"ALGO
PARA VIVIR"
basado
en las cronicas vampiricas de Anne Rice
Marius x Armand / Armand x Marius
By Alex
Bello
resplandor ilumina esta bella sala. ¡Hermoso! Majestuoso lugar con esplendidos
toques matinales, suaves rayos solares que acarician el lugar.
Yo
Marius de Romanus ¿Cómo? ¿Cómo he podido llegar a tan espantoso lugar?
Entregarme a los delicados brazos del sol. A esta hora, en este hermoso lugar.
Será el momento perfecto para el consumo de mi muerte. ¡Oh! Hermosa luna,
opacada ahora por la bola amarilla, solo tú eres el fiel testigo de mi inmunda
decisión. ¡Perdonadme entonces! Sabréis cual amargura embarga mi corazón. Mi
amiga, compañera de mi vida inmortal. Mi bella amante cada anochecer, aquella
que con sutileza me acurrucaba entre sus brazos mientras sus pequeños rayitos
iluminaban mis pérfidas noches de pasión hacía mi vida inmortal.
Parado
estoy, esperando con ansias el momento de mi muerte. Merecedor del más cruel de
mis castigos. Mucho, mucho más que esto es lo que he logrado.
Maldita
sea la noche. Maldita sea el día.
¡No!
Mentira. Adoro las tinieblas, el manto negro cubriendo la parte superior de mi
cuerpo. Las estrellas estáticas, hechas bolas de gases a miles de kilómetros
de la tierra iluminando pequeños puntos en particular. ¡Y tú! Mi amor. Eres tú
quien siempre ha estado conmigo. ¡Disculpadme! No tengo palabras para volver a
verte una noche más, para pedirte perdón de rodillas y alabarte cuantas veces
sea necesario.
Amo
mi vida inmortal, pero pagare con ella mi gran osadía, abonare con ella el
insulto hacía mi pequeño y gran amor. ¡Amadeo!
¿Qué
te he hecho vida mía? ¿Qué he logrado hacer de ti? Solo un simple muñequito
de trapo, pequeñito ser con huesos bellamente formados, cara angelical y
hermosos labios a los que siempre anhele besar. He ofrecido tu vida a cambio de
la mía. He logrado que te alejaran de mi lado. Mi pequeño querubín, mi
angelito, mi Amadeo.
¡Dios!
Cuanto me despreció. Desesperación y odio habitan en mí.
No
puedo ni siquiera mirarme, estoy hecho un manojo carbonizado. Miro mis manos sin
encontrarles forma alguna. Mis ojos a través de un espejo y solo veo una cuenca
semi vacía mientras que del otro lado pequeñas tiritas colgantes de piel
apreciando mi ojo azulado casi violáceo. Mis cabellos rubios, aquellos con los
que él tanto adoraba jugar ahora están deshechos. No queda nada más que una
cabeza calva, sin rastro alguno de belleza.
¡Imaginad
pues! Que en algún momento este rostro negruzco estuvo lleno de beldad. ¡Imposible!
He quedado completamente inutilizado, con trabajos he llegado hasta estas montañas
nevadas. El manto blanco me quema al contacto con mi piel chamuscada, los pequeños
animalillos carnívoros han deseado comerme, quizás, me han dejado con vida al
mirar mis labios
- si es que queda rastro de ellos – y a través de ellos mis preciados
colmillos blancos, aquellos que me dan noche tras noche el alimento que necesito
para llevar mi vida inmortal. Pero eso no ocurrirá más. Suficiente he hecho
estos días como para darme el gusto de seguir con mi existencia.
¡Ah!
Mi preciado tesoro, mi hermoso querubín blanco. Mi pequeño angelillo. ¿Por qué?
¿Cómo he sido tan estúpido como para dejarte? Debí regresar a tu lado, darme
una segunda oportunidad, pero no he podido. En este estado tan lamentable ¿Cómo
queréis que vuelva hasta tu lado y salvarte?
Mi
corazón me atormenta – si hay rastro alguno de el todavía – no he podido
ni con mi vida. Te he entregado a ellos en bandeja de plata. Ellos han llegado
hasta ti por mi culpa. Mi egoísmo y mi libidinosidad permitieron arriesgarme
sin mirar atrás. Me otorgaron el placer de la incredulidad y del infantilismo
al no ver más haya de mi par de ojos. Llenaron de astucia mal venida mis
pensamientos. Al final logre caer al precipicio llevándote conmigo, pero sin
estar a tu lado. Mi conducta malcriada me ha separado de ti.
¡Amadeo!
Mi preciado querubín. ¿Podrás algún día perdonarme?
No.
No puedes hacerlo. Soy egoísta y mi añoranzas son intrépidas.
Es
por ello que estoy aquí. Sometiéndome a los caprichos de esta bola de fuego
incandescente. Amanece ¡Oh si! Entregarme a ella es lo mínimo que puedo hacer
por ti. Deseo tanto estar a tu lado y sin embargo no lo estoy. Cierro mis ojos,
en cualquier momento esos rayos que se asoman por las laderas de estas hermosas
montañas vendrán hasta esta balaustrada.
-
¡Ven a mi! ¡Tomadme! llevadse
este cuerpo renegrido. Hacedlo polvo hasta motivarlo a olvidar su existencia.
Tomad su vida inmortal como sacrificio por su precioso hijo – Las palabras
salen a borbotones de mi boca. Deseoso de sentir más, ansioso por pronunciar
mucho más.
Excusarme,
eso es lo que quiero. Infringir mi propia ley hacia la vida por medio de este
acto desesperado. ¡Qué mas da si mi pequeño ahora no esta! Fui un estúpido
al creer que jamás pasaría nada en mis dominios. Ahora, esos hijos de las
tinieblas se lo han llevado.
-
¡Santino! - Grito
con fuerza – Juro que si le haces algo a mi pequeño yo mismo vendré y te
matare con mis propias manos - la locuacidad me asombra a mi mismo. Odio
contiene la frase, pero indudablemente sentimentalismo también.
Puedo
mirar los pequeños rayitos acercándose a mi balcón. Se que ellos están
deseosos por abrazarme, por terminar de hacer la obra de arte que su amante el
fuego no hizo. Lo se. Puedo sentir el aroma a muerte en el aire. Mi piel
desprendiendo olores desagradables, mis ojos terminando por saltar de sus
cuencas cuando ya no ha quedado nada de mi cuerpo más que esas finas
caniquillas azules y la dentadura que esta estancada dentro de mi boca, junto
con el par de caninos afilados que sobresaldrían entre las perlas blancas.
Puedo
sentirlo. Gazuza por parte de esos hilillos amarillentos, por mi.
Extiendo
mis brazos cual cristo. Mi cabeza la he echado completamente hacia atrás. Abro
mis ojos y miro por ultima vez el cielo. ¡Ah! Que bello en verdad se ve. No es
nada comparado con el hermoso cendal de la noche. No hay estrellas, no esta mi
amante tampoco. Solo las nubecillas blanquecinas pasando caprichosamente por
encima de mi. Algunas se ven negruzcas, cargadas de agua deseosas por ser
expulsada hasta el bello paraje llamado tierra. Otras tantas como algodoncillos,
con formas caprichosas.
¡Oh!
Que bello cielo. Hermoso que lo pueda apreciar a escasos minutos para el final
de mi vida.
Recuerdo.
Una
pequeña remembranza azora mi mente por estos momentos, esta deseoso por
aflorar. Parecería como si estuviera pidiendo permiso para poder salir.
-
Sal pequeño – susurro – Un ultimo recuerdo para irme a la muerte. ¿Qué
parte de mi vida inmortal eres? – musito mientras siento como mis neuronas
comienzan a revolcarse. Pequeñas chispitas salen una de las otras al tratar de
hacer un lazo intimo para hacer relucir a mi mente perturbada aquella evocación.
¡Armand!
Veo
su rostro. Bañado en lagrimas.
-
Un poco más – parloteo mientras cierro con más fuerza lo escaso de mis
pupilas. –
Dadme más de él- pido en suplica.
Su
pequeño rostro cubierto de polvo. Su cabello cobrizo con finos rulillos
sobresaliendo de su melena poco aseada. ¡Dios! El deseo me ha invadido, he
logrado dar unos pasos hacia ese pequeño niño. Con dulzura lo tomo entre mis
brazos, sus ojos almendrados me miran con amor. ¡Oh si mi pequeño! Regaladme más
de esa sutil y bella ojeada que tienes impregnada.
-
¡Señor! – has susurrado. Me has confundido mi pequeño ángel. Pero podéis
creer que soy tu salvador, he de llevarte a casa, eso es lo que he de hacer.
Algo en ti ha logrado romperme el alma, reavivado una pequeña llamilla que creía
extinta. ¡Oh! Mi Amadeo. Mi dulce y hermoso angelito de Botichelli.
Tus
bracitos se han colocado alrededor de mi cuello, se que has quedado desmayado
puesto que puedo sentir tu respiración apagada. Mi hermoso querubín, te has
robado mi corazón precioso mío, aún antes de conocerte lo has hecho.
Ladrón,
usurpador. Eso es lo que eres para mí. Te has llevado la vida de Marius contigo
desde el primer momento en que te vi. Me has arrebatado mi existencia si tu no
yaces a mi lado.
¡Esperad!
Aún hay más bellos recuerdos. Afloren ahora que mi inmortalidad yace sobre
esta tierra. Es el momento. Digan: ¡Aquí estoy!
Veo
tus bellos ojos recriminándome.
Un
poco más atrás, el principio del recuerdo si es mucho pedir.
Había
llegado a la hermosa mansión que tenía en Venecia. Bella y lujosa como me
gusta. Ostentosa y finamente decorada por dentro. Lo más bello es lo que
siempre ha de haber donde vivo. Lo mejor para los pequeños que residen en ella.
Frutas
de la temporada así tendría que traerlas del otro lado del mundo. Madera
preciosa inundando los marcos de las puertas, estas mismas en grandes
proporciones, altas y adecuadas al lugar. Telas de seda primorosamente tejidas
con los más selectos gusanos adornando las alcobas en forma de colchas o
edredones, o quizás en forma de cubre cama; las ventanas adornadas
acendradamente con las telas importadas; manteles exquisitos cubriendo la mesa
principal y las mesillas donde se encontraban los candelabros tallados en oro.
Las losetas importadas de Francia y España tendrían que ser perfectas.
Calurosas al contacto con los pies desnudos en invierno, aún, habiendo de por
medio alfombras de Turquía o Arabia; y frías durante el verano.
Todo.
Todo tenía que ser hermoso para mis querubines, para mis pequeños amantes.
Me
encontraba algo molesto y a la vez maravillado por lo que acaban de observar mis
ojos días antes. Había ido a ver a los que debían ser guardados. Akasha y
Enkil, en estas precisas montañas en donde ahora me encuentro. El padre y la
madre. Estaba asombrado.
Había
llevado un hermoso collar de perlas que había comprado en un pequeño puesto a
las afueras de Grecia años antes. Las pequeñas piedritas eran hermosas,
blancas como el marfil, grandes y hermosamente esféricas. Estaba seguro que el
collar le agradaría a mi reina. Dos días después de habérselo puesto había
aparecido hecho trizas en la alfombra, el hilito que sujetaba las perlas estaba
cortado por la mitad, con las bolitas desparramadas por el lugar.
Asombroso.
No le había gustado, cuando había jurado que en verdad le agradaría.
Volví
a zurcir el hermoso collar, que a mis ojos, era una artesanía excepcional.
Mientras hacia mi labor me imagine a un hombre mortal pescando las ostras. Abriéndolas
por la mitad – ya teniéndolas fuera del mar – y las perlas rodeadas por la
babilla del marisco. Concebir la idea de que una agujilla de metal pasara por en
medio de la esferita blanca, perforándola para poder pasar ese hilito que se
encontraba tirado en la basura. Un escalofrío me recorrió el cuello en
aquellos instantes. Una imaginación bastante ociosa era lo que tenía en esos
momentos.
Esa
misma noche volví a colocarle el hermoso collar. Había agregado un par de
piezas más. Unos zafiros verdes que resaltarían con sus bellas pupilas negras.
Mire
mis manos al salir de la cámara. Me sentía enajenado de mi mismo. Asombrado en
cierta forma por saber que pude haber arreglado aquella hermosa joya sin
necesidad de mis poderes sobre naturales.
Ensimismado
en mis pensamientos me aloje en un sillón de cuero hecho en América. Era cómodo.
Los pelillos de la piel del búfalo podía sentirlos bajo de mi, rozando a cada
instante mi traje de hechura fina de aquellos tiempos. Tenía un libro entre mis
manos, deseaba devorarlo con una intensidad asombrosa. La pequeña lucecita de
la velita apenas y si me proporcionaba la luz suficiente para arrojarme a la
lectura.
Un
curioso libro acerca de un gato negro y su amo. Verdaderamente interesante. El
autor planteaba de manera atractiva, como es que Espejo, nombre del regordete
minino, encontró un nuevo amo al morir la viejecita que lo cuidaba. Entre
astucia, inteligencia, mentiras y patrañas, consiguió su libertad del tirano
que lo había cobijado interesadamente, por supuesto, dándole, al final, una
lección de su propia acción.
Pequeñas
risotadas elocuentes salían de mi boca de vez en cuando, en aprobación y en
ciertos puntos de la lectura, de reproche. Cual imaginativo había sido el autor
del libro, que para mi fastidio no recuerdo. ¡Impresionante!.
Los
gatos en si no es que sean de mi desagrado, simplemente, son seres vivos. A
veces parecen huir de mí, quizás su intuición felina les dice: peligro.
Interesante la forma en como se manejan, bello pelaje lustroso; ojos grandes,
con sus pupilas dilatadas a la luz y contraídas a la oscuridad, eso le da un
toque misterioso, intrigante podría decirse; sus pequeñas y filosas garras
pueden desgarrar casi cualquier cosa. Generalmente son de buen comer, algunos
comen cualquier alimento otros son digamos, más refinados. Un animal
misterioso, intuitivo, con una sagacidad sorprendente.
¡Ah!
Que momentos aquellos para librar mis holgazanes pensamientos.
Un
ruido fue lo que me saco de mi concentración. Percibí al instante de donde
provenía. Tuve miedo, cierto, entrar en aquella cámara y mirar por mi mismo el
reproche de mi reina nuevamente hacia mi pequeño regalo me lleno el cuerpo de
sensaciones que hacían palpitar el pequeño organelo que tenía casi del lado
izquierdo de mi pecho.
Mis
ojos quedaron incrédulos al mirar la alfombra roja. Nuevamente las perlas
estaban regadas por el lugar. Que más daba. No le gustaba, era un hecho.
Recuerdo
haber hecho una pequeña reverencia, unos pensamientos fugaces de disculpa
aparecieron en esos momentos. Deseaba que me perdonara por mi imprudencia de
volver a ponerle aquel precioso collar, me disculpaba de mil maneras ofreciéndole
pequeñas excusas acerca de que la joya me había parecido extremadamente
exquisita y mis pensamientos fueron directos para ella, el collar en su hermoso
cuello.
Finalmente
me limite a observarlos. Me sentí sucio al hacerlo, con la mirada penetrante en
aquella curiosa pareja, pero sobretodo en la que deseaba que fuera mi amante.
Mis
pensamientos pérfidos fueron los que me obligaron a salir de la sala. No sabía
si podían entender lo que apreciaba mi mente, tampoco deseaba arriesgarme a que
en verdad lo hicieran. Noches enteras me vi extasiándome con el recuerdo de mi
bella reina, sus cabellos negros, sus ojos hermosamente pintados en negro, su
boca deliciosamente pequeña y bien delineada, mis colmillos en su cuello y
finalmente gozar de su sangre inmortal, llenándome la boca golosamente con
aquel sabor metálico que en mis glándulas salivales sabían a gloria.
Durante
mi vida mortal no recuerdo haber probado manjar que comparara el exquisito sabor
de la sangre, jamás.
Estaba
abstraído en mis pensamientos.
Mis
manos tocaban con gracia el barandal de plata que yacía en el lado izquierdo de
las escaleras por donde yo estaba subiendo. Las ansias de ver a mis pequeños
querubines pero sobre todo a mi hermoso Amadeo no lograban quitarme dichos
recuerdos.
¿Qué
había sido aquello?
Un
pequeño juego entre mi amada y yo, parecería a vuestros ojos, pero…
En
realidad no sabía en que pensar. Había comprado ese collar para ella, sin
embargo, se lo puse años después. ¿Sabía que no le gustaría en aquellos
momentos? No. Eso no era verdad. ¿Entonces? Que cambio tan meramente curioso
tenía. Me intrigaba la manera en que podía hacer las cosas. Deseaba
fervientemente que se movieran, uno o dos pasos que dieran sería suficiente, el
problema es que lo hacían cuando yo no me encontraba cerca de ellos.
¡Privacidad!
¿Es
que acaso es lo qué ellos deseaban?
Sentía
mi cuerpo moverse con la gracia que me caracterizaba, las facciones en mi rostro
las veía para mi mismo, dulces, amorosas. Aún intrigado por los
acontecimientos sentía una pequeña necesidad, aunque reitero, ello no opacaba
mis pensamientos; el deseo de verlos o verle.
Una
puerta entre abierta me dio indicios de sus almas. Me acerque un tanto prudente,
deseaba ver con mis propios ojos los movimientos de sus gráciles cuerpecitos.
Me atreví a asomar únicamente mi cabeza, mi cabello lo había tomado entre mis
manos y echado hacia mi espalda. Parecía un ladrón mirando a sus victimas.
Una
sonrisa se dibujo en mi rostro al mirarles. Se veían tan hermosos, tan llenos
de vida.
Unos
pintaban hermosos frescos, lunas y soles resplandecían en los lienzos llenos de
colores primarios y secundarios ¡Bellos! Me regocijaba a mi mismo el saber que
a cada uno lo había escogido por una pequeña cualidad, por mínima que fuera,
los elegía por ello. Un poco más y mire a un grupo de tres pequeñines jugando
con un arpa, la reconocí de inmediato, era de mi hermoso Riccardo. ¡Ah! Que
bello tocaba aquel bello querubín; los hermosos angelitos discutían entre si
de quien debería ser el pupilo inmediato de Riccardo, quien de ellos era
merecedor de tan afortunado placer.
Una
sonrisa se dibujaba en el rostro de quien sería maestro. Sus brillantes dientes
blancos me hicieron recordar las perlas que llevaba en mi bolsillo. Lo mire con
más detención. ¿Cuánto hacía que el estaba a mi lado? Doce años un poco más
quizás. Su bello rostro me había cautivado casi al instante en que lo vi. En
estas calles de Venecia, en los barrios más pobres lo vi mendingando por un
pequeño pedazo de pan. Cuanta tristeza embargo mi corazón en aquellos años,
tenía su manita extendida, con la palma de su mano titiritando de frío, su
ropa roída apenas y si alcanzaba a taparle parte de su cuerpecillo casi
congelado. Me acerque hasta el, me hinque frente a el con los brazos abiertos,
de inmediato sentí su frío cuerpecito apretarse en mi pecho. Lloraba, hermosas
lágrimas cristalinas salían de su rostro.
Recuerdo
haberle preguntado porque sollozaba de tal manera, su respuesta fue halagadora.
Me dijo que si era la muerte, por lo hermoso que era, gustoso se iría conmigo.
Lo tome entre mis brazos y lo traje hasta esa hermosa mansión. Ordene que lo bañaran
y lo vistieran adecuadamente, después un gran manjar tenía que ser preparado
en su honor.
Grandes
risotadas desprendía su garganta, suave y bella melodía que llegaba hasta mis
oídos.
Su
mayor afición fue la música, tocaba delicioso. Niño prodigioso con el arpa en
la mano. ¿Cuántas noches no le pedí que tocara para mí? Demasiadas.
Su
mirada logro descubrirme. Una sonrisa aún más grande se impregno en su rostro,
sus ojos saltaron de alegría, deseaba correr a mi lado, lo se, pero no lo hizo.
Sabía que si me encontraba semi escondido era por algo. Desvió su mirada para
no evidenciar mi presencia.
Seguí
indagando un poco más.
Otro
grupo de pequeñuelos jugaban con unas uvas moradas grandes y jugosas. Deseaban
saber quien era capaz de comer un tanto número de las frutas en un tiempo
moderado. Sonreí. Era bello mirar ese cuarteto de querubines.
Regocijado
estaba, tan lleno de vida estaban mis preciosos tesoros, todos ellos aguardando
desesperadamente mi llegada.
Termine
de observar. No había nadie más en la sala más que esos preciosos jovencitos.
No había más que mirar. Un tanto decepcionado recorrí el pasillo, mirando a
través de ellos unos hermosos frescos, todos pintados de mis hijos. Uno más
que nada llamo mi atención. Me acerque hasta el. Ahí estaba el señor bañado
en lagrimas de sangre por las espinas que carcomían su tersa piel, sus ojos cafés
claros mirando al cielo implorando por los hombres de la tierra, pidiendo perdón
a su padre por los pobres mortales que no sabían lo que hacían.
Sonreí.
Sabía
perfectamente de quien era tan hermoso cuadro, no había nadie más en esa mansión
que no pintara esos cuadros. Amadeo mi hermoso angelito. ¿Dónde estaba?
Con
impertinencia acerque mis dedos hasta las pequeñas gotas de sangre que
derramaban sus ojos, o al menos eso parecía, era un simple efecto visual.
Cuanto dolor demostraban sus ojos, las facciones en su rostro. Era hermoso verlo
de esa forma, pero de igual forma era un pecado, o al menos eso me pareció.
Con
una sonrisa me aleje del cuadro. Cuanto amor había en el corazón de mi
angelito, cuanto desdén por pintar aquellos cuadros, que para mi gusto, dejaban
solo pequeños hoyos de angustia en su corazón. Una ultima mirada a aquel bello
fresco. Negué todo con la cabeza. Increíble era la forma en que el humano
deseaba que fuera un hecho real. El hijo de Dios, nuestro señor, había
descendido con los mortales, anhelaba que sus hijos reflexionaran sobre su vida
en la tierra, abrirles los ojos para que miraran más haya de sus narices, pero
el ser humano es tan predecible y con la mano en la cintura lo regreso por donde
vino.
¡Bah!
Cuanta insensatez. Sin embargo, soy fiel creyente de que las vidas mortales algún
día aprenderán lo que es vivir en paz, los unos con los otros, tomados de la
mano, haciendo gestos de bondad hacia los necesitados y estos a su vez respondiéndoles
con caricias de agradecimiento.
Durante
mi vida mortal ame todo lo que hacían las manos, admire y quede maravillado por
los grandes pueblos de mi época. Intentaba razonar el porque de las guerras, el
significado del “más poderoso” en aquel entonces mi bella Roma. Ahora sigo
creyendo en ello, algún día el humano aprenderá y yo deseaba seguir viviendo
para mirarlo.
Recorrí
el gran pasillo, mis sandalias tocaban el suave tejido de la alfombra roja que
se extendía por todo el lugar. A través de los grandes ventanales se podía
observar claramente las luces de Venecia. ¡Ah! Que exquisita ciudad. Bella, con
hermosos canales llenos de agua inundadas por pequeñas embarcaciones
denominadas góndolas.
Mis
manos había alcanzado la puerta de la que era nuestra alcoba. Sabía que al
atravesarlas vería a mi pequeño niño, dormitando quizás, impaciente si
estaba despierto. Con sutileza recorrí los dos maderos que conformaban la
puerta, pase por la pequeña ranura que se había abierto.
Hermosa
belleza era lo que me esperaba. Ver su cuerpo extendido por el cubrecama me dejo
maravillado, mis ojos recorrieron todo su fino cuerpecito, sus bellos cabellos
rojizos cubrían su rostro al gusto, sus pestañas curveadas y sedosas tocaban
parte de sus mejillas, sus parpados se denotaban con intensidad por sus ojos
cerrados.
Cerré
la puerta tras de mi con mis pensamientos, no podía quitarle la vista de
encima, estaba deseoso por tocar su rostro, recostarme a su lado, pasar mis
manos por sus cabellos acariciándolos. Mire con ternura las lagrimas que habían
quedado estancadas en la punta de su nariz, deseosas por caer pero faltando el
impulso de otra para terminar su obra.
Acerque
mis dedos y le arrebate el pequeño líquido, apenas y si logro cubrirme un
pequeño espacio de mis labios. Me acerque hasta el, cual felino a un ratón,
deseoso por tocarle su pecho semi desnudo.
Mi
cuerpo quedo tendido sobre la cama a un lado de el. Estaba profundamente dormido
puesto que ni siquiera se movió un poco. ¿Cuántas noches no habría dormido?
Unas pequeñas ojeras resaltaban en sus cuencas, verdosas que sobresalían de su
rostro blanquecino. Me lamente tanto por haberlo abandonado tantos días. Sabía
que le costaba tanto dejarme solo, sabía que deseaba ir a mi lado cuando me
marchaba.
El
pantaloncillo que traía puesto se había corrido un poco a causa de su posición,
mire entonces sus tobillos, tenían unas leves marcas. ¡Ah! Lamente tanto la
causa de tales cicatrices, pequeñas, casi imperceptibles a los ojos humanos,
pero tan vivas y latentes para mi.
Un
arranque de locura y celos fue lo que me había invadido aquella noche, con
dolor y furia había arremetido una fusta en su hermoso cuerpecito. Mi angustia
al saber que estaba en brazos de otro hombre fue el causante mi cólera. Sentí
morder mis labios, desee tanto quitar mancha alguna con mi mirada, tocando las
cicatrices con mis dedos anhele desaparecerlas, pero siguieron ahí, pequeñas
como dije, pero recuerdo de mi furor.
Acerque
mis labios hasta su frente inundaba por sus cabellos, con mis dedos los aparte
al terminar mi acción. Se veía tan bello y tan lindo. Mis labios se
humedecieron casi al instante de ver sus labios entre abiertos, parecían una
atenta invitación a mi lengua a entrar en esa hermosa cavidad. Probar por mi
mismo el sabor de su boca. ¿Qué sabor tendría ahora? De vez en cuando sabía
a frutas, otras tanta a vino, unas más sentía mi propio sabor. ¿Ahora? ¿Sabría
a angustia y desesperación?
Mis
dedos inquietos tocaron la piel de su pecho semi desnudo. La camisa de algodón
blanca que llevaba puesta había quedado abierta al caerse tres botones. Recorrí
con sumo cuidado su piel, lisa, suave, tersa, parecía una verdadera joya.
No
pude contenerme más. Sin pensarlo y sin desearlo mi cuerpo estaba excitado, el
solo mirarlo había producido estragos en mi. Sonreí. Era un demonio, lograba
incitar mi cuerpo más haya de lo que quería.
Rodee
su espalda con mis brazos, jugué un pequeño rato con sus cabellos
desordenados. Acerque mis labios hasta los suyos, apetecía tanto apretarlos
contra los míos. Mi lengua toco la suave piel que tenía, acaricio levemente
hasta entrar en ese agujerito que proporcionaba sus labios entre abiertos. Me
fundí en ellos. Apreté con fuerza mis brazos, bese con pasión sus labios,
recorrí con ansiedad su boca.
Sentí
un fuerte empujón, e incluso unos pequeños golpes en mis hombros. Supuse que
no sabía quien era. Lo solté un momento, rejego de mis propios deseos pero mi
querer por mirarlo me obligo. Estaba bañado en lágrimas, sus labios temblaban
junto con el resto de su cuerpo, hiciste una mueca de desagrado, supuse, sin
indagar su mente, que se había reprochado el echo de golpear mis hombros.
Temeroso acerco su cuerpo hasta el mío, acurrucándose en mi pecho, tomando con
sus manos el cuello de mi camisa.
-
Amo… has regresado… - susurro mientras acercaba sus labios hasta los míos,
unas suaves caricias aparecieron en mi cuello. Estaba ansioso por tocarme, lo
se, sus dedos parecían fuego tocando mi piel.
-
¡Amadeo! – musite al sentir el contacto del borde de su boca con los míos.
Delicioso. Cuanto anhelaba sus exquisitos labios sobre los míos. Hambrientos
recorrieron mi boca, deseosos por querer más, absorber todo cuanto pudiera. Sus
manos estaban aferradas con fuerza a mi cuello, sentía una fuerte presión en
la yugular. Su lengua intrusa recorría con ahínco mi boca, deseaba, quizás,
llegar hasta mi garganta.
Mi
mano se asía a su espalda, mis dedos se enterraban con fuerza en ese espacio de
piel que quedaba a mi alcance. La pareja de mi extremidad se había afianzado a
su cintura, con suaves movimientos circulares que producían un movimiento de
caderas, rozando su hombría con la mía, calentando con fuerza esa parte baja
de mi cuerpo, motivándola a desear un poco más de lo que me estaba dando.
Sus
cabellos cobrizos habían logrado mezclarse con los míos. El perfume a rosas
que desprendía su cabellera larga y enrulada invadía mis fosas nasales, el
olor a leche de cabra que desprendía su epidermis igual me embriagaba. Todo,
todo él podía oler tan exquisito, la sola fragancia de su cuerpo podía
excitarme tanto.
El
conjunto de todo ello había logrado perderme en sus brazos. Su olor y su sabor
eran tan preciados para mí. Toda su humanidad me pertenecía, a mí solo a mí,
nadie más podía tocar a mi pequeño querubín, al menos claro que fuera de mi
consentimiento. Por ello había logrado enfadarme aquella vez, nadie le dijo que
podía estar de enamorado con cualquier mortal, y mucho menos con uno de calidad
tan baja como su Lord Harlesh.
-
Te amo – dos palabras que se oían tan exquisitas de su boca. Había soltado
mi boca solo para tomar una pequeña bocanada de aire que le hacía falta a sus
pulmones. Estaba coloreado en rouge, su frente desprendía pequeñas gotitas de
sudor.
Era
el inicio de nuestra pequeña y a la vez grande noche de pasión.
Sus
manos se restregaban con fuerza en mi espalda. Anhelaba que mi piel ficticia de
seda y algodón desaparecieran en ese mismo instante. Tímido y con sus mejillas
llenas de rubor tocaba de vez en cuando mi trasero. Cuanta cortedad había en
sus movimientos, torpes pero a la vez tan expertos. El afán por amarme y
quererme había quebrado la línea de su pena hacia mucho tiempo.
-
Amo – susurro mientras bajaba su mano hasta mi parte baja. Su cara estaba
llena de asombro al tocar mi sexo por sobre el pantalón negro de vestir que
llevaba puesto, sus ojos almendrados me miraban imploradores. ¿Por qué? Sabía
que no había necesidad de pedir permiso para hacer cuanto se le viniera en
gana, no había un limite para él, ni en esos momentos y quizás nunca.
Sus
labios conteniendo aquel delicioso néctar besaron mi rostro una vez más. Sentí
en ultima instancia su nariz refugiarse en el aroma de mi cabellera rubia. Besos
y más besos que parecían ser dados a la nada, pero sin embargo las finillas
hebras doradas lo recibían eran otorgados por mi pequeño amante. Bajo un poco
más, llevando el resto de su cuerpo consigo. Ahora sus besos los podía sentir
latentes en mi abdomen. La piel me quemaba, sus labios eran pequeñas bracitas
que dejaban un calor extraordinariamente violento.
A
esas alturas el pequeño angelito había logrado desfajarme la camisa que
llevaba puesto. Su lengua junto con el resto de su contenido recorría
vivazmente esa parte de mi cuerpo. Su pequeño líquido salival se quedaba
embadurnado en mi abdomen, de vez en cuando encontraba un agujero más profundo
como el de mi ombligo.
Sentía
mi rostro arder en felicidad. Su boca era exquisita en mi piel, sus manos recorrían
todo lo que podían tocar, desde pequeños mechones de mi cabellera, pasando por
mi pecho o yéndonos más extremosos, desde casi mi pantorrilla hasta llegar un
poco antes a mi entrepierna. Me calentaba en verdad, su pequeño cerebro estaba
deseoso por entregarse a la locura si fuese necesario y su corazón por darme
todo cuanto su alma deseara. ¡OH si! Mi pequeño hermoso, dadme todo de ti,
todo para que seas mío.
Su
pequeña cabeza al parecer cobriza salia de entre su escondite solo para sonreírme,
para demostrarme cuan bello era mi pequeño amor. Sus ojos estaban impregnados
en gozo y placer. Su cerebro estaba lleno de ideas listas para ser traspasadas a
la realidad. Un último beso sobre esa epidermis ficticia me fue otorgado en ese
preciso momento. Su boca majadera decidía continuar el camino que me llevaría
a la perdición.
Un
pequeño botón café oscuro seguido de un zipper le impidió el paso. Con
altanería y majestuosidad obtuvo librar aquellos insignificantes obstáculos,
su lengua vivaz ayudada por sus labios quitaron el botón del huequillo que
usurpaba, inmediatamente después para continuar con esa pequeña batalla, sus
labios se prendieron del pestillo del zipper el cual fue bajado lentamente. El
aliento de su boca y el desprendimiento de aire de sus fosas nasales dieron el
toque final a la batalla, siendo él el vencedor de tan elocuente situación.
Un
mar de tormentos se introdujo en mi ser al sentir sus labios sobre la base de mi
sexo, oprimía con fuerza y soltaba con destreza, solo era eso, la punta de mi
hombría. ¿Qué podía hacer con el resto? Todo cuanto quisiera, por supuesto.
Abrí mis ojos para observar el hueco que invadía su boca en forma de O, estaba
listo para sumergir el objeto dentro de su boca, para proporcionar el placer más
increíble – aparte de beber sangre – al portador de esa hombría.
Sentí
un pequeño instante antes, como su líquido salival caía sobre mi sexo,
recorriendo habidamente el resto de mi hombría. Caliente se sentía, como agua
en su punto de ebullición. ¡Oh! Dadme más pequeño mío, vez que tu amo
intenta no tomarte en este preciso momento y tu jugando como un gato con
astucia.
Mire
su gran sonrisa al momento en que su boca se llenaba de mi hombría. Mis dedos,
deseosos por tocar algo, jugaron con sus cabellos haciendo pequeños bucles con
ellos, intensificando los espirales que se ocasionaban innatamente.
Sacudidas
eléctricas una tras otra invadieron mi cuerpo. La punta del cabello más remoto
que se encontraba en mi melena era emborrachado por ese exquisito placer hasta
llegar a la punta de mi dedo gordo del pie. Su boca hacía estragos con mi
cuerpo, lo podía sentir tan latente, ese calor invadiendo todo mi cuerpo, el
movimiento experto de sus labios al son de la sonrisa, todo, todo el estaba
logrando enviarme a ese pequeño lugarcito en donde mis neuronas se embriagaban
y conocían el gozo del orgasmo.
Un
fuerte alarido salio de mi garganta hasta entonces un tanto callada. Mi cuerpo
deseoso expulso aquel líquido blanquecino en su boca. Mire extasiado como
absorbía con ansiedad el tal preciado líquido. Lamió y bebió cuanto pudo,
hasta el momento en que sintió que ya no podía conseguir más. Hasta ese
instante dejo en paz ese pequeño lugarcito.
-
Ven a mí – musite mientras abría mis brazos para que se acurrucara en ellos.
Podía sentir tan latente mi hombría sin flacidez alguna. Deseaba enterrarla en
su apreciable entrada. Su cuerpo se asió del mío nuevamente con una violencia,
un deseo escondido de no querer dejarme escapar.
Mire
sus labios, estaban enrojecidos, quizás por la fuerza ejercida en el acto o por
el simple placer de haber saboreado mi líquido. Sus mejillas estaban cubiertas
por el rojo carmesí de los rosales con tonalidades rúbeos. Sus cabellos
estaban humedecidos por el líquido que expiraba su cuerpo mortal. Todo en el
parecía tan bello.
-
Amo – parlo – Yo no quise ser
tan imprudente ¡Perdóname! –
¡Dios!
Que bello y tan indefenso se vio al decir aquellas palabras. ¿Qué podía
perdonarle? Nada. Con una suave sonrisa y un beso en su frente le negué todo
con la cabeza. No podía decir más. Tome sus manos entrelazándolas con las mías,
bese cada parte de sus dedos un tanto larguiruchos, hundí mi boca en ellos para
darles un mínimo del placer que el me había proporcionado.
De
sus dedos mi boca paso hasta su brazo hasta llegar a sus hombros y finalmente
hasta su cuello. Se veía tan exquisito el pasar la sangre por aquella vena tan
grande, pero me contuve. ¡No! Jamás tomaría sangre de su cuello, jamás la de
él. Saciarme con todos los tipos malos de Venecia era mejor que tomar de su
lindo cuerpo. Sople y bese con disimulo a mi mismo. Sentí sus manos aferradas a
mi camisa, sus dedos nuevamente como dagas sobre mi piel ficticia.
-
¡Amadeo! – susurre mientras mis manos corrían por su piel.
Una
música suave y melodiosa provino desde la puerta. Ese instrumento armónico era
el arpa de Riccardo. Los suaves tonos que salían arpados llegaban hasta mis oídos
enajenándome con el sabor de la música. Sonreí al igual que mi pequeño
querubín.
-
Toca para nosotros ¡Amo! -
Lo
sabía. No era difícil adivinar los pensamientos de Riccardo. Su suave voz, su
exquisita forma de ser, podía darlo todo sin querer nada a cambio. Ese era el
pequeñito que había encontrado en los barrios bajos de Venecia, ese niño con
hermosos ojos grandes y bellos, pestañas curveadas y sus cejas semi pobladas.
Muchas esperanzas tenía en el, debía ser grande, triunfar en la vida era lo
que le estaba destinado. Mis ojos se empezaron a cubrirse de lagrimas. ¡No! No
podía darme el lujo de llorar enfrente de el.
-
¿Te pertenezco Amo? -
¿Qué pregunta era aquella? Lo mire con interrogativa. Sus ojos hermosos
brillaban a través de las pequeñas flamas que inundaban la sala en forma de
velas en candelabros de oro y plata, distribuidos perfectamente por la gran
alcoba.
-
¡Amadeo! Mi niño – susurre. Mis labios buscaron los de el. Debía tomarlo
o...
Acerque
mis manos hasta su rostro acariciándolo y después mordisqueándolo. Suaves
gemidos comenzaron a salir de sus labios. Sus ojos se veían entrecerrados.
Estaba ansioso. Mis manos recorrieron su espalda hasta llegar a su cintura, se
volvieron delante de el con un movimiento rápido y un tanto anhelante. Mire sus
ojos entrecerrados al contacto de mi mano con su sexo, el rubor que parecía
haber disminuido en sus mejillas se intensificó con violencia.
-
¡Amo! – Exclamo al sentir que se perdía entre mis cabellos mientras su boca
buscaba desesperadamente algo que besar, algo que morder y en ello cayo mi
cuello. Su
lengua se asía con fuerza en los pequeños mechones que tomaba su boca de vez
en cuando, me jalaba con fuerza mientras el contacto de mi mano con su miembro
era un tanto más brusco.
Sus
manitas comenzaron a moverse descontroladamente por todo mi cuerpo, sus
movimientos de vez en cuando directos otro tanto absurdos y sin meta. Finalmente
llegaron a un punto, comenzaron a desabotonar la camisa que llevaba puesta, uno
a uno fue quitando con cierta temerosidad. Al llegar hasta el ultimo la abrió,
comenzó a bajar la manga por mi brazo izquierdo y con cierta dificultad lo hizo
con el derecho, en el cual me encontraba recargado.
Había logrado dejarme completamente desnudo y el vestido.
Sus
labios impertinentes comenzaron a recorrerme el pecho hasta llegar a mis
pezones. Lamió y mordió con ternura y fiereza. Lo único que podía pronunciar
eran suaves y retardados gemidos que lograban salir de mi boca. Me tenía
completamente acorralado, parecía una oveja cercada por un lobo. Un pequeño y
hermoso lobo de pelo castaño claro enrulado con sus ojos cobrizos, su piel
blanca y su cuerpo delgado pero fornido. ¡Precioso! Mi Amadeo era realmente
hermoso. No podía negarme a que me hiciera cuanto quisiera. Ahora era su pequeña
y gran oportunidad de hacerme lo que deseara.
Deje
en paz lo que le estaba haciendo, ahora mi objetivo era quitarle su ropa tal
cual como el lo había echo. Con suaves movimientos arrebate la camisa de su
pecho, con pequeños contactos de mis pies sobre sus piernas logre bajar por
completo el pantalón negro que llevaba puesto. Quedaban solo la pequeña piel
blanca que cubría su sexo en forma de calzones. Lleve mi mano hasta ellos y los
baje cuidadosamente al igual que hice con sus pantalones metí un pie en medio
de sus piernas para terminar de bajarlos.
Ahora
estábamos iguales, los dos desnudos.
Un
pequeño brillo salió de sus ojos, como cazador a su presa se echo
completamente a mi. Encima quedo su cuerpo del mío. Sus labios hambrientos
comenzaron a recorrerme el pecho hasta llegar nuevamente a mi entrepierna. A
diferencia de la ultima vez solo lo mordisqueo y
masajeo con su lengua pero no más, su objetivo era otro.
Con
sumo cuidado abrió mis piernas, sabía que era lo que deseaba, su lengua llego
más haya de mis testículos. Sentí como sus manos levantaban suavemente mis
piernas, una pequeña curva era lo que hacia mi abdomen y mis piernas. Cerré
los ojos y espere su intromisión.
-
¡Ah! Amadeo – susurre mientras enterraba mis dedos en su cabellera, jugué
con ella como si fuera un principiante, un niñito.
Sentía
su lengua en mi entrada. La carnosidad palpando cada milímetro de mi ano.
Entraba y salía con cierta fuerza, con tanto aprecio. Lograba sentir como
sumergía su rostro lo más que podía para que su lengua llegara mucho más
lejos. Conseguía barruntar de hacerme soñar, llevarme poco a poco a ese éxtasis
apreciable. Mi pequeño ángel hermoso parecido a un demonio.
La
música del arpa sonaba con mayor intensidad. Riccardo estaba empezando a
subliminarme igual. Con sus dedos recorriendo las cuerdas del arpa, parecía
como si el que las estuviese tocando fuese yo. Con esa delicadeza y entrega,
ambos, estaban logrando llevarme a ese éxtasis.
-
¡Perdóname! – Volví a escuchar de sus labios de repente. Abrí mis ojos
para mirar como lloraba, su rostro estaba bañado en lagrimas.
-
¿Por qué? – Pregunte mientras acercaba mi mano para acariciar su rostro y no
dejar evidencia alguna de sus lagrimas. - ¿Qué he de perdonarte mi pequeño
Amadeo? –
-
Soy imprudente Amo, lo sabes, no... yo no.... – Mis dedos se acercaron a sus
labios para tapar las palabras que no deseaba escuchar. Si en efecto era la
primera vez que lo hacía y ¿Qué?. Podía darme el lujo de sentir sus labios.
Impertinentes
eran mis pensamientos, pero a esas alturas solo pensaba en él. Sus movimientos
suaves, feroces, salvajes y llenos de amor aparecían en mi mente y dentro de mi
corazón, el órgano central que recibía la sangre que tomaba de mis victimas y
que hasta ese momento no sentía la necesidad de beber, al menos no estando con
él, recostados en nuestra alcoba, seduciéndome el con sus lentos movimientos y
hasta tiempo antes tomando mi entrada con su lengua.
-
Ven... – susurre, arrastrando mis palabras lo más seductoramente posible –
Sumérgete – Empezó a negarlo todo. - ¡Amadeo! ¡Hazlo! – sus ojos se bañaron
en lagrimas nuevamente. Una tras otra comenzó a salir cayendo a mis piernas que
aún tenía entre sus brazos.
-
No puedes pedirme eso... yo... no.... – Sonreí al mirar como sus labios se
movían tontamente, tartamudeando era lo que estaba haciendo.
Le
sonreí. No iba a tener un No como respuesta. Levante mi cuerpo y con mis manos
avente el suyo a la colcha blanca. Fiereza había en mis ojos por su negativa.
Estoy casi seguro que imagino lo peor. Sin embargo, no esperaba lo que estaba a
punto de hacer. Su miembro estaba erecto, solo faltaban unos cuantos toques más.
Acerque mi boca hasta el, masaje con movimientos suaves pero directos, podía
escuchar sus gemidos intensificándose a cada momento.
¡Amadeo!
Mi hermoso Amadeo. ¿Qué podía desear estando a su lado? El llenaba mi corazón
de alegría, el amor que siento por el es único. Diferente, claro esta al de mi
querida esposa Pandora.
¡Oh!
Dios. Lo amo tanto. Incluso aprendí frases que en mi vocabulario no estaban.
Dios. Recuerdo que el lo decía mucho, de sus labios salía: Dios, señor,
cristo, padre. Curioso. Ahora solo por recordarlo sale de mi más de una vez, o
al menos en esta narración ha salido muchas veces, sin siquiera sentirlo
realmente, solo por imaginármelo a él.
-
¿Por qué no has hecho caso? – pregunte mientras miraba sus ojos. Estaban
entrecerrados, unas lagrimas salían de su rostro. Dulce. Era verdaderamente
maravilloso tenerlo así. Lo amo tanto, sus ojos, su boca, todo de él.
-
No puedo hacer lo que me pides amo – musito. Le sonreí.
-
¿Estas seguro? – su mirada tenía cierto terror en sus ojos. No podía negar
que yo también lo sentía. Sería la primera vez que lo haría. Su primera vez
igual.
Una
de mis manos cubrió sus ojos, no deseaba que mirara lo que estaba a punto de
hacer, no al menos hasta que terminara mi obra.
Cuando
estuve listo lo hice. Baje mi entrada hasta su miembro. Me había acomodado de
tal forma que su sexo tocara mi ano, y ahí estaba, bajando poco a poco para que
me tomara, aún a costa de sus propios deseos. Mire su rostro, estaba bañado en
rubor carmesí y el agüita que desprendían sus ojos amontonándose en mis
dedos que aún seguían tapando sus ojos. Sus labios estaban presionados, pude
observar como la sangre salió de ellos. ¡Dios! Se veía adorable. Faltaba un
poco más para que mi entrada cubriera del todo su miembro.
En
ese lapso de tiempo imagine todo. ¿Qué podía estar sintiendo el? Era la
primera vez que lo hacíamos de esta forma. Yo siempre lo tomaba y ahora por
culpa de sus manos y sus labios me obligaba a hacer esto.
Un
pequeño movimiento surgido de mis caderas hicieron que un alarido apareciera en
su boca. Estaba echo, lo tenía como lo deseaba, me tenía como siempre había
soñado, pero por respeto a si mismo y a mi no lo había echo.
-
¿Por qué? – pregunto cuando mi mano dejo de invadir sus ojos. Mis caderas se
movían y sus labios se empañaban por más sangre. Acerque mi boca hasta el y
lamí su sangre. Espesa y suculenta. Absorbí cuanto pude, o al menos lo que había.
-
Se que lo deseabas – susurre en su odio – Solo déjame cumplirte un pequeño
deseo – sus manos se asieron en mi espalda con fuerza.
-
Amo.... Marius..... –
Un
fuerte movimiento de su cuerpo logro lo inimaginable. Ahora habíamos cambiado
de posición. Su cuerpo estaba encima del mío y yo recostado en aquella colcha,
la única testigo de nuestra noche de pasión.
Con
fiereza y salvajismo tomo mis piernas. Podía observar en sus ojos miles de
sentimientos guardados. “¡Tomadlo ahora que puedes!” parecía la frase
impregnada en todo su cuerpo, junto con algunas más “¡Sumergidse en el! ¡Amadlo
cuanto desees! ¡Besadlo y adoradlo!”.
De
mi boca lograba sacar miles de alaridos fuertes e intensos. Su miembro entraba y
salía descontrolado por mi entrada. Mis manos tomaban su espalda con cierta
livianaza, de vez en cuando me daba el lujo de jugar con sus cabellos que se
mezclaban con los míos, pero más me gustaba mirarlo. Joven y hermoso, con las
gotas que expiraba su cuerpo caer en mi cuerpo.
Tenía
cerrados sus ojos, lo disfrutaba, lo se. Yo lo hacía cuando lo tomaba ¿Por qué
el no lo iba a sentir igual o quizás más intenso que yo?
-
Marius... – musitó con tono soberbio – Eres mío ahora – Fuego fue lo que
vi en sus ojos en esos momentos. El demonio en persona pensé al escuchar sus
palabras, que más que enojarme me dieron satisfacción.
-
Siempre lo he sido – conteste. Un brote en lagrimas cayo sobre mi rostro.
Lloraba, de felicidad supuse.
Sus
manos aferraron más mis piernas, sus embestidas fueron más salvajes y sus
labios buscaron desesperadamente los míos. Un beso tras otro, fuerte y dulce
recibieron mis labios.
-
¡Ah! Marius... – grito al tiempo en que su espalda se arqueaba con fuerza.
Sus pezones se veían erectos y su piel transpiraba con fuerza a la par que veía
como parecía que el corazón saltaría de su lugar.
El
fuerte orgasmo lo había alcanzado. Estaba respirando con fuerza mientras las
lagrimas incontenibles salían de su rostro. No podía más. Estaba exhausto.
Dejo caer su cuerpo sobre el mío, yo recibiéndolo con los brazos abiertos.
-
¡Perdóname! – dijo entre lloriqueos intensos – No... no debí.... yo
estaba... yo quería.... yo... – Una pequeña risita salió de mis labios.
Levanto el rostro que estaba pegado contra mi pecho y me miro confundido.
-
No me mires así, yo deseaba que lo sintieras pequeño mío... en verdad, no
tengo nada que perdonarte – Una pequeña risita volvió a salir de mis labios.
La imagen de su cuerpo desnudo al momento en que el cúmulos del éxtasis lo había
alcanzado aún estaba grabada en mi mente.
-
¡Amo! – exclamo mientras se acurrucaba con más fuerza sobre mi pecho. Me
abrazo con fuerza mientras intentaba sacar su miembro de mi entrada. No lo deje.
La
noche entera me tomo, me hizo cuanto quiso, me amo y me hizo suyo más de lo que
cualquier ser humano ordinario podía. Se que lo deseaba, su corazón mortal le
daba fuerzas para hacerme lo que quisiese. Esa noche fue completamente suya. Yo
Marius me entregaba a el sin pena ni remordimiento alguno.
Una
risotada enorme invadió el lugar en esos momentos.
-
¡Amadeo! – susurre mientras súbitamente alejaba mi cuerpo de la ventana –
Dejarme morir por ti o vivir por ti – musite mientras mis pies me conducían
lentamente hasta el ataúd que aguardaría mis sueños – Una vez más lo has
logrado pequeño mío, viviré por ti... el deseo de estar nuevamente a tu lado
aunque fuese unos cuantos minutos para mirar tu rostro es lo que ha hecho que me
deshaga de mi lecho de muerte, esto es lo que has provocado amor mío...
-
La
bola amarilla, empiezo a tocar la veranda mientras mi cuerpo se refugia en el
ataúd.
Amante
mía. No deberéis temed más por mí. Mi sueño suicida se ha fulminado en el
momento en que he recordado. Tu fuiste testigo que esa hermosa noche de pasión
como en otras tantas. Imaginad entonces en que no me rendiré hasta encontrarlo,
miradlo y sabed que esta bien. Y si es necesario presentadme de nuevo ante el.
Santino
no lo matara. Lo se. Querrá hacerlo uno de los suyos, no le quedara otra opción.
¡Ah!
Mi hermoso Amadeo. Algún día tu y yo volveremos a estar juntos, y
entonces...... Imaginad
luna mía lo que podremos hacer.
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Nota
de la autora:
Que
linddddddddoooooooooooooo......
¡Je!
Como verán no me pude resistir a no dejar de hacer mis fics de vampiritos. ¡Jajajajajajaja!
Este
fic va dedicado a mi querida y linda dulcecito Vale. Aunque ahora que recuerdo,
prometí no hacerte ningún fic hasta que terminaras el tuyo.,... ¡hmmm! Pero
esta vez lo hice por una pequeña razón: Con esto se comprueba que Armand NO ES
UKE. O.K.
Además,
yo tengo el papel de Marius, ¡jejejejejejejejejejejeje! Por lo tanto Marius
dice que Armand no es Uke. ¿Quieren más pruebas?
Vale,
dulcecito espero que te guste. ¿Ves como si te quiero y te defiendo?
Muchos
besos.
Te
quiero mucho.
Alex
P.D.
Sugerencias, mentadas o algo más a slamdk_00@yahoo.com
P.D.
2. Antes de que se me olvide. Debo hacer hincapié en algo muy especial: Yo
sinceramente no se que pasa con Marius en ese transcurso, es decir, cuando se
quema la casa de Venecia y Armand es raptado por Santino o hijos de las
tinieblas... en el libro de Armand hay una referencia en que según Marius puede
que haya echo de Bianca una vampiro y lo haya ayudado, eso me lo salte, porque
no se sabe, lo que si se es que Marius llegaba con los padres, lo que
quiero decir es que todo esto es una suposición, al igual claro que la escena
de cama =P, me quedo linda no =), bueno ya.....
según esta explicado en el libro: gold and blood (o al revés) que habla
acerca de Marius, bueno pues se supone que ahí debe estar aclarado todo esto,
por si lo leen (porque yo no lo he ni siquiera conseguido) y viene algo de eso
pues sacan sus conclusiones, como dije esto es idea mía.
P.D.3.
Otra aclaración, se supone que los vampiros no tienen sexo, al cuerno, eso no
funciona conmigo, ¡jejejejejejejejeje!
Mayo
11, 2003