¡Pero es qu…!

Kôji, en el último segundo, accionó la palanca del freno de mano, consiguiendo que el coche parara con tosquedad, evitando que quedara encajado sobre el bordillo.

Con el corazón latiendo desbocado y pálido, el conductor le miró compungido.

- Lo siento… - Da igual, a todos nos pasa. Sólo espero que la pintura siga intacta.

El cantante salió, mirando detenidamente la carrocería.

- Hemos tenido suerte. Si no le cuentas nada a Shibuya, esto nunca habrá pasado, porque yo no pienso decírselo. – agregó, regresando a su puesto.

Con el susto, a Izumi se le quitaron todas las ganas de seguir a bordo.

- No te pongas así, es normal al principio…- le susurró, mientras le besaba los pómulos. ¿No quieres seguir conduciendo?

Una sonrisa perversa se dibujó en su fino rostro, pasando los labios a recorrer su cuello con evidentes intenciones.

- Entonces podríamos aprovechar el tiempo que nos queda “a la manera local”…

Takuto le agarró por las manos, interrumpiendo tajantemente.

- Ni lo sueñes… ¡Bastante tengo ya con haber estado a punto de arañarle el coche a Katsumi como para…!

Y calló, pensando en lo violento que sería viajar a bordo de un vehículo ajeno cuyo asiento de atrás había sido escenario de pasajes demasiado tórridos como para ser contados.
- Vamos a seguir, y luego me llevas a casa, tengo que despedirme de los chicos, aún no les he dicho que me han fichado.

Kôji asintió. Aquella no sería la última vez en que le llevaría a conducir a la zona, y se negaba en rotundo a abandonarla sin haber probado antes… “la experiencia”.

(1) Nota: recreación de una experiencia propia… xD Qué duro es aprender a conducir.


Ya era de noche para cuando Takuto llegó a las modestas áreas de entrenamiento amateur. El campeonato había acabado, pero el equipo acordó entrenar aquella semana antes de tomarse mes y medio de vacaciones.

Sentado en una de las gradas esperó a que los demás llegaran. El niño que conociera en el hospital le vio, abandonando el calentamiento para correr a saludarle.

- ¡No te pude felicitar el sábado, había mucha gente! – le dijo con alegría.

El futbolista le pidió que se sentara con él si era posible.

- ¿Te gustó el partido?
- Sí, mucho. – respondió el jovencísimo delantero que tanto le admiraba. – Quiero ser como tú cuando sea mayor.

Takuto no supo qué decir. Había oído aquello antes en boca de Yûgo, lo cuál le llevó a extrañarle súbitamente más de lo habitual.

- Pues entrena duro, y lo conseguirás. Mira, ahí vienen mis compañeros.

Matt, Scott y casi todos los restantes componentes fueron llegando en pequeñas oleadas, saludándole animadamente como de costumbre, y también al invitado que no había regresado con los alevines a petición suya, pues deseaba hacerle partícipe de su comunicado.

Bryan le dio una palmada en el hombro.

- Hey¿por qué no has ido a trabajar ni ayer ni hoy¿Estabas enfermo?
- No, estoy perfectamente. Pero tengo que deciros algo importante.

Con todos aquellos hombres que tanto le habían ayudado a reencontrarse mirándole expectantes, sintió un atisbo de pena, algo que nunca había experimentado antes al cambiar de equipo. Pero como capitán, se enfrentó al trámite con honestidad.

- No sé cómo agradeceros estos meses, ha sido una experiencia estupenda, tenía muchísimas ganas de volver a jugar, posiblemente no habría recobrado la total confianza en mis posibilidades de no haberos conocido.

Los jugadores se miraron extrañados.

- ¿Qué intentas decir¿Qué lo dejas? – preguntó uno.

Asintió.

- Siento no haberlo dicho antes, pero os lo quería decir cuando fuese totalmente oficial… La noche de la final había alguien estudiándome, y me hizo una oferta cuando me estabais esperando para la celebración. No podía rechazarlo, era el sueño de toda mi vida, y el de mi padre.

La pena fue sustituida por orgullo, aquel que le deportaba haber cumplido las ambiciones de su progenitor.

- He fichado por el Chelsea. Estoy en el filial, pero no pararé hasta conseguir entrar en la Premier.

Todos lanzaron una exclamación de asombro y alegría.

- ¡Ya era hora de que alguien en el Chelsea hiciera algo con la cabeza! – comentó Scott.
- ¡A por todas, chaval! No te mereces estar tan limitado aquí, seguro que te irá bien. – apuró otro.

El niño, por su parte, estaba alucinando.

- Yo soy hincha del Arsenal, pero me da igual¡veré todos tus partidos!

Éste sonrió, conmovido por el apoyo recibido.

- Sé que será difícil, pero no quiero que perdamos el contacto.
- Claro que no¿sabes el chollo que es tener a alguien que consiga entradas gratis para el Stamford? – bromeó Bryan.

Así, su pequeña etapa en el equipo de aficionados dio a su fin.

- Somos nosotros los que tenemos que darte las gracias a ti. – dijo Matt. – Nos has enseñado a sentir pasión por esto, la victoria que conseguimos es algo más que un simple trofeo, ha sido un revulsivo para la mayoría de nosotros.

Los demás asintieron, conformes con lo dicho.

- Así que ni se te ocurra a sentir tristeza por dejarnos. – volvieron a bromear.

Izumi se metió la mano en el bolsillo, sacando la banda de capitanía.

- Lo he pensado, y creo que el elegido os llevará por el buen camino.

Miró a su ex – compañero de trabajo, cediéndosela.

- Bryan será un gran capitán, en cuanto su tobillo esté recuperado del todo, claro.
- Acepto el reto. – respondió con una sonrisa el rubio, poniéndosela sobre la camiseta.
- ¿Entrenarás una última vez con nosotros? – preguntó uno de los defensas.

Aunque le hubiese gustado, el japonés tuvo que rechazar la oferta.

- No puedo, tengo prohibido cualquier esfuerzo físico deportivo fuera de la actividad del club, por el riesgo a lesionarme.
- Claro, es lógico… Al menos espera y vamos a tomar algo.

Sonrió ante la evidente afición inglesa a los pubs.

- Lo siento, he de madrugar. Estamos preparando la pre-temporada, me marcho a Liverpool el viernes a primera hora. - ¡No le deis más la lata y empecemos a corred! – indicó Bryan, ejerciendo de nuevo capitán.

Los últimos comentarios y deseos de buena suerte fueron dados, así como la esperanza de volver a verse todos pronto.

- ¡Tú a por todas! – gritó Scott ya en pleno trote, alejándose hasta el centro del campo.
- ¡Y dale recuerdos a Kôji¡El otro día escuché su canción por la radio! – añadió otro.

Finalmente, Bryan le estrechó la mano con sinceridad. Era un buen tipo, le extrañaría.

- Gracias por todo. Para lo que sea, ya sabes donde estamos. ¿Has hablado con el jefe para decirle que no vas a volver?
- Le llamaré en cuanto llegue a casa, con tanto ajetreo no he podido.
- Claro… Bueno, cuídate. – concluyó el inglés, dejando suspensa en el aire su espontaneidad y extrovertismo.

Cuando todos, inclusive el niño, se hubieron marchado a seguir con lo suyo, Izumi se dijo que era el transcurso natural de las cosas. Ellos volverían a su mundo cotidiano, mientras que él debía regresar al suyo. Pero aunque las cosas cambiaran radicalmente, era hombre de palabra, y trataría de mantener al mínimo la distancia aunque supusiera más complicaciones de las primeramente esperadas.


El contador del taxi avanzaba, pero sus dígitos rojos no era lo que le preocupaba, sino la hora indicada unos centímetros a la derecha.

- ¿Podría ir un poco más deprisa? – preguntó Izumi nervioso al comprobar que iba a llegar con el tiempo justo.
- Tranquilo, no se puede evitar que haya tráfico. – le dijo Kôji, el cuál iba sentado a su lado.

Le habían citado temprano para después de tener una reunión técnica poner camino hacia el aeropuerto con el autobús del club, y así afrontar la primera salida de la temporada.

Cuando finalmente el estadio estuvo a la vista, le indicó al taxista que aparcara por una zona reservada a miembros del club.

- ¿Lo pagas tú después? – consultó Takuto mientras sacaba su bolsa de viaje, viendo que otros de sus compañeros ya habían llegado.
- Sí, hemos alquilado unas cuantas horas más el estudio, tengo que ir allá y aprovechar el último día. Sesión intensiva.

Kôji le miró. No se habían separado por espacio de más de diez horas desde que abandonaran Japón, y aunque sabía que no le quedaba más remedio que acostumbrarse, dado que las concentraciones eran obligatorias cada vez que había un partido fuera de casa, no quería que se marchara. Pero hizo acopio de voluntad para sobrepasar lo que le dictaba el instinto.

- Ten cuidado. Te llamaré esta noche.
- Pero si estaré en Londres de nuevo el domingo por la tarde… - respondió Izumi ante el gesto del cantante. – Todo irá bien, me muero de ganas por empezar a jugar en serio.
- Vamos, te están esperando.

Se miraron unos segundos a los ojos ante la impaciencia del taxista.

- Te quiero. – le dijo al oído mientras le abrazaba.

Habían pactado no dar más evidencias de su relación hasta que Izumi se asentara entre sus compañeros, por lo que aunque se moría de ganas por besarle, hubo de contenerse.

Takuto sonrió a modo de respuesta. Se echó al hombro el equipaje, despidiéndole ya a lo lejos con la mano y acudiendo al encuentro de los demás miembros del filial.

El vocalista se metió de nuevo en el coche, indicándole al conductor la dirección exacta del local de ensayo.

Apoyado en el cristal, Kôji pensó el infierno que habían supuesto las ausencias de Izumi durante su época de profesional en Japón. Debía afrontarlas con trabajo, y tratar de pulir sus crisis de desmotivación con tal no pensar más en él de lo que ya hacía. A regañadientes, pagó el elevado importe fruto de las distancias entre Belsize, Fulham Road y Portobello, sumado ello a los atascos. Divisó a varios metros la destartalada furgoneta de Liam, así como a su dueño y demás componentes de Angelous esperando en las escaleras del edificio.

El recién llegado les saludó, encendiendo un cigarrillo. Fumar le ayudaba, entre otras cosas, a distraerse.

- ¿Ya se ha ido Takuto? – preguntó Chris.
- Sí, cogen el avión a las 12.

Dio una profunda calada apoyándose en la barandilla de dicha escalera. Brett, tras consultar la hora, parecía extrañado.

- Qué raro, Katsumi siempre llega antes de tiempo.
- El tráfico está fatal, puede que esté en un embotellamiento. – añadió el japonés sin darle mayor importancia.

Mientras el conjunto musical aguardaba al manager, básicamente porque éste tenía las llaves del estudio, en el ala opuesta de la ciudad Shibuya salía con prisas de su apartamento.

Era una zona muy tranquila, lo cuál reforzaba la comodidad del piso que había alquilado y en el que vivía sin más contratiempos. Asegurándose mentalmente de que no se había olvidado nada, sacó las llaves de su coche, encaminándose a la calle trasera donde había aparcado la noche anterior.

El joven estudiante y representante por partida doble ignoraba que desde una esquina le observaban. Tres hombres ataviados con trajes negros y gafas de sol a juego analizaban la situación, encontrando el instante idóneo para poner en marcha las órdenes que había recibido.

- Ahora. – indicó el cabecilla.

El lujoso BMW de cristales ahumados arrancó a toda velocidad. Para cuando Katsumi reparó en el estruendo causado a sus espaldas, alguien le asió con brusquedad, poniéndole un paño de lino impregnado en un potente somnífero sobre las fosas nasales.

Trató de ofrecer resistencia, pero el tipo que le había apresado era mucho más corpulento que él. Asimismo, sus intentos de pedir ayuda fueron paliados por la droga, la cuál le sumió instantáneamente en un estado de inconsciencia temporal.

Sin testigos oculares que dieran fe de lo sucedido, los tres sujetos le metieron a bordo del vehículo y se marcharon de allí. Por algo el importe a pagar a cambio de sus servicios era tan notorio, la discreción y la eficacia estaba garantizada a cambio de los correspondientes honoríferos; además, las indicaciones en aquel trabajo eran claras, concisas y sencillas.

Cumpliendo con lo indicado, una hora después atravesaron Portobello, dando con la ubicación acordada.

Allí los músicos esperaban presa del aburrimiento y la preocupación. Kôji volvió a llamar a Shibuya desde el móvil que había adquirido pocos días antes, obteniendo la contestación del buzón de voz por quinta vez. No lo expresó, pero un presentimiento de fatalidad se apoderó de él.

Dave reparó en el carísimo coche que se acercaba a ellos, pero hasta que la trayectoria de éste no fue lo que se decía peligrosa, no se pronunció.

- ¡Viene hacia aquí¡Nos va a atropellar!

Los demás reaccionaron subiendo varios escalones; el vehículo no se empotró contra el portal, sino que fue manejado con destreza, parando paralelamente ante ellos.

La puerta del mismo se abrió, y un matón de rostro cubierto por un pasamontañas tiró a volandas sobre el suelo el cuerpo de una persona. Demasiado impactados para reaccionar y mirar la matrícula, los componentes de Angelous comprobaron con horror la identidad de la víctima.

- ¡Joder, es Katsumi! – gritó Dave, acercándose hasta el mismo para comprobar cómo estaba.

Aunque tenía pulso, no estaba en sí, presentando evidentes muestras de haber recibido golpes de consideración.

Mientras Chris miraba al horizonte divisando cómo el BMW desaparecía, Kôji sintió cómo la furia le indavía. Reconocía aquel olor penetrante a narcótico que Shibuya despedía: era el mismo que impregnaba la ropa de Takuto la noche en que le raptaron para chantajearle y hacerle regresar a casa, ejerciendo como heredero del dôjo de la familia; y el mismo que perfumaba fatalmente su cuerpo la noche en que le violaron.

Era la sustancia que Hirose empleaba para drogar a los que se interponían en sus ambiciones por hacerle la vida imposible a él y cuantos le rodeaban.

- Liam, dame las llaves. Subidle a la furgoneta.
- Hay que llevarle a un hospital. – afirmó alarmado el dueño, mientras ayudaba a cargar el peso del menudo cuerpo del productor.

Mientras conducía con toda la celeridad posible camino de la clínica donde esperaba encontrar a Foster, el cantante se maldijo por no haber acabado con todo aquello de raíz a golpe de katana cuando tuvo ocasión. Estando en prisión creyó que no podría llegar a odiar más a su hermanastro… pero esa mañana supo que sus estimaciones eran erróneas.


Katsumi abrió los ojos. Le dolía hasta el último de sus músculos, y la cabeza estaba a punto de estallarle. Tardó un tiempo en acostubrarse a la claridad y focalizar la figura de William sentado a su lado, con la bata blanca a juego con el resto de la habitación donde le habían ingresado.

- ¿Cómo te encuentras? – le preguntó el británico, esperando una respuesta que evidenciara la respuesta cerebral, dado que era obvio el que no debía estar en su mejor momento.

Entonces, el joven reparó en lo que había ocurrido. Aún estaba aturdido por los efectos de la sustancia inhalada, pero los recuerdos acudían a caóticos borbotones a su mente.

- Bien… Estoy bien… - dijo, menospreciando sus propias desgracias, como siempre.

Tenía en mente las figuras ostentosas de aquellos hombres. Cuando recobró el sentido, se encontraba en un descampado, en donde le rodearon y le golpearon en el estómago, brazos y piernas hasta que cayó al suelo, incapaz de volver a incorporarse. Por la precisión con la que le habían atacado, evitando delatores marcas en el rostro, terminaron de dejar claro que eran profesionales.

- Por fortuna no tienes ningún hueso roto, pero debes estar en observación al menos veinticuatro horas para descartar hemorragias internas. Descansa, le diré a tus amigos que has despertado. – agregó el doctor ya en pie.

Shibuya asintió. Supuso que se refería al grupo, aunque no estaba seguro. Trató de combatir con calma las punzadas de dolor que le recorría, pues no podían administrarle calmantes por los peligros de la combinación con la droga que aún le corría por las venas.

En el pasillo, los cinco músicos se levantaron de sus respectivos asientos al oír cómo la puerta de la habitación se abría.

- ¿Está grave? – pregunto Liam, mirando a los ojos azules de Foster.

Todos, a excepción de Kôji, le rodearon. El japonés se limitó a seguir en su posición frente al ventanal con vistas al campo de fútbol.

- Está fuera de peligro, pero ha recibido golpes muy fuertes. Le podremos dar el alta el lunes si no hay más contratiempos. No le quedarán más secuelas que algunos hematomas, lo peor son las psicológicas. – respondió con un deje de tristeza por ver la agresión sufrida por su amigo japonés.

El Doctor sacó de su bata un pedazo de papel, acercándose hasta el paciente al que había implantado una de las prótesis de última generación en las que estaba especializado.

- Esto estaba en sus ropas. Creo que deberías echarle un vistazo, lamentablemente no entiendo tu idioma.

El vocalista así hizo, leyendo los kanjis grabados sobre el papel.

Siento que hayas decidido establecerte en el otro bando, era agradable hacer negocios contigo. Medita si te conviene que seamos enemigos, y pregúntale a mi hermanito si le ha gustado la inversión que hice con mi “jodido dinero”.

No pudo retener por más la explosión de ira. Con el rostro totalmente contraído, Kôji arrugó la nota en su puño derecho, lanzando un golpe descomunal hacia el cristal de la ventana, rompiendo ésta en cientos de pequeños pedazos que se desperdigaron por todo el suelo.

Dave trató de calmarle, recibiendo un soberano empujón en el pecho que acabó por derribarle. Antes de que sus restantes compañeros trataran de aplacarle, se marchó por el pasillo, dejando un reguero de gotas de sangre debido a los cristales que se le habían clavado en los nudillos.

Liam hizo acopio de ir tras él, pero Foster se lo impidió.

- Dejadle a solas. Id a ver a Katsumi, necesita distracción.

Los músicos ayudaron al batería a levantarse, y éste, algo desconcertado por lo ocurrido, les acompañó mientras el médico iba en busca del equipo de limpieza para que recogieran el desastre.

Encontraron a Shibuya tendido en la cama inmaculada, con una vía en el brazo por la que le era suministrado suero fisiológico, y una sonrisa radiante que no evidenciaba lo penoso de su situación.

- Estamos conmocionados con lo ocurrido, no entendemos qué ha pasado. – dijo Chris en voz bajas entándose a su lado.

El aplomo en los demás no era menor, así que el manager hizo lo que mejor se le daba: dar ánimos.

- Sabía que podría pasar algo así, chicos… No le deis mayor importancia, a partir de hoy tendré que tomarme más en serio nuestra seguridad. - Voy a llamar a la policía. – afirmó Liam.
- No. Esto no debe pasar a mayores. – interrumpió tajantemente Shibuya. – Ya sabéis lo bastante sobre nosotros como para suponer quién está detrás de todo esto.

Los miembros se miraron entre ellos. Cuando el cantante les había hablado del tal Hirose habían quedado horrorizados por lo descrito, pero nunca habían imaginado que la realidad les alcanzaría tan de lleno. Por su parte, Katsumi reparó en la notoria ausencia en la dependencia.
- ¿Y Kôji?

Se formó el silencio, roto por Brett.

- Voy a buscarle.
- ¿Estás seguro? – inquirió Dave.

El guitarrista asintió. Les dejó en el cuarto privado, siguiendo el rastro que aún no había sido limpiado del brillante mármol del suelo, dando con él en la terraza que situada al final de la planta permitía respirar aire puro a los internos y sus acompañantes.

Se situó junto a él, observándole. Tenía la mirada, dura y ausente, fija en el vacío. Aunque le conocía desde hacía más bien poco, el joven británico le apreciaba por algo más que su talento musical; le parecía una persona extraordinariamente compleja, y estaba harto de verle cercarse frente a los demás, por lo que con todas sus agallas arremetió.

- Katsumi ha preguntado por ti.

Él no le respondió, haciendo que Brett dejara salir la crispación que guardaba a presión en el pecho.

- ¿Por qué siempre te cierras en banda¡No estás solo en esto, somos tus colegas, tío, vamos a superarlo juntos!

El japonés, con los ojos inyectados en furia, le cogió por el cuello de la chaqueta, elevándole unos centímetros del suelo.

- Qué cojones sabrás tú de mí y de lo que puedes hacer o no hacer. – le gritó - Por mi culpa Katsumi ha sufrido, como Takuto antes. Siempre acaban pagando por mí.

Respiró agitadamente, soltándole con la misma brusquedad con la que le había tomado. Brett, lejos de empequeñecerse, le plantó cara con parsimonia y entereza.

- Precisamente por eso tienes que empezar a compartirlo con los demás. Debes estar al límite con esa carga, Kôji.

Le miró a los ojos, tal y como se haría con una bestia fuera de control.

- Nosotros no os vamos a dar de lado si las cosas se ponen feas.
- Eres gilipollas. ¿Es que no ves que los siguientes seréis vosotros? – respondió el cantante a pleno pulmón.

El chico se rasgó la camiseta, utilizando las tiras conseguidas para vendarle la mano sangrante tras retirar con los dedos los cristales aún incrustados.

- No me da miedo, no pienso dejarme dirimir por nadie en la consecución de lo que quiero.
Las palabras no surtieron efecto en él, pero sí el ver cómo le curaba las heridas, o al menos les ponía un primer remedio. Estaba desesperado, y a la subida en la crispación le siguió el aplomo del descenso sin control.

- No debí hacerlo… - se dijo a sí mismo.

El inglés no quiso saber a qué se refería, limitándose a pasarle un brazo por los hombros y dirigiéndole hasta donde los demás aguardaban. Como en un acuerdo inconsciente, nadie, ni quiera los encargados de borrar las huellas de lo ocurrido, volvió a mencionar aquel incidente una vez abonada la factura por el desperfecto en el ventanal.


Pase lo que pase, lo dejo todo en manos del azar,
haciéndole frente al dolor y al desengaño.
Seguimos en lo mismo¿realmente sabe alguien para qué vivimos?
Supongo que estoy aprendiendo, no puedo desistir ahora,
pronto habré salido airoso de todo esto.
Por fuera aparento estar rompiéndome,
pero por dentro, en mi oscuridad, sigo pujando por ser libre.
El espectáculo debe continuar, el espectáculo debe continuar.
Se me rompe el corazón, y puede que mi maquillaje se estropee,
pero mi sonrisa permanecerá inalterable.

Queen, “The show must go on”
D.E.P Freddie

Katsumi y Kôji quedaron a solas en la habitación. Ya había anochecido, consiguiendo ambos japoneses con dosis extra de insistencia el que los demás se marcharan a casa.

Mientras el convaleciente seguía sentado en su cama, ya algo más calmado de los golpes recibidos, el cantante seguía sin hablarle. Acabó por acercarse a él, sentándose en una silla cercana.

- Lo siento, Shibuya. Si no te hubiera pedido que fueses nuestro manager esto no habría ocurrido. – dijo al fin, apenado.

Él negó con la cabeza.

- No digas eso. He estado contigo desde el comienzo, he vivido cada etapa de los últimos ocho años, sabía perfectamente en qué me estaba metiendo cuando me vine aquí.

Kôji le sostuvo la mirada, preguntándose cómo lo hacía para siempre estar tan sereno. Sólo le había visto fuera de sí en una ocasión, cuando se encontraron en el cementerio tras haber dejado a Takuto. Aunque nunca llegara a decírselo, pues iba en contra de sus principios, apreciaba a Katsumi como el hermano que en realidad nunca había tenido.
- Pero me jode que hayas tenido que pasar por esto.
- Míralo por el otro lado, ahora soy oficialmente persona non grata del clan Nanjô, es de lo más emocionante. – rió.

Shibuya dejó que su innato buen humor se tornara más reflexivo, adoptando el papel de guía que para con Kôji siempre había representado.

- La vida no es más que un escenario en el que nos encontramos con diferentes actores, telones y la necesidad de improvisar en cada función. Aunque todo se ponga en contra, hay que seguir adelante. Nunca olvides esta máxima: el espectáculo debe continuar.

Tomó aire lentamente, combatiendo los pinchazos que le ardían por todo el vientre.

- Y la mejor manera de hacerle frente a Hirose es dándolo todo, siendo los mejores, tanto Taku como tú. Soy demasiado cabezota, un par de gorilas no van a echar por banda todo lo que he construido de la nada, seguís siendo mi mejor obra. – bromeó, haciendo que desapareciera esa expresión tan seria de su rostro.

Kôji bajó la mirada unos segundos, dando la conversación por zanjada.

- ¿Quieres que llame a tu padre? – le preguntó.
- No. Bastante mal lo está pasando con la enfermedad de mi madrastra como para preocuparle aún más. Estaré bien, porque me vas a cuidar toda la noche.

El cantante arqueó las cejas, no había sopesado esa posibilidad.

- ¿No me vas a dejar solito, verdad? – preguntó Shibuya, con ojillos de pena.

Resignado a pasar la velada en el sofá, su compañero de batallas sacó el móvil del abrigo con la intención de salir al pasillo a llamar y de paso disculparse ante William por lo ocurrido.

- ¿Entonces te quedarás a mullirme la almohada y mimarme? – quiso saber el herido, con una aureola de felicidad flotando a su alrededor.
- Que te follen, Shibuya. – sentenció.
- Vale, pero sólo si eres tú el que lo hace.

Intercambiaron una cómplice mirada. En ellos, cuanto más malsonante fuese la palabra empleada, más dotada de significado positivo estaba.

Kôji esperó los tonos de la llamada hasta que al fin ésta fue atendida. Muchos kilómetros al norte de Londres, Takuto respondió desde el hotel donde estaba alojado.

- Sabía que eras tú. – dijo el futbolista, feliz por estrenar aquel pequeño teléfono con su voz.
- ¿Cómo estás¿Llegaste bien a Liverpool?
- Sí, entrenamos por la tarde y ahora estamos descansando. Mi compañero de habitación está en la ducha, yo entraré cuando salga él.
- Me alegro.

Izumi intuyó por el tono con el que le hablaba que había ocurrido algo.

- ¿Qué te pasa?- preguntó con un tacto que sólo él poseía.
- Estoy en el hospital de los Foster.

Alarmado, Takuto se levantó sobresaltado de la cama de un salto.

- ¿Qué ha ocurrido¿Has tenido un accidente?
- No, no soy yo. Es Shibuya. Unos matones contratados por Hirose le han dado una paliza.

El otro jugador del filial, un simpático búlgaro que ejercía de central, se interesó por saber qué le pasaba a su compañero, en vistas a la expresión horrorizada de sus oscuros y profundos iris. Izumi le agradeció en silencio, diciéndole por gestos que no pasaba nada.

- Qué cabrón… - respondió, afectado. - ¿Cómo está?
- Dentro de lo que cabe no fueron muy bruscos. Voy a pasar la noche aquí, le van a tener en observación para descartar daños más serios.
- ¿Quieres que vaya para allá?
- No. Yo me ocupo de esto. Tú juega, y gánate la confianza del entrenador.

Takuto suspiró, deseando que algún día la pesadilla del acoso y la persecución en la que vivían pudiese concluir.

- Mañana te llamo yo, y hablo con él de paso. ¿No habéis grabado nada entonces?
- Fue poco después de que te marcharas, llevamos todo el día aquí. – dijo, mostrando el cansancio acumulado. – Tenemos que hablar seriamente de todo esto, ya no me fío ni de mi propia sombra.
- No pienses en eso ahora, ya lo haremos cuando esté ahí el domingo. Vete con Katsumi, que seguro que te necesita más que yo ahora.

Kôji miró el pasillo desierto y de nuevo resplandeciente. Sintió unas ganas terribles de tenerle a su lado.

- Te echo de menos. - Y yo a ti. – contestó, cuestionándose si su compañero de concentración le preguntaría en los próximos minutos si todo iba bien “con la novia.
- Buenas noches.

Tras haberle deseado Takuto lo mismo, el vocalista hizo de tripas corazón y fue en caza y captura de algo con lo que llenarse el estómago. Quince minutos después regresó con provisiones y las disculpas aceptadas de Foster bajo el brazo.

- Uy, Kôji, me vienes de fábula… Enciéndeme la tele, que no puedo alcanzar el mando. – pidió Katsumi, risueño.

Éste accionó el consabido botón, buscando lo más digerible que se estuviese emitiendo en aquellos momentos, acabando por poner una de esas películas de acción americanas repletas de explosiones.

- Toma. – le dijo, tendiéndole una lata de cola.
- Tendré que pedirle a Taku que te ceda de vez en cuando, me gusta que me cuides. – comentó para chincharle.

Mientras veían la película entre petición y petición que fue cumplida sin protesta alguna por el sentimiento de culpabilidad, en Tokio al artífice de la operación le era comunicado el éxito de la misma.

Lo que de seguro sus tres adversarios no sabían… era que tenía otros muchos ases ocultos en la manga.