Los personajes utilizados aquí no son de mi propiedad, así que antes de meterme a la cárcel piensen eso, además, Yo no gano nada por medio de esto, simplemente criticas.

Gracias. Ahora si, lean, por favor!

 

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"Me perteneces"
Basado en las crónicas Vampíricas de Anne Rice
By Jyue

 

Era la tercera noche consecutiva que Lestat y Armand se acostaban juntos. Estaba enfadado, celoso. ¿Cómo podían esos dos retozar tan tranquilamente encontrándose en su casa?

Su oído vampirico era tan potente que resultaba imposible no escuchar los gemidos de placer que esos dos soltaban. A través de Lestat podía admirar el cuerpo infantil de Armand, dejando que el rubio hiciera con su cuerpo lo que le viniera en gana. Durante años fue él, Marius Romanus, quien tuvo el privilegio de poseer aquel bello muchacho, y si no fuera por Lestat, cabía la posibilidad de que así ocurriera ahora. 

Armand no soportó por más de dos meses a Sybelle y Benjamín siendo vampiros. Sus almas mortales se desvanecieron, dando paso a unos seres perversos y vacíos, que él solía comparar con los miembros de su vieja asamblea. No tenían motivo o propósito, y la existencia comenzaba a pesarles demasiado, así que se marcharon. Para Marius eso era perfecto. Su plan de romper el amor entre ellos y alejarlos para siempre de Armand funcionó a la perfección, mas no contaba con que el Príncipe Impertinente reapareciera. 

Lestat pasaba horas conversando telepáticamente con Armand, excluyéndole de la escena con descortés facilidad. En ciertas ocasiones, Armand se sonrojaba con nitidez, bajando la mirada al momento que de sus labios escapaba una risita tonta. Esas veces Marius sentía el impulso de desgarrarle el cuerpo al rubio inmortal, y estas ultimas noches venía sintiendo lo mismo. De alguna manera, Lestat logró seducir a su inocente pupilo para llevárselo a la cama. Por medio de sus poderes, Marius logró enterarse de la manera desinhibida con que Lestat gozaba de su ángel de Botticceli, sometiéndole tantas veces como le era posible en una noche, haciendo gemir a Armand como una virginal jovencita.

Lestat había llegado para arruinar todo. De no haber aparecido, Armand hubiese encontrado refugio a su desilusión en brazos de Marius.

Una vez más resonaron los quejidos provenientes desde la habitación de los amantes. Los ojos de Lestat le mostraron la imagen de su pupilo, trabajando afanadamente dentro de sus pequeños labios el miembro del otro vampiro, quien embestía con fuerza en el interior de su boca.

Le fue imposible evitar que su cuerpo se excitara ante tal espectáculo. Cuando volvió a vislumbrar la escena, Lestat se disponía a invadir con su cuerpo el de Armand. Marius no podría resistirlo, los celos le reventarían las venas si ocurría. Decidió mandar un mensaje de advertencia a la mente del rubio.

 

No te atrevas a tomarlo de nuevo, Lestat. Él es mío. Me pertenece.  
 

“Armand…” Lestat succionaba uno de sus pezones al igual que le acariciaba su miembro. “¿Quieres que te posea?” 

“Sí…” respondió el otro, retorciéndose por las sensaciones de placer que lo abrumaban. “Sí, te lo ruego…” 

“Di que eres mío, Armand.” pidió Lestat, enterrándose con fuerza en aquel delicado cuerpo de un solo empujón. “Di que me perteneces, cariño, quiero escucharlo.” continuó, comenzando a embestirlo. 

“¡Lo soy, soy tuyo!” gimió, abrazándose al cuello de su amante. “¡Solo tuyo, de nadie más!”
 

Los colmillos de ambos se clavaron en el cuello del otro, mientras continuaban meciéndose a un ritmo cadencioso. Esa era su manera de concluir el acto carnal, su orgasmo sangriento.
Marius presenció todo. Sus manos comenzaron a destrozar cuanto encontró frente a sí, sin importarle el valor o antigüedad que tenían los objetos. Alcanzó a escuchar un gemido largo y profundo de labios de Armand, indicando el final de la posesión.
Esto colmó la paciencia restante en Marius. Reclamaría a su pupilo como propiedad suya en ese mismo instante. En cuestión de segundos salió y derribó la puerta que encerraba a los dos vampiros.
 

“¡Maestro!” exclamó Armand sorprendido, cubriéndose el cuerpo con una sábana. Sintió miedo al ver los ojos de Marius inyectados de ira, además que portaba su antigua correa de cuero con la que en el pasado lo reprendía.
 

El aspecto que su joven discípulo mostraba excitó aún más al viejo vampiro: Las mejillas sonrojadas, su cuerpo bañado en un rocío escarlata, los rizos cubriéndole con descuido parte del rostro. Lanzó fuera del lecho a su rival con tremenda fuerza, para trepar luego junto al cuerpo de su ángel. Se despojó violentamente de la ropa que le cubría, dejando visible su miembro previamente duro y firme. Hizo a un lado la sábana sobre Armand, para después hacerle colocarse sobre sus cuatro extremidades. Penetró en él sin reparo alguno, provocando en Armand unas pequeñas lagrimas de dolor. La correa comenzó a azotarse contra las delicadas piernas del aprendiz, con tanta fuerza que las heridas provocadas tardaban un poco en cerrar.
 

“Yo te hice, Armand.” dijo el Maestro, aumentando la fuerza de sus embestidas. “Eres de mi propiedad, lo serás siempre.”
 

Poco a poco los sollozos fueron sustituidos por gemidos de placer. Los azotes se detuvieron, y por un momento en la mente de Armand solo estaba presente aquel cuerpo magnificente llenando su interior, entrando y saliendo lujuriosamente. Sus brazos y piernas amenazaron con ceder, temblando con peligrosidad ante los fuertes empujones de su maestro. Continuaron así unos momentos más, hasta que sintió el miembro de Marius desapareciendo de su interior, y un segundo después los colmillos de éste desgarrándole el cuello.

La sangre de su demoníaco querubín brotó a borbotones, llenándole de inmediato la boca al antiguo vampiro, escurriéndosele por la garganta. Su sangre era ligera y suave, como todo en Armand, con un sabor dulce semejante a la sidra, y aún más deliciosa que en siglos pasados. A cada respiración le seguía otro abundante chorro de sangre, pero de pronto sintió los brazos de alguien apartándole de ese precioso manantial, siendo lanzado al otro lado de la habitación.
 

“¿Es que intentas desangrarlo?” gruñó Lestat, mirando al viejo vampiro con desafío. Había tardado en reponerse del golpe, pero ahora le haría pagar a Marius por lo que hizo. “Seguro prefieres matarle a admitir que ahora está conmigo.” 

“Sucia y asquerosa sabandija.” siseó Marius, levantándose. “No te permitiré que continúes separando a Armand de mi lado.” 

“Eso no fue necesario. Tu fuiste quien lo apartó de ti. Yo solo tuve que acostarme en el piso de ese estúpido convento a esperar que le destruyeras la vida por segunda ocasión.”
 

Marius se lanzó contra Lestat, y éste respondió de inmediato, ambos mostrando sus colmillos a manera de amenaza. Armand los observaba asustado desde la cama, demasiado extenuado como para intervenir. La escena que daban era impresionante. Los dos con sus magníficos cuerpos desnudos, ambos rubios poseedores de zafiros por pupilas. La fuerza y habilidad milenaria contra el poder y la vitalidad de siglos. Un autentico duelo entre titanes. Parecían fieras salvajes peleando por su territorio, arañándose y mordiendo al contrincante. Pero el viejo maestro tenía una considerable ventaja sobre Lestat, a pesar de toda la capacidad que éste poseyera. No podía quedarse ahí sin hacer nada mientras que los dos seres que mas amaba se destrozaban el uno al otro.
 

“¡Deténganse!” gritó, interponiéndose entre ellos. “¡Deténganse, por favor!” 

“Hazte a un lado, Armand.” pidió Lestat. “Esto lo vamos a arreglar de una buena vez. Le demostraré a este anciano que ya no tiene derechos sobre ti.” 

“Antes de matarte voy a sacarte el corazón, desgraciado.” espetó Marius, señalando el lado izquierdo del pecho de su rival. “Y vas a desear jamás haber regresado.” 

“¡Por Dios, no!” replicó Armand, con visible enfado. “Lo que están haciendo es una estupidez. ¿Creen que después de saber que uno de ustedes asesinó al otro yo tranquilamente me quedaría con el sobreviviente? ¡Están locos!”
 

Los dos vampiros guardaron silencio. Armand soltó un leve suspiro de cansancio antes de volver a hablar.
 

“Los amo a ambos. Ustedes me han salvado y destrozado la vida diversas ocasiones, pero les amo más que a mi existencia. No podría soportar perder a uno.”
 

Los otros continuaron en silencio, como aguardando el veredicto final a una corte donde Armand era juez.
 

“No veo por qué deben discutir entre ustedes. Yo no tengo preferencias con alguno.” Los tomó de las manos, conduciéndolos hacia la cama. “Y si el problema es con cual comparto el lecho, es algo que se puede resolver con facilidad. Donde caben dos, siempre hay espacio para tres… y conozco algunas mañas que nos dejaran a todos satisfechos.”