"Forward"
Basado en Zetzuai / Bronze
By Shakka
Capítulo 22:
Il bacio Della Morte
Matt, Bryan y Scott se pusieron en pie mientras todo el Stamford Bridge estallaba en una cólera silenciosa al ser encajado el segundo tanto en las redes del Chelsea. El árbitro pitó el final del partido, y el equipo local tuvo que asimilar la obtención nuevamente de cero puntos en la Premier League, descendiendo al tercer puesto de la clasificación en la puja por la liga.
El delantero amateur, todavía dependiente en la vieja tienda de reparaciones, miró desde su posición en el estadio a Izumi. Pese a que éste había marcado el tanto del empate, ni toda su lucha había servido para derrotar a las filas del Newcastle.
- ¿Qué hacemos, tratamos de verle en la salida? – preguntó.
- No, será mejor dejarle solo. Alguien tan competitivo como él no debe
llevar demasiado bien las derrotas. – respondió el portero.
Matt asintió; aunque opinaba que había que dar apoyo no sólo en los buenos momentos, Scott tenía razón. Ya tratarían de pasar un rato con su amigo cuando se disputase el próximo encuentro en Londres.
Y mientras sus antiguos compañeros se sumaban al desfile de espectadores que abandonaban en masa el edificio, Takuto acudió a los vestuarios junto al resto de la plantilla. Su rostro expresaba a la perfección la frustración general, añadido al que se tomase aquel resultado como algo personal, olvidando que la forma en que un partido se desarrolla es cosa de once, no de uno.
Mayers les hizo sentarse en los alargados bancos de madera, aguardando hasta que todos sus jugadores se encontraban mirando al suelo con abatimiento.
- ¿Qué clase de actitud es esta? – expuso con energía. – Hemos vuelto a fallar en las situaciones que tantas veces se han analizado en los entrenamientos, y no hemos sabido frenar su ataque. Acaban de comunicarme que el United ha ganado y ya nos saca siete puntos de ventaja.
El preparador entrelazó las manos tras la espalda, caminando de un lado a otro rumiando un cúmulo de palabras dirigidas a si mismo. Había esperado que aquel momento no se produjera, mas ya estaban en la segunda mitad de la temporada y debían fijar prioridades.
- Así están las cosas, caballeros… El club necesita saldar todas las deudas económicas contraías en anteriores años. Somos el único equipo inglés que sigue en la Champions, por lo que nuestros rivales están destinando todo su potencial a la competición nacional. Tendremos que hacer nosotros lo mismo en Europa.
El japonés apretó los puños, sin conseguir aguantarse por más.
- ¿Quiere decir que vamos a renunciar tan pronto a la liga, entrenador?
Adam le miró. Izumi era, como siempre, la única figura de su plantel a la que no podía exigir más, pues se entregaba al cien por cien en cada disputa. Sin embargo no quería tener un trato especial con él.
- Esto no es sólo un equipo futbolístico, el Chelsea es una institución. Comprendo lo que sientes, como máximo responsable de los resultados soy yo el más afectado, pero hay que pensar fríamente y apostar fuerte. Las arcas del club se verán incrementadas si llegamos a la final de la Champions, no digamos ya si ganáramos.
A medida que el discurso proseguía, los demás presentes fueron centrando toda su atención en el canoso británico.
- Si me dan a elegir, elijo la victoria en ambas competiciones, pero estamos disputando muchos partidos, prácticamente la mitad de vosotros sois internacionales con vuestras selecciones. Es ahora cuando el desgaste físico se empieza a acusar. Así que como entrenador, esta es mi siguiente indicación: lo quiero todo de vosotros, vamos a arrasar en los siguientes encuentros, pero nos centraremos en la Liga de Campeones. Y no me sirven empates o derrotas.
Greg, el capitán, tomo el turno de palabra.
- Así será, entrenador.
Los demás, al unísono, respondieron con igual convencimiento. Tras haber insuflado ánimos en la baja moral colectiva, Mayers rompió filas.
- Mañana por la tarde os quiero aquí para visualizar las cintas de nuestro próximo rival, es como una fortaleza infranqueable, pero hasta la más sólida de las murallas puede romperse con una buena estrategia.
Los jóvenes asintieron, dirigiéndose a las duchas. Takuto se metió bajo el agua luchando contra aquel sentimiento que tanto detestaba. Sin embargo era capaz de motivarse hasta el límite con las derrotas: su enérgica predisposición a solventar los fracasos a base de trabajo le había costado más de un disgusto antaño.
McKenzie pareció percatarse de ello por su semblante serio y su dura mirada fija en los azulejos.
- Es parte del fútbol. Lo más difícil de todo es asimilar que has perdido
como miembro del equipo aunque hayas hecho un buen partido.
- ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? – preguntó a modo de respuesta.
Greg cerró el grifo, tomando su toalla para secarse.
- Porque hace tiempo que aprendí la última lección que tú aún no has captado… El día en que seas capaz de desgranar un resultado en partes equitativas sin someterte a ti mismo a la totalidad de la presión, serás un buen capitán para este equipo.
Takuto sostuvo sus claros iris por espacio de varios segundos mientras paladeaba aquellas frases. Hacer frente a la derrota era, precisamente, lo único que le faltaba para terminar de madurar en su carrera deportiva. Ni las experiencias anteriormente vividas, ni las instrucciones de Mayers o los consejos de sus compañeros habían conseguido servirle de guía para pasar por encima de dicha ofuscación… Mas la declaración directa y confidente de Greg lo había hecho.
Acababa de decirle que, pese a su corta trayectoria en el Chelsea, contaba con él para sucederle.
Se tragó el orgullo, interpretándolo como una cura de humildad. Se vistió y acicaló rápidamente, saliendo de allí tras despedirse de todos y cada uno de sus compañeros. Necesitaba de soledad y tranquilidad para digerir lo transcurrido aquella noche.
Sorteó a algunos aficionados que esperaban a la salida de los jugadores, avanzando con su todoterreno a ritmo moderado hasta que se encontró en la carretera rumbo a casa, y una vez allí suspiró al ser recibido con canino entusiasmo.
- ¿Qué tal estás, grandullón¿Te has aburrido mucho? – le dijo a Titán mientras éste se incorporaba sobre los cuartos traseros, lamiéndole la cara.
Todo seguía vacío, por lo que acudió a llenar el espacio a base de luces encendidas.
- ¿Tienes hambre, chico? Ven, vamos a comer.
En apenas dos días pondría rumbo a Italia con el equipo para disputar la ida de la semifinal de la Champions contra la Lazio de Roma, y tal y como le había prometido Kôji, en esta ocasión podrían pasar más tiempo juntos.
Mientras le abría al perro una lata de carne y se la servía en su plato hondo de llamativo color amarillo, pensó en el vocalista y, fugazmente, en la singular manera que éste tenía de consolarle en noches como aquella.
Agitó bruscamente la cabeza, lo último que necesitaba era abandonarse a pensamientos subidos de tono. Su deseo caía en picado siempre que atravesaba un mal resultado deportivo, por lo que aquel fogonazo se le antojó de lo más extraño… Quizás fuese un indicio de la conciencia semitranquila propuesta por el escocés.
No le apetecía ver la televisión, tan solo tenderse en su cama y dejar la mente en blanco entre la penumbra. Así que acompañó a Titán hasta que hubo devorado el contenido del plato, deseándole las buenas noches tras dejarle en la terraza donde el gran danés tenía su caseta.
Subió los peldaños al piso superior lentamente, despojándose de la ropa y enfundándose una camiseta holgada. Se tiró sobre el colchón y apagó la lamparilla, centrándose en escuchar el sonido de toda la fauna insectívora que poblaba el jardín.
Cerró los ojos buscando la total relajación, y justo cuando estaba a punto de conseguirlo el teléfono inalámbrico sonó con estrépito, dándole un susto tremendo. Se sentó en el borde de la cama con el corazón latiendo desbocado, procediendo a atender la llamada algo desganado.
- ¿Sí?
A miles de kilómetros de allí, y desde la lujosa suite de hotel en la que estaba alojado, Kôji se identificó mientras se introducía en el baño caliente que se había preparado.
- Soy yo.
- ¿Por qué llamas a estas horas? Ya estaba casi dormido, me has desvelado. –
le abroncó.
- Es que quería escucharte… - contestó.
Izumi suspiró, volviendo a tenderse con el aparato en el oído. Pese a todo se alegraba de oírle.
- Hemos perdido.
- Ya lo sé. Pude ver el final del partido.
- ¿Y por ahí como va todo?
- Nos han entregado un disco de platino esta tarde, y de resto
promociones y más promociones, un coñazo. Menos mal que el primer día en
Roma lo tengo casi libre.
Al futbolista le seguía pareciendo raro percibir su voz levemente metalizada. No le gustaba depender de nada ni nadie, y menos de un trasto para poder disfrazar de cercanía aquella evidente distancia.
- Llámame mañana, que necesito descansar y no tengo ganas de hablar.
Kôji sostuvo el móvil en lo alto mientras sumergía la cabeza en el agua, haciendo caso omiso de lo que acababa de oír.
- Mejor, hablar no era precisamente mi intención…
Izumi cruzó el brazo libre sobre el pecho, preparándose para lo que a continuación seguiría. De él esperaba cualquier ocurrencia.
- ¿Entonces qué pretendes¿Tanto te gusta gastar dinero en facturas?
- No sabes lo mucho que te echo de menos… No he podido dejar de pensar en ti
todo el día… Seguro que estás en nuestra cama a oscuras¿verdad?
Asintió con un murmullo.
- Lo que te haría si estuviese en esa cama ahora mismo… - siguió el cantante con un tono que evolucionó de la nostalgia a la provocación.
En Londres, su intercomunicador se quedó pasmado.
- ¿Me llamas para decirme eso? Eres un…
- Te desgarraría la ropa hasta que no quedase nada más que estropease tu
piel, y la cubriría de besos… - siguió.
Izumi se sonrojó levemente.
- Kôji¿qué demonios estás insinuando?
- Anda, pon un poco de tu parte, yo tampoco he hecho esto antes.
- ¿Hacer el qué? – preguntó en alta voz.
- Llevo una semana sin tabaco, necesito matar la dependencia, y mi nivel de
testosterona en sangre es inversamente proporcional al de nicotina.
- ¿Y a mí qué¡No haber vuelto a fumar!
- Se supone que tendrías que ayudarme a superarlo… - siseó, ardiendo de
deseo. – Son muchos días a palo seco, voy a estallar, y apuesto a que tú
también.
- Si tan desesperado estás apáñatelas solito, yo puedo aguantar un par de
días más. – afirmó sin demasiada certeza.
Kôji arremetió tras haber escuchado las palabras que esperaba.
- ¿Y por qué a solas cuando podemos probar… cosas nuevas? Usa la imaginación, el teléfono hará el resto.
Takuto creyó morirse de la vergüenza cuando sus dudas fueron aclaradas tajantemente.
- ¿Me estás sugiriendo que lo hagamos… así?
- ¿Por qué no? Mucha gente lo hace, es otra manera de fidelidad a distancia.
Desde el continente, el líder de Angelous seguía deleitándose al recrear su esbelto y moreno cuerpo, sus mejillas teñidas y sus ojos brillantes cuales diamantes.
- Vamos, será divertido… - insistió.
- Es que… hace tanto tiempo que no me veo en la necesidad que ya ni me
acuerdo de cómo era… - afirmó bajito, en referencia a la última vez que se
había masturbado dado que por su activa vida en pareja no recurría a ello.
- Es como montar en bici o conducir, no se olvida… ¿Y bien?
Pese a que seguía teniendo sus reservas, terminó por acceder. Aunque tratara de negarlo, él también sentía ansias por desahogarse, y mejor aquella manera que en triste e individual episodio.
- De acuerdo… - volvió a suspirar.
Kôji sonrió, dejando que las imágenes volasen por su mente.
- ¿Te acuerdas de cuando lo hicimos por primera vez…? – susurró sensualmente. – El instituto estaba desierto, todos se habían ido, yo estaba recuperando el temario atrasado y tú acababas de terminar de entrenar…
Takuto hizo memoria. Aquel día le comunicaron que le mandarían a Florencia, y tras revelárselo en el aula vacía descubrió hasta dónde era Kôji capaz de llegar con tal de hacer tangible el amor que sentía por él.
-¿No te alegras por mí?
- ¿Alegrarme de que te alejes de mí¡Nunca!
Y pese a todo, años después ahí estaban.
- Claro que me acuerdo… Me hiciste daño, animal. – protestó.
Mas sus quejas no sirvieron demasiado. El cantante se dejó llevar por el don innato que tenía para la prosa, hechizándole como un faquir a la serpiente.
- Te deseaba con todo mi ser, igual que ahora, igual que siempre. Cuando al fin te tuve sobre mi cuerpo y pude sentir el tuyo creí perder el sentido. No dejabas de decirme que parase, pero lo querías tanto como yo… Recuerdo tu calor, el sabor del sudor, la forma en que gemías mientras te arrebataba la pureza…
Desde su dormitorio y sin nadie que le estorbase, Izumi era acariciado a base de nuevos estímulos sonoros. El también revivía dicha tarde en el centro de estudios, el murmullo de la lluvia, la entrega a la húmeda textura desconocida de esa lengua que le recorrió, rompiendo con el silencio de su cicatriz, el dolor al oponerse la estrechez a una invasión ajena, y el mágico momento en el que la sensación de unión eclipsaba a la penuria.
- Te he poseído en mil ocasiones, en cientos de posturas y lugares, pero sigues conservando ese aire asustadizo de entonces… Y eso me vuelve loco. – añadió Kôji mientras su anatomía comenzaba a cambiar de formas.
Izumi también había empezado a excitarse. No podía creer que estuviera haciendo eso, pero aquél que se encontraba al otro lado del teléfono siempre le conducía a superar sus propias fronteras, ahí donde se abandonaba al campo de la lujuria en su compañía, aferrándose a las últimas trabas conservadoras que le quedaban con tal de no aceptar que en el sexo ya era todo un maestro, un experto modelado por y para él.
- Con esa voz de acosador que pones no me cuesta nada deducir cómo me
mirarías ahora mismo. – respondió, deslizando lentamente la mano mientras
dejaba flexionada una pierna.
- Eso es… imagínate a mi lado, sumiso, sin escapatoria… Te robaría el
aliento primero con mis besos, y luego te haría perder el habla.
El cantante, sumergido por completo en aquel recipiente de blanco esmalte, encontró sin dificultad su propia exaltación al oír en el diminuto auricular del celular el primer y tenue gemido.
- Me deslizaría en tu interior, aferrándote por las caderas, acoplándonos el uno en el otro marcando el ritmo… ¿Puedes sentirlo? – continuó, ya iniciada su cadencia.
Takuto, igualmente, había dado el pistoletazo de salida a la suya. Dejó de pensar en el mecánico acto en sí, mezclando el placer que estaba obteniendo con las directrices que recibía, primero esforzándose por hacer una composición virtual de un encuentro auténtico para luego olvidarse de la práctica que estaban realizando, fundiéndose con él al compartir aquella aventura telemática propia de los tiempos modernos que les había tocado vivir.
Kôji suspiraba, improvisando más y más notas con las que matizar el crescendo de aquella melodía compuesta por extasiadas respiraciones. Hacer realidad con el delantero otra de sus tantas fantasías le llevaba a intensificar hasta el límite la capacidad receptiva. Habló y habló soltando cuantas frases candentes se le ocurrían, todas girando alrededor de un mismo propósito. Habiéndose apoderado de la función de orador, el trémulo feedback que recibía valía más que todo el oro del mundo.
Una vez pasados los prolegómenos, apenas les tomó unos cuantos minutos rozar la conclusión. Metió la mitad del rostro en el agua con los párpados caídos y el teléfono firmemente agarrado mientras oía aquellos inconfundibles jadeos con los que Izumi indicaba de forma no intencionada que estaba a punto de llegar al orgasmo.
Y así sucedió. Sin darle tiempo a recordar las tristes noches en las que buscaba autosatisfacción durante la espera del cautiverio, Takuto notó el cálido líquido retenido entre los dedos, convulsionándose su torso mientras se sumía en una profunda calma.
En la austríaca ciudad de Viena, el otro intercomunicador sucumbió al impulso por tanto retenido, pasando el producto de aquella vivencia a formar parte del elixir donde estaba sumergido. Tras unos segundos de silencio, Kôji materializó su total entusiasmo en nuevas palabras, ya con tono de voz habitual.
- ¿Te ha gustado¿A que ha sido estupendo?
- Prefiero el vivo y en directo… - replicó mientras buscaba entre las
sombras un pañuelo de papel.
- Pero no me negarás que para emergencias…
- Eres un caso. – le recriminó con una sonrisa. – Supongo que ya te he
compensado por adelantado antes de que nos veamos.
El cantante sujetó la cadena plateada del tapón de la bañera con el pie, tirando de la misma para que el agua desapareciera.
- No te escaparás tan fácilmente de mí… Soy un vampiro sediento de tu sangre.
Él rió, libre de tensiones.
- Además, el sexo es bueno para los deportistas, incrementa la
concentración y mejora los reflejos. – insistió.
- Qué sí, qué sí… Tú con tal de llevarme al huerto caminarías por encima de
las aguas.
- Sin dudarlo. – afirmó Kôji, también dichoso.
Takuto acabó por encender la luz, comprobando cuando su vista se hubo acostumbrado que eran más de las doce.
- Allá es la una, será mejor que cuelgues ya. – le propuso. – Voy a
dormir de un tirón esta noche.
- Y yo… Soñaré contigo protegiéndome de tanta fan histérica a balonazos.
- Te avisaré cuando llegue a Roma.
- Vale… Qué descanses, me muero por tenerte entre mis brazos.
Izumi frunció las cejas, abrumado por tanto camelo.
- Hasta luego. – apagó el inalámbrico.
Mientras Kôji se quitaba de encima los restos de jabón y demás con una ducha, el futbolista se quedó sentado en su cama otra vez, encontrándola angustiosamente grande para él solo. Así que dio un potente silbido y en cuestión de unos segundos Titán corrió a dormir en la habitación, privilegio que rara vez le era concedido.
- Pero sólo esta noche¿eh? Mañana tendré que lavar las sábanas. – le dijo al can mientras le acariciaba el lomo y éste se enroscaba a sus pies.
Separados por un océano y varios países, ambos conciliaron el sueño bañados por la misma luna, pasando otra página en aquel capítulo de sus vidas que iba a repetirse cuantas veces fuese necesario por sus respectivos compromisos profesionales, siempre bajo la seguridad de haber cultivado la fortaleza necesaria para escribir juntos nuevos párrafos.
(1) Disco de platino: premio honorífico entregado a los artistas que venden en un país más de 100.000 copias.
Shigi miró por la cristalera que separaba el pasillo de la unidad de cuidados intensivos de la habitación, tras haber escuchado lo que el doctor tenía que comunicarle. Desde allí podía ver a Hirose, el cuál seguía sedado y enchufado a varios aparatos que registraban incesantemente su delicado estado de salud.
- Entonces… es grave. – dijo sin encarar al médico.
Este asintió.
- No es un caso tan aislado como parece. Muchos pacientes acumulan estrés y ansiedad durante años, y las consecuencias suelen aparecer juntas en el momento menos esperado. Ello ha contribuido a que la enfermedad se agudice… Por no hablar de la adicción, ha destruido su sistema inmunológico.
Levantó la mirada de su protegido, dirigiéndola al encargado del tratamiento.
- ¿Qué opciones hay?
- Seré franco, señor Kurauchi. Los pulmones no trabajan como debieran, y las
infecciones han afectado a otros órganos vitales. Mi equipo se ha reunido
por espacio de horas para encontrar una salida, y hemos estimado que lo más
apropiado sería trasladarle de inmediato a nuestra delegación en Italia,
donde se cuenta con los sistemas de diálisis más especializados que existen.
- ¿Diálisis? – preguntó, extrañado.
- Sí… El nivel de contaminación de su sangre es alarmante. El término
empleado no es el más apropiado, pues temo que con una simple filtración no
bastará. Lo más adecuado sería sustituirla en la mayor medida de lo posible
por medio de transfusión directa, y someterle a un periodo de total
inactividad para que su organismo regenere el resto. Asimismo, habría que
conseguir anticuerpos de otra persona, y que éstos le sean suministrados. He
ahí donde radica la principal dificultad de esta proposición que le estoy
realizando.
Como responsable legal de Hirose, era al guardaespaldas a quien correspondía tener la última palabra en todo lo concerniente a su persona mientras no se encontrase en facultades. Por ello sintió cómo su moral se rompía en añicos al proseguir el discurso del doctor.
- No podemos arriesgarnos a un rechazo… Lo más adecuado es que el donante sea un familiar directo para evitar incompatibilidades.
Shigi meditó rápidamente.
- Su hermanastra ahora pertenece a una familia coreana de hermética tradición, es imposible que acceda. ¿Podría su hijo?
El médico negó con la cabeza.
- Es menor de edad; además de transgredir la normativa internacional le pondríamos en peligro a él también… ¿No existe nadie más que pudiera ayudarle?
Su moreno rostro se contrajo presa del dolor, resignado a fallar a la confianza que se había depositado en él y a todos los años de violenta lucha interna en el clan. Sin embargo, por encima de todas las represalias había un fin que necesitaba alcanzar fuese cual fuese el precio, aunque tuviese que pasar por encima de las normas impuestas…
Se negaba a perder a Hirose, y menos de esa forma.
- Sí. Haga los preparativos para el desplazamiento esta misma noche, yo me encargaré de contactar con esa persona.
Observó su pálido y ausente gesto una última vez antes de poner rumbo a la mansión de los Nanjo. Hizo un par de llamadas de camino, y tras haber aparcado el imponente vehículo en las afueras de la casa presentó sus respetos al futuro heredero, el cuál dedicaba las primeras horas de la tarde tras las clases a practicar con la espada.
Tatsuomi dejó el arma sobre el suelo del dôjo al escucharle llegar.
- Señorito, su padre va a ser trasladado a Europa. Hasta nuevo aviso permanecerá en el internado donde reside mi hijo, espero que la decisión que he tomado sea de su agrado.
El chico volvió a tomar la espada, haciendo más movimientos verticales incrementando su potencia, desahogando la rabia que sentía.
- Bien… Pero antes de que me lleves ahí, quiero practicar el tiro con arco.
Shigi asintió con la cabeza, desapareciendo unos instantes para cambiarse al uniforme de Budo. Salieron al exterior, justo a la zona del jardín donde muchos años atrás habían sido instaladas dianas para las exhibiciones que los miembros de la familia solían dar ante los jueces de la doctrina.
Se situó a quince metros, y tras tomar una flecha apuntó tensando elegantemente la cuerda del arco. El proyectil cortó el aire, silbante, clavándose con limpieza justo en el centro del panel. Tras ello, tendió con una reverencia el legendario aparato al joven.
Este respiró profundamente, concentrándose. Su nivel en las artes marciales era extraordinario, tenía una capacidad innata que había sabido explotar mucho más allá de lo que su progenitor podía ver. Bajo la soledad del dôjo se había entrenado por espacio de horas y horas con el objetivo de superarle, cultivándose no sólo en lo físico, sino en el enriquecimiento cultural. Muchos habían sido los manuscritos leídos por Tatsuomi a escondidas de los dos adultos con los que convivía.
Cuando la flecha impactó a pocos milímetros de la suya, Shigi tuvo un presentimiento. Le había entrenado a lo largo de aquellas semanas, y sabía que ese chico distaba de las expectativas, rebasándolas.
Conocía demasiado bien los entresijos de los Nanjo y su despiadada metodología para seguir considerándole sólo como un niño que hacía todo aquello que le ordenaban.
Le trató como lo que era: el siguiente eslabón, aquel al que su propio hijo estaba destinado a servir. Un heredero que pronto tomaría las riendas del legado.
- Usted va a hacerlo¿verdad? – le preguntó sobriamente, en referencia al
código de honor que había permanecido enterrado en la familia por espacio de
varias generaciones, convencido de que Tatsuomi lo había estudiado en el
anonimato.
- Sí. – respondió el adolescente, lanzando otra fecha que partió en dos la
que Shigi había clavado. – Y por eso espero que comprendas que permaneceré
con Hotsuma a partir de ahora, no aceptaré que nos volváis a separar.
En silencio ejecutaron las diversas técnicas en las que Shigi era maestro, incluido el lanzamiento en movimiento. A punto ya de ocultarse el sol, y tras haber llevado consigo unas pocas pertenencias, el guardaespaldas se despidió del director del internado dejándole al cargo del nuevo alumno, agradeciendo las molestias por una incorporación a mitad del curso en el prestigioso y disciplinario centro.
La noche cayó en Tokio. Mientras Kurauchi se embarcaba en un vuelo privado rumbo a Roma sin soltar la mano inconsciente de Hirose, el único hijo de éste último dejaba caer su maleta tras cerrar la puerta de la habitación que le habían designado.
Hotsuma se levantó del escritorio donde estaba estudiando, sin dar crédito. Hacía prácticamente cuatro años que no se veían, ambos estaban cambiados no sólo por las inevitables efectos de la pubertad, sino por la soledad y el deseo de forjar de una vez, y por sus propios medios, el camino en común que les llevaría toda la vida recorrer.
- Ha llegado la hora. – le dijo Tatsuomi, eclipsándole con el fulgor de sus hermosísimos y brillantes ojos. – Júrame que me serás leal por siempre, o suicídate ahora mismo.
El guarda en ciernes tomó un afilado abrecartas de un cajón. Sin pensarlo se abrió una brecha en la palma de la mano derecha, tendiéndoselo con la contraria a su protegido.
- Nada puede romper un pacto de sangre. – respondió.
El joven Nanjo replicó con igual gesto y ambos unieron las heridas.
Tenían mucho de lo que hablar, mucho que trazar… Y mucho tiempo que aguardar con sigilo a que la ocasión idónea se presentarse.
Izumi ajustaba la hora en el reloj de muñeca que sus hermanos le habían regalado en su