Esta historia es una fracción de la enorme tragedia que vive la familia Nanjo.
Hirose, el mayor, uno de los más odiados, pero tal vez, uno de los que más ha amado dentro de esa historia, aunque su amor no sea comprendido del todo.

No tengo idea si Minami Ozaki desarrolló algún doujinshi completo acerca de lo ocurrido al mayor de los hermanos en su estadía en los Estados Unidos. Dentro del manga sólo hay alguna leve referencia. Y lo peor del caso es que no recuerdo en qué tomo.

Bueno, tomando eso como parte crucial del comportamiento futuro, desarrollo un pequeño ensayo, una pequeña historia acerca de Hirose Nanjo, de Shigi Kurauchi, y la terrible experiencia que lo orilló a ser un destrozado victimario de sus propios hermanos.

V.K.

Como siempre, los personajes de Zetsuai-Bronze no me pertenecen.
Son entera propiedad de Minami Ozaki.
Sólo los he tomado prestados por unos momentos.



"Hirose"
Basado en Zetsuai/Bronze
By Van Ktausser


- Hirose

Siempre creyó que la idea de su padre de enviarlo a estudiar una maestría como ecónomo en una prestigiosa universidad estadounidense era un error. Pero era indiscutible la palabra de autoridad del patriarca Ryuichiro Nanjo. No había nada ni nadie por encima de ella.
Ni siquiera el recuerdo de su madre, mujer devota y entregada, pero muerta.
Ni siquiera sus hijas, que podía decirse que eran su adoración.
Nadie se atrevía a contradecir esa palabra de autoridad.
Bueno, casi nadie. Sólo Koji, el menor de los hijos Nanjo. Pero eso era muy aparte.

Shigi Kurauchi lo había acompañado como su asistente personal, su administrador y en cierta forma, como una especie de sirviente devoto.
Y no había sido fácil, ya que primero tuvo que convencer al padre de Hirose, insistiendo en que el joven Nanjo no podría atender sus estudios al cien por ciento si tenía que ocuparse de sus necesidades mínimas, tales como sus alimentos, la manutención del departamento en donde estaría el tiempo que durara su estancia de estudios, o incluso si debía presentarse a los bancos o casas de inversión para efectuar retiros o aprobar y firmar documentos.
Él se había ofrecido gustosamente para evitar que Hirose se preocupara por eso.

Por otra parte, Nueva York no era una ciudad confiable, mucho menos segura para un inexperto extranjero. Así que cumpliría también no sólo con la función de ser guardaespaldas personal del muchacho, sino su propia fantasía de toda una etapa de su vida, desde que iniciara su labor como hombre de confianza del patriarca Nanjo y conociera a su primogénito. Una fantasía en la que ambos permanecían juntos, uno al lado del otro, aun sin importar que sólo fuera una simbiótica y totalmente utópica relación.
Curiosamente, su devoción había cambiado totalmente de ser un fiel trabajador de Ryuichi Nanjo, a un devoto servidor de Hirose.

Al principio se había sentido algo ridículo, puesto que él era un joven ya definido, con una vida determinada; y el pensar que recibiría órdenes de un niño lo incomodaba demasiado. Pero eso dejó de ser incómodo mientras observaba el crecimiento del primogénito; de ser un niño totalmente complaciente con su padre, pasando por la etapa de púber, en la cual había reprimido su natural rebeldía por agradar a su progenitor, hasta esa última etapa en la que se encontraban, de ser un joven totalmente moldeado como una réplica de su padre, destinado a ser un líder empresarial que debía mostrarse seguro de su apellido, su linaje y autoridad. Y la forma en que sobreprotegía a su hermano Akihito, como si su vida dependiera de ello, lo obligaba a sentir una especial admiración por ese muchacho.

Pero también conocía un poco del lado oscuro de la historia.
Hirose odiaba esas responsabilidades. Odiaba la figura que se había visto obligado a ser. Odiaba esa presión a la que estaba sometido de ser esa réplica perfecta (incluso aun más perfecta que su original) que su padre deseaba.
Lo odiaba.
Y por alguna razón extraña, había volcado esos odios en la persona de su hermano menor, Koji. Tal vez porque toda su vida había deseado ser como él, rebelde, libre de todo lazo de autoridad represiva, aunque eso le costara terribles palizas…

Si.

Kurauchi sabía eso.

Y por ese motivo también él odiaba a Koji Nanjo.
Pero eso era muy aparte en esos momentos, porque no interfería en lo absoluto con su estancia al lado de su admirado y amado Hirose.

Sin embargo, en ese tiempo también pudo darse cuenta de que la libertad repentina puede embriagar terriblemente el corazón reprimido de un joven, y llevarlo a cometer estupideces, e incluso, arruinar aun más su arruinada vida…

Ese fue el caso de Hirose.
Al verse libre de la represión paterna, se descontroló, intentó rebelarse contra sí mismo, buscó ser una persona ajena a su identidad, y eso ocasionó un desastre espantoso, una calurosa noche en un barrio extraño, peligroso y distante de la seguridad del departamento.

Hirose había llamado a Kurauchi casi media hora antes de terminar las clases del curso intensivo de inglés que llevaba como materia opcional.
Esa noche llegaría tarde a casa, ya que varios compañeros lo habían invitado a un bar para celebrar cualquier cosa que ameritara celebración.
Así que no requería que Kurauchi fuera por él a la universidad. Y eso era una orden.

Sin embargo, Kurauchi no se quedó tranquilo. Y desobedeció la orden del muchacho.
Pero no logró alcanzarlo. Hirose había hecho la llamada minutos antes de salir de la universidad
Se había marchado con ese grupito de jóvenes, de muy especial temperamento, pues eran elitistas y muy extraños en su manera de comportarse.
Le habían prometido al joven una noche especial, llena de emociones fuertes, mujeres hermosas y mucho alcohol y diversión.
E Hirose no desconfió.
Pero ellos nunca mencionaron lo demás.

Depravación, estupefacientes, pérdida del autocontrol…sometimiento…

 

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Las primera horas, el muchacho lo pasó de maravilla.
Jamás se había divertido tanto. Jamás se había dado un escape tan increíble como ese.
Jamás había cometido un exceso con el alcohol como lo hacía en esos momentos, mucho menos había conocido los efectos de la droga que le estaban dando ahora: éxtasis.
Y casi nunca, en su vida completa sin salir de Japón, había estado rodeado de mujeres hermosas que lo "admiraban" sólo a él por ser el extranjero del grupo, o sea, la novedad.

¡¡Ah, si Koji pudiera verlo!! ¡¡Si ese maldito pudiera saber que él, Hirose Nanjo, no se quedaba atrás!! ¡¡Si pudiera hacer que se enterara que se divertía igual, o tal vez más que él!!
Y quiso gritarlo a los cuatro vientos, para que alguno de ellos le llevara ese sentimiento de triunfo al bastardo que arruinaba su "perfecta" vida.

Salió del bar en el que se encontraba sin que los demás compañeros se dieran cuenta. Estaban tan enfrascados en sus propios vicios y desmanes, que nunca lo vieron caminar tambaleante hacia la entrada del bar.
Nunca se fijaron tampoco que varios pares de ojos seguían con bastante interés al joven y llamativo extranjero. Así que tampoco pudieron ver que algunos hombres salían detrás de Nanjo.

Hirose caminó algunos metros hasta una parte en donde la luz del alumbrado no alcanzaba a llegar, y no pensó en que los hombres que estaban junto a él no iban de paso… hasta que sintió que lo sujetaban y lo arrastraban rápidamente hacia un espacio entre varios autos. Y fue en ese lugar, ahí, donde al igual que la primera experiencia que alcanzara con el éxtasis, también conoció la espantosa experiencia de una violación.

La calle estaba desierta de transeúntes, y cualquiera que hubiese pasado cerca de ahí jamás habría escuchado sus súplicas de auxilio, confundiendo su voz ahogada por una mano sucia sobre ella con el barullo de los centros nocturnos y los bares que se extendían en esa zona…

Finalmente, al verse abandonado a su suerte después de la vejación en su contra, pudo reunir fuerzas y levantarse para pedir ayuda.
Regresó al bar del que saliera, pero no encontró al grupo con el que había llegado.
Tenían pocos minutos de haberse ido… sin él.
Sucio, golpeado, con la ropa y el alma desgarradas, Hirose no supo qué hacer en esos primeros momentos de un violento despertar a la realidad que estaba viviendo... Cruel y espantosamente humillado, destrozado por la indiferencia de aquellos que él creía que eran sus amigos, de quienes creía que lo enseñarían a ser él mismo, que lo respetarían y lo ayudarían a deshacerse de todo su odio hacia lo que él era, y que en el momento en que los necesitara…simplemente se habían ido, y él no sabía qué hacer...

Se sentía destrozado también por haberse confiado de esa forma, por haber creído que sería invencible, que nadie podría nunca ponerle una mano encima, cuando en realidad había sido la presa más fácil que esos tipos habían encontrado…
¡Grave equivocación!

Y de pronto, en medio de su nublado pensamiento, en medio de su dolor, el recuerdo de Kurauchi se hizo presente.

 

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Kurauchi lo encontró en donde le dijo que estaría. Y su aspecto lo conmovió enormemente.

Hirose… su amado y admirado Hirose… convertido a una piltrafa por un momento de desplante juvenil…

Con sumo cuidado lo ayudó a levantarse de la silla en donde estaba, y lo condujo al auto, abrazándolo en forma protectora, mientras lo cubría con su propia gabardina, sintiendo que la rabia lo consumía, que el dolor de verlo en ese estado lo mataba…
No fueron a ningún hospital. Hirose se lo había prohibido, en un murmullo casi inaudible.
La reputación de su padre estaba en juego si eso llegara a saberse.
Por lo tanto, no hospitales.
De alguna manera se las arreglarían, porque según le había dicho desde el asiento trasero, desde las sombras que cobijaban su rostro demacrado, Kurauchi sabría qué hacer…

 

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Nadie lo supo.
Nadie, excepto su fiel y devoto servidor, Shigi Kurauchi. Porque era él quien dormía al lado de su cama, velando sus pesadillas recurrentes y aterradoras, despertándolo de esos mortales recuerdos que lo consumían durante las noches, abrazándolo para tranquilizarlo, para evitar que se fuese a provocar algún daño.
Era él quien se recostaba a su lado, acariciando tiernamente sus brazos, su cabello, hablándole en suaves murmullos de la forma como extrañaba su leve sonrisa, sus ya no tan frecuentes llamadas a su hermanito Akihito, su mirada limpia y segura…

Y eso se repetía todas las noches…
Porque en las horas que la luz del sol disipaba toda sombra que quisiera acercársele, él debía ser siempre... SIEMPRE… Hirose, ecuánime, exitoso, digno representante del apellido Nanjo.
Nadie lo supo, porque había sido él quien curara las heridas de su cuerpo, y deseaba con todas sus fuerzas poder curar las de su alma…

Y nadie más sabría de ese secreto…

Nadie más sabría esa historia oscura que sólo Kurauchi conocía. Y menos aun, esa cruel experiencia que se añadía a esa historia, empañando su vida, su futuro… y que lo convertiría en un miserable adicto, a pesar de que tenía el poder económico que su padre le heredaría.

Nadie más, porque los que sabían eran suficientes.

Así que Kurauchi lo pensó. Lo pensó no por mucho tiempo. Pero finalmente se decidió.
No se separaría de él, pasara lo que pasara, porque tenía una deuda moral…
Una enorme deuda por no haber cumplido con su parte. Por no haber estado ahí cuando más lo había necesitado.
Así que dedicaría su vida completa a proteger a Hirose Nanjo, pasara lo que pasara. Porque lo admiraba, y reconociéndolo de una vez por todas, ahora sabía que lo amaba. A pesar de lo ocurrido, a pesar de que su vida se había transformado en un infierno lleno de traumas y adicciones, lo amaba.

Por esa razón, Hirose jamás estaría solo. No mientras Kurauchi lo evitara. Y era una promesa…

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