"En
un sueño"
Basado en la saga de vampiros de Anne Rice
Armand x Marius
By Alex
La noche ha sido larga, mucho más de la que puedo recordar alguna, estoy nervioso y me siento demasiado ansioso por lo sucedido hace algunas horas. Aún siento temblequear mi corazón y mis entrañas se retuercen por lo mismo.
Para ser sinceros me encontraba indeciso en si debía o no escribir estos pequeños párrafos de mis últimos sucesos, pensé que no valdría la pena. Pero después de meditarlo detenidamente tengo un bolígrafo Steiler en mi mano, unas hojas blancas que he tomado sin pedir permiso a mi Amo del pequeño escritorio en el cual me encuentro y veo como mi mano se mueve al compás de las palabras que voy formando.
A decir verdad, no estoy del todo seguro en poner estas líneas en mi libro dedicado a mi querida Sybelle y a mi hermoso Benjamín, pero si estoy conciente en que quiero leer las líneas para mi mismo y recordar cada detalle, aunque se que es imposible que me olvide de tal suceso, pero deseo acordarme.
Habían pasado tres días desde que Lestat había llegado a la mansión de Nuevo Orleáns de mi Amo y me había pedido que Sybelle tocara la Appassionata para el. El se había quedado en la misma posición de cuando entro, cerca del piano, con sus rodillas flexionadas y su cabeza apoyada en sus brazos. Sus ojos azules de vez en cuando se abrían pero casi siempre se encontraban cerradas. Su rostro se encontraba casi intacto, terso y suave como siempre, sus cabellos rubios enmaliñados caían desorientadamente en sus mejillas formándose pequeños bucles que relucían al traspasar algún tipo de luz por ellos.
La mayoría de nosotros nos encontrábamos mirando la escena estupefactos. Mirando quizás con cierta morbosidad al vampiro que había bebido la sangre de Señor. Al grandioso Lestat.
El cuarto en el que nos encontrábamos nos permitió quedarnos a su lado sin tener la menor intención de movernos si quiera por el día, las cortinas satinadas de rojo terciopelo y quizás alguna tela más que sea de mi desconocimiento absorbían por completo los rayos del sol, teniendo como única fuente de luz una pequeña lámpara italiana que destellaba suaves tonos.
Incluso Gabrielle estaba en el salón acompañándonos, en una esquina imitando la misma posición que su hijo, mirándolo quizás con cierto rencor por no haberle permitido acercarse en su lecho de muerte. De vez en cuando sentía su mirada, quizás con recelo por haber sido yo el que se acerco a el, por haber sido yo el que bebió de su sangre y por que no, por haber sido yo el que lo había sacado de su sueño eterno.
Pero yo sabía que en el corazón de Gabrielle las palabras rencor y recelo no existían. Por lo que había observado de ella y por lo que alguna vez pude leer en la mente de Lestat, ella en su vida mortal había demostrado la misma insensibilidad que ahora. La diferencia esta, en que en su vida inmortal se había vuelto más frívola.
Mi querido Benji saltaba de felicidad a lado Lestat. En el primer instante que lo hizo hubo una gran tensión, pero al observar que Lestat no le daba menor importancia, nosotros tampoco.
Lo único que no alcanzaba a entender era porque lo hacia Benji ¿acaso quería animar al vampiro que a su parecer le era misterioso? O ¿simplemente lo hacía por la felicidad que le producía la vida inmortal? No lo sabía. Lo mire toda una noche. Aquel chiquillo ahora con su tabaco en la boca, simplemente por el mero placer de tenerlo, que me había cautivado desde mis sueños etéreos, ¡El! Estaba ahí, intentado hacer quien sabe que cosa con Lestat. Finalmente desistí de observarlo.
Seguí observando en la sala. Ahora mi mirada era para mi amada Sybelle. ¡Ah! Que hermoso es escuchar la Appassionata . Los sonidos graves y agudos que salen del piano se mezclan indudablemente con sus hermosos dedos que los provocan. La amo. De eso no hay la menor duda. La quiero conmigo, yo se que ella y Benji siempre estarán conmigo en mi más largo camino, en la eternidad entera.
El propio Marius lo había dicho, debía aceptarlo, ellos me amaban más ahora que nunca, y yo se que me odiaban por no convertirlos en lo que soy. ¿Pero cómo hacerlo? Si yo mismo estuve renuente de mi propia existencia. Además después de Daniel jure que a nadie más lo convertiría en un ser inmortal.
En un pequeño sofá, se encontraba mi amado Louis en compañía de David Talbot ¿Qué clase de conversación podrían tener esos dos? Era más que obvio. Louis había sido la creación de Lestat y David hacía sido la compañía de Lestat por varios años. Quizás hablaban del principal tema de conversación de esos últimos días o simplemente era una mera coincidencia caprichosa del destino en unir a esos dos seres que lo amaban y lo adoraban. Aunque era por bien sabido que Lestat y Louis no se soportaban.
Mirándolos a los dos, me causaban cierta envidia. Pero mi visión estaba enfocada a Louis. ¿Qué esperaba Lestat de el? ¿Qué esperaba Louis de Lestat? ¿Se amaban? O ¿Simplemente era alguna especie de vinculo irrompible? Quizás Lestat muy en el fondo de su alma adoraba a Louis y viceversa, quizás no. Lo único cierto es que había un sentimiento de por medio el cual yo desconocía el significado.
De vez en cuando Louis me sonreía. Debí ser demasiado obvio mirándolos. Su bellos ojos castaños oscuros, su pelo renegrido y lacio aún me fascinaban. Pero ya no lo amaba. Era solo eso atracción física, no más. Aún así, siento por el la misma fascinación que por todos los de mi especie. No se si sea ilógico decir esto, pero creo que los vampiros se aman entre todos simplemente por ser vampiros.
Seguí observando más en la sala y mi mirada se poso en la hermosa Pandora. Una mujer demasiado bella. Sus hermosos cabellos ondulados y castaños, sus hermosos ojos marrones y que decir de su bella figura. Una inteligencia sin igual y su carácter fuerte la hacen sumamente atractiva.
Nuevamente mi mirada se enfoco en mis dos pequeños vampiros. Sybelle y Benji. Aún me sentía enojado y molesto con mi Amo por lo que había hecho. No tenía ningún derecho para haber decidido por mi. Pero... ¿cómo reprocharle algo? Si yo lo adoraba y me encontraba rebozante de felicidad por haberlo visto una vez más.
Lo amo. Amo a Marius con un sentimiento completamente diferente como amo a mis niños. A mi Amo le tengo respeto, le debo mi vida inmortal, aunque muchas veces lo odie por esto. Su mirada profunda y sus pequeños labios aún me hacen sentir miles de emociones dentro de mi cuerpo. Recordar mis años en Venecia me pone melancólico, triste. Debo parecer un tonto tratando de añorar situaciones que quizás jamás vuelvan a ocurrir en mi vida. Y una de ellas es estar con el. Con mi Amo. Con Marius el hijo de los milenios.
Pensando en el trate de buscarlo, no lo encontré. Entonces me levante de mi cómodo asiento, un sillón finamente forrado de cuero negro y tan suave que seguramente debía tener plumas en el interior de este. Recorrí la sala con las miradas fijas en mi cuerpo, incluyendo la de mis dos pequeños. Sin embargo Sybelle no dejo de tocar su Appassionata simplemente dejo que sus dedos resbalaran por las teclas del piano al voltear solo un instante y aventarme una fugaz mirada.
– Amor mío cuídate mucho.... - Fue un pensamiento fugaz que me llego de su mente. Me detuve un instante al pasar cerca del piano, acerque mi labios y le deposite un suave beso en los labios. Después tome entre mis brazos a mi adorado Benji quien no perdía la oportunidad en cubrir de besos mi rostro. Yo simplemente me limitaba a sonreír.
Al dejar al pequeño Benji en el suelo mire para otro lado. ¡Lestat!. Ahí estaba el, aún con su mirada perdida y sus ojos entrecerrados, su boca mezquina haciendo juego con sus ojos. Sus bucles dorados resbalando por su rostro. Me invadió el deseo de poder consolarlo, tomarlo entre mis brazos y decirle que jamás le sucedería algo. Nunca más volvería a sufrir lo que le estaba pasando ahora. Simplemente que se dejara amar por mi. Una vez más le suplicaría por que estuviera a mi lado. Pero me contuve. No era el momento indicado, quizás después.
Seguí mi camino y me tope con Gabrielle bloqueándome la salida. Me detuve y la mire. Ella, una mujer tan fría como hielo, insensible podríamos decir. Tomo mis hombros con sus manos y con un ligero movimiento sentí su cuerpo estrecharse contra el mío.
- ¡Armand! Me encuentro muy feliz por saber que te encuentras bien y has regresado – se detuvo unos minutos, lo que me dio tiempo de mirarle los ojos azul profundo. Que parecido tan cruel tenía con Lestat. Sus cabellos igual de enrulados como los de su hijo. Ni quien negara que eran madre e hijo.
- También debo agradecerte que hayas logrado levantar a mi hijo de su lecho de muerte – Sus palabras las tenía retumbando en mi mente. Una y otra vez. ¿Agradecimiento? Yo más bien pensaba que sentía aborrecimiento y reproche para conmigo, porque yo había logrado lo que ella no pudo hacer. Sin embargo me encontraba equivocado. Las miradas que intercambiamos unas horas antes las había interpretado mal. Quizás lo que ella trataba de conseguir con mirarme de esa manera era tratar de agradecerme lo que había hecho por su hijo. Al ver que no había logrado su cometido había hecho un acto desesperado, obligándola a levantarse de su lugar y conducir su cuerpo hasta el mío.
Incluso los vampiros más misteriosos y hasta cierto punto predecibles por sus actos, pueden, de vez en cuando salir de su rutina y asombrarnos a todos con sus actos de fe y bondad.
Seguí mi camino. Recorrí cada lugar de aquella mansión. Todo estaba finamente decorado. Al puro estilo de mi Amo. Recordaba que le gustaba que se pusiera en la mansión de Venecia lo más hermoso que había en todo Italia. Finas telas decorando las paredes en forma de cortinas, suaves tejidos cubriendo las mesas en forma de manteles bordados con finos estambres e hilos de seda, majestuosos floreros traídos de muchas partes del mundo. Hermosas flores aromatizando el aroma del lugar, rosas, claveles, margaritas, lirios. Todo lo que estuviera a su alcance lo deseaba, se regocijaba con ello y a la vez daba un aire de tranquilidad a su hogar.
Recorrí un gran pasillo con hermosas pinturas. ¿Cómo no recordarlas? Eran obras de arte de grandes pintores como Van Goh, la maja desnuda de Goya, Leda y el cisne de Da Vinci y casi al final de este me encontré con una hermosa pintura de Buda de autor desconocido.
La pintura era una obra maestra, un Buda representado en un bajorrelieve del arte de Gandhara, tenía grabada en la palma de la mano derecha la figura de una rueda, y se encontraba parado delante de un altar. Los colores vivos y majestuosos que utilizaban se comparaban con la clara del huevo mezclado que alguna vez utilice para pintar al Señor.
Impetuosamente abrí la puerta de la alcoba. Era una hermosa biblioteca. Los libreros de maderas preciosas, quizás cedro o caoba u ambas. No lo sabía con certeza, pero los gemelos que adornaban toda la sala se veían espectaculares. Finos grabados en la parte posterior y suaves tallados en toda la estructura. Indudablemente una obra maestra de librero. Seguramente lo había conseguido un siglo atrás, puesto que jamás había visto un par de libreros de esa índole por aquellas épocas. Ahora todo era de metal recubierto con finos cristales y adornos que para mi parecer no son más que chatarra sin sentido alguno.
Hemos llegado a la época en la que al mundo le conviene lo "duradero" pero a ¿qué precio? Acaso realmente un pequeño artefacto llamado calculadora nos sirve de algo. O simplemente es un instrumento innecesario. A mi parecer se pierde el efecto de calcular hábilmente con la mente, en cambio apretar dos , tres botones para que te de un resultado se me hace insulso.
O que decir de las computadoras que hoy en día vuelve locas a las personas. Estar sentado enfrente de ellas, escribiendo, leyendo o jugando se me hace una perdida de tiempo absoluta. Pero ¿quién soy yo para juzgar el rumbo de la humanidad?
Me acerque a los gemelos que se encontraban a lado de un gran ventanal. Observe delicadamente cada detalle, cada fino trazo que se hizo con el cincel y la lija. Se veía realmente espectacular, el barnizado fue hecho diría yo, con pinceles y no con gruesas brochas como se acostumbraba por aquellos años.
Al pararme frente a el, observe unos pequeños Ángeles en las esquinas superiores y unos diablillos en las esquinas inferiores. Los gemelos hablaban del cielo y del infierno, de la historia de Dios y el ángel más hermoso de su rebaño volviéndose contra su Amo. Y Dios en un intento desesperado, desterrándolo del paraíso, teniendo como resultado final al propio Demonio. ¡Ah! Que ángel más hermoso, que diablo más divino.
Seguí curioseando y algo más llamo mi atención. En una esquina se encontraba un gran cristal con varios peces por dentro. Me acerque algo aturdido y lleno de emoción por poder observar semejante maravilla. Entonces vi que era un cristal de forma rectangular con agua en su interior, llevando la vida submarina por dentro. Que hermosa maravilla. Una pecera en la casa de mi Amo. Peces dorados y japoneses con ojos saltones adornaban la pecera grande y majestuosa. Estaba maravillado.
Las orbitas de mis ojos se cruzaron con unas saltonas y de color marrón oscuro. Trate de descifrar que es lo que pasaba por la mente de aquel pez japonés. Obvio no tuve respuesta alguna, sin embargo mi fascinación era más de lo que me había esperado. Sin duda había observado miles de veces una pecera y de mayores dimensiones, sin embargo esta, por alguna extraña razón me causaba una sensación embelesante y unos deseos inmensos de observarla por la eternidad entera.
El suave y seductor movimiento de las aletas, me envolvía en un curioso pasaje a lo desconocido. El brillo inmaculado de su piel resaltaba sus hermosos ojos marrones. Baje un poco más la vista y me concentre en el paisaje inmovible. En los corales que desprendían colores imperceptibles para algún mortal, pero para mi era una dicha que iluminaba mis ojos. Las pequeñas algas que se movían con el suave torrente que desprendían los peces al mover sus pequeñas aletas.
Aquella flora y fauna me habían dejado completamente cautivado. Lo único que sonaba en aquella habitación era el suave fluido del aire que entraba por el gran ventanal y la pequeña bomba de aire que se encontraba en las afueras de la gran pecera.
Toque el frío vidrio con la yema de mis dedos intentando tocar un poco más haya, tratando de que mi mano guiara a los pequeños pescaditos que parecían sentir mi presencia, sin embargo, yo sabía que eso era imposible, pero de alguna manera me sentía hechizado por sus fantásticos colores y sus místicos movimientos. Los seres que habitan la tierra aparte de los seres humanos y claro los inmortales, son extraordinariamente increíbles y tan cautivadores que muchas veces con el mero hecho de verles me he quedado embelesado durante horas.
Ahora entiendo porque a Gabrielle le fascina tanto la vida salvaje. Convivir con animales y simplemente vivir de lo que la naturaleza nos ha dado, es algo verdaderamente hermoso. Quizá en algún futuro, yo haga lo mismo que ella.
El correr del tiempo en Nueva Orleáns era asombroso. Sin embargo, no pasaba de la media noche, mis tímpanos aún se encontraban cautivados por el sonido de la Appassionata y realmente era lo único que me volvía a mi realidad, ya que, de no ser por aquella hermosa melodía yo me hubiera quedado cubierto en la fantasía de ver como nadaban y aleteaban esos pececillos.
Pronto mi vista fue envuelto por otra maravilla. Me acerque un poco a la esquina contigua de la pecera. Mis ojos no podían creer lo que estaba viendo en esos momentos, me acerque un poco más para cerciorarme de que mi vista no me engañaba y realmente estaba viendo algo hermoso y bello, como aquel fresco que pinte cuando era solo un niño y por la cual me habían raptado y gracias a ello había llegado a las manos de mi Amo.
No lo podía creer. Era la misma. Y si no lo era, la copia era perfecta. De algo estaba seguro, aquel lienzo había sido trazado por mi, con la clara del huevo revuelto y con los pinceles viejos y gastados que utilizaba. Mire los ojos del Señor, era como si me observaran fijamente, como si su mirada penetrante y a la vez suave fuera dedicaba a mi únicamente.
Me envolví en un sollozo incontrolable, no se que me daba más pena, si ver la pintura o saber que mi Amo la había conseguido de quien sabe donde y la había colocado en aquella sala. ¿Con qué objeto? Recordarme quizás, era algo que si tenía la oportunidad de preguntar, simplemente no lo haría.
Mi llanto fue cada vez más fuerte, no podía suprimirlo de ninguna manera. Me acerque más y más hasta que no pude atravesar el lienzo. Mi rostro se pego al del Señor y sentí la suave pintura que se pegaba a mis mejillas. Con mis dedos empecé a delinear las pequeñas curvas que había trazado finamente cuando niño. Sentía como las gotas de mi sollozo caían por el lienzo, me aterre por el hecho de mancharlo de sangre, pero observe que estas simplemente se le derramaban sin dejar rastro alguno. Debí suponer que el Amo lo había recubierto con algún tipo de laca para evitar su maltrato y retrasar la vida de la pintura en la tierra.
Sentí una suave mano que me tomaba por los hombros. Sabía de quien era, pues el suave aroma de su piel y de su gran melena rubia me lo delataba. Volví hacía el, sin contenerme me eche en sus brazos y rompí en un llanto aún más desgarrador. No sabía porque mi actitud, lo único que deseaba era reconfortarme en aquellos brazos.
Sus manos suaves comenzaron a frotar mi cabellera castaño clara, los rulos que se formaban desaparecían entre sus dedos. Me sentí hechizado. La atracción para con el no se había extinguido y creo que jamás pasara aquello.
Deseaba escuchar el suave tono de su voz, quería que me dedicara unas cuantas palabras, de lo que fuera, pero lo deseaba. Era la primera vez que nos encontrábamos solos después de aquella discusión que habíamos tenido días atrás en el jardín de la mansión.
- Perdóname, pero es algo que si no hacía me lo iba a reprochar por el resto de la eternidad
Alce la mirada y me tope con sus ojos azules, ¡Ah! Que hermosos. Parecían dos hermosas canicas azules incrustadas con el más mínimo detalle dentro de aquellas cuencas.
Mis dedos torpes y temblorosos comenzaron a recorrer su rostro, pensé que aquello no se me iba a permitir hacerlo una vez más, pero estaba equivocado, estaba gozando del contacto de su piel con la mía.
- ¡Armand! – Exclamo firme y suave a la vez. Deseaba decirme algo, lo se, quería seguir disculpándose por lo sucedido con Benji y Sybelle, pero a la vez estaba deseoso de convencerme de que lo que había hecho fue por amor hacía mi y que en el desesperado intento de evitar que mi eternidad la pasara solo a raíz de todo lo que me había sucedido, les había dotado de su sangre y convertidos en seres bebedores de sangre al igual que yo.
- Armand.... yoooo..... – Impulsivamente mis dedos se posaron en sus labios. Que impetuosidad la mía de haber obrado de aquella manera, sin embargo, no deseaba seguir escuchando nada acerca del tema. Estaba resignado, pero no convencido.
De todas formas, yo a mi Amo le perdonaría todo, absolutamente todo, el tiene el mismo poder sobre mi de cuando yo era un mortal. No había cambiado nada de ese chico impetuoso y renegado que vivía en Venecia con el, y aguardaba desesperado la llegada del Amo.
- No deseo hablar más de eso – Canturrie mientras me aferraba más a sus pectorales y ahora cruzaba mis brazos en torno a su espalda.
¡Ah! Que sensación más divina. Sentir el aire caliente que emanaba de sus fosas nasales rodeándome mi cuello era algo encantador.
De pronto me encontré envuelto en la necesidad de saborear ese líquido espeso y viscoso. Deseaba tomar la sangre de mi amo una vez más. Quería beber de el. Iban tres noches en que no me alimentaba, parecía ser como si la sangre que había bebido de Lestat y del humano gordo de esa noche me hubiesen saciado, pero ahora resurgía en mi la necesidad de beber sangre y que mejor que la de el.
Sentí como mis colmillos rozaban mis labios y deseaban posarse en el cuello de mi Amo para saborear el exquisito sabor de la sangre. Sentir el sabor metálico que recorría mis entrañas para llenarme de vida y recobrar mis fuerzas perdidas, en caso de haberlas perdidos.
Abruptamente me separe de el, aunque no había conexión mental entre el y yo, sabía que el podía percibir lo que me estaba sucediendo. Retrocedí unos cuantos pasos hasta chocar con el cristal de la gran pecera. Me gire y observe a los pececillos recorrer los escasos dos metros de su hogar.
Nuevamente sentí su mano en mi hombro pero esta vez no me voltee.
- ¡Armand! Mi querido hijo. Mi pequeño y gran amor.
Algo no estaba del todo bien en aquella habitación. La voz se le estaba extinguiendo con cada palabra y aquella oración estoy seguro de que quería ofrecerme algo más.
Me gire nuevamente y me sentí horrorizado al presenciar aquello. Mi amo, el gran Marius estaba bañado en sangre, su rostro estaba humedecido y rojizo.
- Amo – Susurre mientras rodeaba su cuello con mis manos. Me acerque en un movimiento rápido hasta que mis labios tocaron su rostro, mi lengua salio de su lugar y comenzó a recorrerle la cara, absorbiendo cualquier rastro de aquel preciado líquido.
Pronto mis besos dejaron su rostro y comenzaron a recorrerle el cuello. Ahora más que nunca deseaba beber de su sangre. La había probado y su sabor era exquisita. No había tenido esa oportunidad desde que el me había convertido en un vampiro. Pero ¿a qué sabría su sangre después de tantos siglos? No tarde en comprobarlo. Mis colmillos se hundieron en su blanquecina piel y sentí el brote de la sangre que emanaba a borbotones traspasando de mi boca hasta llegar a mi torrente sanguíneo.
Bebí lo más que pude, la saboree y me introduje en un extraño delirio. Lo solté más que nada porque la cabeza me empezó a dar vueltas y me sentía fuera de lugar. Lo único que supe fue que el me había tomado en sus brazos.
Mi mente comenzó a arrebatarme la cordura. Me remonte a un día cualquiera junto a mi querido Riccardo. Aún era un mortal y nos encontrábamos por las calles de la hermosa Venencia. El me había propuesto que viajáramos en una góndola, que el la pagaría gustoso por saber que yo me encontraba bien. Yo se lo había negado, le dije que mejor prefería ir al mercado y comprar una hermosa joya ya que esa noche regresaba el Amo de sus misteriosos viajes.
El había aceptado mi propuesta, y había sido el motivo principal por el cual nos encontrábamos rodeados de la muchedumbre.
Era tratado como un verdadero príncipe, a esas alturas sabía leer y escribir en griego y en latín. Sabía hablar el idioma del amor y mis palabras ya no eran toscas, si no simples y a la vez llenas de amor y seducción.
Amaba a Riccardo. Lo adoraba tanto y me reproche durante toda la noche el hecho de que el hubiera muerto en mis brazos. Aún sigo recordando su rostro y de vez en cuando sollozando por su desgracia.
Desperté de mi delirio únicamente porque sentí que alguien me clavaba los colmillos en mi garganta. Quien podría ser sino Marius quien trataba de recobrar la sangre robada.
Abrí mis ojos y pase mi mano por su rubio cabello, por extraño que parezca, deseaba sentirlo con más fuerza, quería que no se despegara de mi cuerpo y siguiera bebiendo de mi sangre hasta que mi cuerpo no lo soportara más y por mis fuerzas lo lanzara lejos de mi. Presione su cabeza para evitar que se separara de mi, que bebiera todo lo que deseara.
El se encontraba de pie y yo recostado en su mano izquierda como un bebe. Su cabeza se había encorvado un poco para poder beber de mi cuello. Así era como lo había podido sujetar fuerte, y ahora que lo tenía cerca de mi, no deseaba dejarlo escapar. Nunca más.
- ¡Ah! Amo. Marius – Sentí como un torrente de escalofríos recorrió su cuerpo al escuchar su nombre y pronto dejo de beber mi sangre para fijar su mirada en mis ojos almendrados.
Nuestras mirada estaba llena de afecto, añoranzas y de amor. Suavemente sentí como sus dedos tocaban mi piel y la mano que me sujetaba jugaba con mis cabellos.
- ¡Armand! – musito en tono quedo y casi imperceptible.
- No Amo.. no soy Armand, deseo ser Amadeo tal y como tu.... – Sus labios cubrían mi rostro, me besaba de felicidad, no se si por lo que le había respondido o por el simple impulso de hacerlo.
Sus labios pronto me arrebataron los míos, fundiéndonos como hacía mucho no lo hacíamos. El recorrer de su lengua dentro de mi boca me embriago de un extraño placer. En su lengua podía sentir el sabor de mi propia sangre mezclada con su caliente saliva.
Sin dejar de besarnos el me tomo en sus brazos, con la fuerza de su mente abrió la puerta de la sala y me condujo por el pasillo que antes había observado. Me sentía dichoso por saberme besado. El sabor de sus labios aún me tenía embriagado.
Sentí como la puerta de una gran habitación se abría. Mis ojos se abrieron para observar la magnificencia de aquel cuarto hermosamente decorado. Era... era exactamente igual al que compartíamos el y yo en Venencia.
Unas cortinas grandes de terciopelo y satín cubrían los grandes ventanales. Me acerque un poco embobado hasta tocar con mis manos las finas telas de seda que se sobreponían en la cama. Las palabras comenzaron a emanar de mis labios, parecía como si estuviera celoso de aquella hermosa recamara y deseara saber con quien la compartía.
- ¿Cuántos amo? -
El me miro y al parecer la pregunta no fue bien entendida. Arrugue la sabana de seda blanca entre mi mano que se convertía en puño.
- ¿Cuántos chicos como yo has traído a este lugar?
Parecía que la pregunta finalmente había logrado su cometido, puesto que sus mejillas se tiñeron de rojo carmesí en un santiamén y sus manos que se encontraban cruzadas sobre su pecho habían dejado esa posición para ser retenidas en los costados de su cuerpo.
- ¿Por qué deseas saberlo? - El tono de su voz era dulce como yo lo recordaba – No tiene sentido que te conteste tu pregunta o ¿si? -
Sentí mi cuerpo temblequear ¿Por qué habría de cuestionar así al Amo? ¿Por qué tendría que responderme el a semejante cuestionamiento?
Sin sentido alguno me derrumbe en la cama y comencé a mancharlas con el rojo de mis lagrimas. Parecía un niño, lloriqueando porque no se le ha comprado el juguete favorito, o peor aún, sollozando porque adora a su Amo y le envuelven los celos por saber que otros chicos como el han usurpado su lugar.
Los escalofríos recorrieron mi cuerpo, mis cabellos se revolvieron entre las sabanas ocultando mi rostro. ¿Qué clase de magia utilizaba el gran Marius para conmigo? ¿Por qué esa actitud tonta en infantil frente a el? ¿Acaso más de quinientos años no me había ayudado en lo absoluto? ¿Acaso yo el que había infundido el terror entero entre los habitantes inmortales de París durante trescientos años no servía para nada enfrente de el?
Me levante y comencé a golpearle el pecho en son de reproche, quería humillarlo y obligarlo a que me pidiera perdón por mi comportamiento absurdo y estúpido, quería que me dijera que me callara y me dejara de comportarme como un niño infantil y tonto, también deseaba sentir sus labios cubriendo mi cuerpo y el suyo tomando el mío durante la eternidad entera.
Abrí mis ojos y mi mirada fue de reproche. Fui un tonto al hacer semejante escena, pero lo que más me enfado fue que no note cambio alguno en su mirada tierna y seductora para conmigo. Eso me lleno aún más de rabia, lo que me obligo a decir una sarta de tonterías.
- ¿Por qué Marius? ¿Por qué me has obligado a venir hasta aquí, a este lugar y humillarme con el hecho de que has traído a muchos chicos como yo? ¿Son mejores que yo? ¿Pretendes que sean Amadeos como yo? Sabes que nadie puede reemplazarme ¿verdad?
Mis palabras comenzaron a hacer efecto en su apacible rostro. Su furia comenzó a emanar de sus labios al borrar algún rastro de sonrisa y tornarse seria.
Pronto me arrepentí de mis preguntas. El me aventó directamente a la cama con un solo movimiento de su mano.
- No eres nadie para hacerme ese tipo de cuestionamientos – respondió abruptamente mientras miraba como se acercaba al lecho – No eres más que un niño tonto y desamparado que al parecer no ha encontrado el rumbo correcto – Era el punto en el que me encontraba aterrado, sus ojos azules tenían un tono violáceo y eso solo significaba una cosa, realmente había logrado enfadarlo.
Yo me encontraba recostado en la cama, los almohadones se sentían suaves y cómodos. Sus pasos eran sigilosos y sus movimientos anormales. Trague saliva, era el momento de aclamar perdón, pero no lo hice. Cerré los ojos y espere ansioso mi castigo.
Mi cuerpo fue volteado violentamente para quedar boca abajo. Me resigné y espere lo peor. El castigo sería mínimo por mi arrogancia. Una sacudida electrizante de dolor me empezó a recorrer la piel.
El suave golpeteo de unas cuerdas de cuero me recordaron lo que me había sucedido al regresar tres días después de mi pequeña aventura con Lord Harlech la cual había terminado en una terrible desgracia. Mis orbitas se giraron un poco y pude observar a mi Amo con una fusta en su mano derecha la cual descargaba su furia en toda mi piel.
Las ropas que traía puestas pronto se desgarraron y las cuerdas tocaron mi piel rompiéndola y obteniendo del acto pequeños hilos de sangre que recorrían mi espalda, glúteos y muslos.
No me moví. Nada. Curiosamente deseaba aquel castigo, porque sabía que es lo que vendría después y sería el momento exacto para pedir perdón y entregarme a sus brazos.
Pero aquel dichoso momento no llegaba. Enterré mi rostro en los almohadones y comencé a llorar de desesperación, no por el dolor sino por el hecho de saber que no sentiría sus reconfortantes labios tocando mi piel dañada.
Pronto deje de sentir las cuerdas tocando mi piel, al parecer su enojo se había calmado y su desenfreno había disminuido considerablemente. Sentí como dejaba la cama y me dejaba abandonado en aquel lugar, cubierto de sangre y llorando desconsoladamente por no haber logrado mi cometido.
Sentí el tiempo transcurrir, sin embargo no volteaba. Las ventanas estaban un poco entreabiertas y sentí el suave repiqueteo del aire hacer estragos en mis heridas. Aún así no voltee. Quería el castigo completo.
Unas suaves manos comenzaron a contornear mis piernas. Sabía
que era el, que todo el tiempo había estado observándome puesto que en ningún
momento pude sentir que el salía de la habitación.
- Lo.... lo... lo siento Amo – Fue lo único que pude pronunciar. Me enterré nuevamente en los almohadones y solloce con más intensidad.
- Nadie ha usurpado tu lugar - canturreo suavemente –
Nadie ha estado aquí más que tu... -
Sentí entonces lo que tanto había anhelado. Su lengua comenzó a recorrer mis piernas, mis glúteos y mi espalda, tomando cada gota del preciado líquido rojo. Me hundí en el placer al sentir sus manos masajear mis hombros y jugar un poco con mis rulos.
Con sus manos comenzó a quitarme los pedazos de tela que aún
cubrían mi cuerpo a la vez que le daban un suave masaje a mi piel la cual
comenzó a arder.
-¡Amadeo! – Mi cuerpo se cubrió de escalofríos al
escuchar aquel nombre. El llamado de los ángeles me cubrió en un parpadeo de
ojos y me encontré excitado y jadeando de felicidad por el rocé de mi Amo en
mi cuerpo.
Me dio media vuelta y encontré su rostro cubierto de sangre y sus colmillos llenos de sangre. Me acerque un poco a el y pase mi lengua por su cara. El se aferro a mi cuerpo, pasando sus brazos por mi espalda y cubriendo mis hombros de dulces besos mientras yo terminaba de limpiar su rostro.
Alce tímidamente mis manos y las acerque a su rostro, le di un suave masaje a sus pómulos que aún contenían el rojo de la pasión y después contornee sus labios. Me acerque sigilosamente, tal cual como una fiera atrapaba a su presa, solo que me di cuenta que la presa era yo y el la fiera. Nuestras lenguas se enredaron dando paso a un fogoso beso del cual todavía siento el sabor en mi boca.
Sus caricias comenzaron a quemarme la piel, sus dedos se enterraban en mi espalda haciéndome gritar de dolor y placer. Sentía su lengua aún rozando mi boca entre abierta y mordisqueándola cada vez que tenía alguna oportunidad.
Mis manos titubeantes y algo torpes comenzaron a quitarle la capa de terciopelo rojo característica en el. Esta cayo al suelo sin preámbulo alguno, quite suavemente el pañuelo roído de seda blanco que tenía alrededor de su cuello, entreabrí su camisa de fina seda quitando los botones de los huecos que usurpaban.
Con temor a ser rechazado metí mi mano hasta tocar su tersa piel. El exhalo un gemido por el placer que le provoco mi mano. Quería recorrer un poco más pero su blanquecina mano me detuvo. Me guío hasta uno de sus erguidos pezones y me insito para que los tocara y pellizcara suavemente. Los tenía entre mis dedos y jugaba con el par a mi antojo.
Levante un poco la mirada y observe sus ojos entrecerrados expectantes al placer que mis dedos le estaban proporcionando. Me acerque a su boca nuevamente y la aprisione en un delicioso beso. Mis dedos, por supuesto, no habían dejado de moverse ni un instante. Seguían haciendo su labor arduamente.
Logre que brotara de sus labios un chorrillo de sangre, la cual saboree con sumo cuidado.
Mi mano libre siguió desabotonando la esplendida camisa. Pronto su pecho quedo al descubierto. El dejo que esta cayera por el filo de la cama mientras lo abrazaba fuertemente para poder sentir sus pectorales desnudos. El cuerpo se me invadió de exquisitos escalofríos, los cuales me incitaban a que deseara más y más del hombre que estaba sentado enfrente de mi.
Mi cabeza bajo un poco para poder pasar mi lengua y besar su pecho desnudo. Deseaba que el sintiera el mismo placer que mis dedos le proporcionaron a sus tetillas con anterioridad. Y así lo hice. Escuche pequeños gemidos provenientes de su boca entre abierta.
Sin pedir permiso tomo una de mis manos y se la llevo a su boca, jugando deliciosamente con cada uno de mis dedos, chupándolos y lamiéndolos a placer.
Me arquee un poco al sentir lo que me estaba haciendo. Sin duda era un gran maestro en la cama. ¿Cuántos siglos habían pasado desde que el y yo habíamos compartido nuestra cama por ultima vez? Muchos. Cinco para ser exactos. Demasiado tiempo para mi pobre espíritu.
Seguí jugando un poco más hasta que me obligué a quedar tendido boca abajo y hurgar en sus pantaloncillos. Deseaba bajárselos y meterme su sexo en la boca. Quería experimentar la delicia que tener su hombría entre mis dientes y mis salivas. Pronto me vi desabrochando su cinturón y quitándoselo desesperadamente.
El no ponía resistencia alguna, al contrario, se había recostado de lado en la cama de tal forma que mi tarea fue un poco más fácil. Reuní todas las fuerzas necesarias de mi mente para poder enviar lejos aquellos pantaloncillos que en esos momentos me parecían unos verdaderos intrusos. Con mi boca acaricie su hombría por sobre sus calzones.
El gemido que salió de su boca fue más intenso que los anteriores. Seguí hurgando más, hasta que mi boca logro bajar aquellos calzoncillos y dejar al descubierto su sexo. Pase mi lengua sobre el, un jadeo fue el producto de mi osadía.
Mi lengua caprichosa y la saliva que me caía a chorros me obligo a lamerle su sexo con más frecuencia. Marius estaba en el delirio, lo sabía porque sus manos siempre inmaculadas y perfectas ahora manoteaban mi espalda y me cubría de suaves besos e incesantes caricias en mis heridas que aún no terminaban de cerrar.
Cerré mis ojos y continué con mi labor. Me deleitaba el saber que le estaba proporcionando un placer tan exquisito como ese a mi Amo.
- ¡Ah! Amadeo... mi pequeño niño... - Susurro mientras desgarraba por completo las prendas que se sujetaban a mis glúteos y espalda, quedando desnudos a su merced.
Comenzó entonces mi peor tortura. Su lengua puntiaguda y experta comenzó a pasarse por mi espalda, obligándome a aferrarme más a su hombría, lo que ocasionaba que se volviera loco por el placer que le estaba proporcionando.
Siguió zigzagueando hasta llegar a mi entre pierna en donde me cubrió con un leve chorro de su saliva. Sus delicados dedos separaron cuidadosamente mis nalgas dejando al descubierto mi pequeño altar de Sodoma. Su saliva caliente penetro en aquel pequeño altar, seguido de suaves caricias que me proporcionaban sus dedos y de vez en cuando su lengua pasaba por aquel lugar.
Me arquee al sentir que su lengua se introducía poco a poco en mi entrada. No me contuve más y deje escapar mi primer gran gemido en la noche. Mis labios se abrieron permitiéndome succionar más y más de su hombría. La lamí y succione sin piedad, puesto que el estaba haciendo lo mismo con mi entrada. Su lengua malvada entraba y salía constantemente dejando a su paso un suave dejo de dolor y un incontenible rastro de placer.
Sus manos comenzaron a recorrerme la espalda, dejando a su paso mi cuerpo ardiente, parecían dos brazas que incitaban al fuego a reavivarse. Su torso comenzó a mecerse suavemente entre las sabanas, obligándome a abrir un poco más mi boca. Pero intente hacer lo contrario, entrecerré mi boca, de manera que cuando entrara su sexo su salida fuera dificultosa. Eso lo llenaba de felicidad y obligaba a su cuerpo a moverse con mayor lujuria.
Con mis manos comencé a jugar con sus glúteos. Deseaba que sintiera lo que me estaba proporcionando. Quería que mis dedos invadieran su entrada tal y como su lengua estaba en la mía. Deje que dos de mis dedos entraran en mi boca para lubricarlos con mi saliva. Recorrí el pasaje hasta llegar a su entrada.
Sin preámbulos sumergí dos de mis dedos en su entrada, lo que provoco que se arqueara y soltara un suave jadeo.
- ¡Ah! Amadeo... eres un pequeño diablillo... mi diablillo... - musito mientras sus movimientos eran rápidos en mi boca y en su lengua. Mis dedos pronto se lubricaron y comenzaron a salir y entrar al ritmo de su propia lengua en mi entrada. No cabía más felicidad dentro de mi ser más que el estar unido de esa manera con mi Amo.
Me estremecí tanto al sentir el pequeño líquido aperlado expulsado de su hombría invadiendo mi boca. Lo tome absolutamente todo. Deje su sexo por la paz y me dedique a seguir jugando con mis dedos en su entrada. Deseaba más de el y no lo dejaría escapar esa noche.
El entendió a la perfección lo que deseaba, así que continuo con su lengua invadiendo mi entrada una y otra vez. Sus manos hábiles comenzaron a recorrer debajo de mi cuerpo. Sus dedos se posaron en mi ombligo y jugaron largo rato con el. Sabía hacia donde se dirigían. Un poco más y tomo mi sexo entre sus dedos. Lo masajeo suave.
- ¡Ah! Amo.... por favor.... – Suplique sin cesar. Quería que me tomara. Deseaba sentir su hombría dentro de mi ser.
- ¡Amadeo! – su palabra fue suave y seductora
- ¿Si Amo? –
- Te amo – susurro.
Dejo mi hombría por la paz, me obligo a sacar mis dedos de su entrada y me volteo hasta quedar completamente frente a el. Se recostó encima de mi y comenzó a jugar con mis cabellos. Yo hice lo mismo. Enrede mis dedos en sus rubios cabellos, mientras mis ojos contenían lagrimas de felicidad por verlo tan dócil y bueno ante mis brazos.
Paso su mano delicada por mis pómulos y lamió sus dedos. Me mostró una hermosa sonrisa, mientras se acercaba a mis labios. Sentí su lengua enrollar la mía y el sabor agrio de mi entrada logro invadir nuestro beso.
Canturreaba la Appasionnata mientras sentía su lengua en el arco de mi cuello y al final depositarse en el agujero de mi oreja. Me volvía loco sus pequeñas caricias. No iba a soportar mucho. Yo lo sabía y, por supuesto, el también. Estaba envolviéndome en su seducción tal y como yo lo había hecho al principio.
Sus manos abrieron delicadamente mis piernas, dejando que el se acomodara de tal forma que pudiera meter su hombría dentro de mi ser.
Espere expectante hasta que llegara el momento. Tomo mis hombro con sus firmes manos, apreté suavemente mis labios pero no me permitió que hiciera tal cosa. Sus labios se encontraron encima de los míos masajeándome suavemente mientras sentía su sexo palpitar en mi entrada.
Poco a poco lo introdujo en mi preciado altar. Me impidió que gritara de dolor con sus labios firmes en los míos. Solo tomo mis manos con las suyas y entrelazamos nuestros dedos. Espero unos minutos para que me acostumbrara a la invasión.
Sus movimientos eran tranquilos, evitando a cualquier costa que se rompiera algo dentro de mi. Mi rostro se encontraba inundado de caprichosas lagrimas de sangre que se habían derramado por la estruendosa invasión. Su lengua dejo de aprisionar mis labios mientras tomaba las pequeñas gotas de sangre que salían de mis parpados.
- ¡Amo! ¡Marius! Te amo tanto... tanto.... - susurre mientras sentía su lengua recorrer mi rostro.
Sus colmillos blancos se dejaron ver al esbozar una hermosa sonrisa. Solo para mi. Únicamente por mi.
- Mi pequeño Amadeo. También yo te amo – Dejo caer sus labios en el arco de mi cuello y yo deposite los míos en el suyo. Solté mis manos de entre sus dedos y lo aprisione con un fuerte abrazo. No deseaba que se fuera y no permitiría que lo hiciera.
Sus caderas se movían lentamente, intentando quizás de retrasar el preciado momento. Lo único que sabía es que estaba disfrutando de el tanto como lo había venido deseando desde muchos siglos atrás.
Sus manos se colocaron en mi melena y comenzaron a jugar con mis rulos, mientras su aliento se expulsaba en mi cuello produciéndome punzantes escalofríos alrededor de este.
Baje un poco más mi manos y las deposite en sus nalgas. Quería y deseaba seguir haciendo lo que había hecho antes. Jugué un poco con su entrada y volví a introducir mis dedos. Su gemido fue grande y alargado. Pronto me vi jugando de tal forma, que a medida que se movían mis dedos eran sus movimientos en mi entrada.
Estábamos en el paraíso, si es que tal cosa pudiese existir, me sentía lleno de éxtasis y felicidad. A El.. a Marius le podría perdonar absolutamente todo, menos que me dejara solo y desamparado, menos que me prohibiera estar con el. Su cuerpo y su alma. Y el lo sabía. Estaba más que enterado que lo odiaba por haberme dejado con los hijos de las Tinieblas, de haberse dado a conocer que estaba vivo enfrente de Lestat y yo ni siquiera por enterado de semejante situación. Fue malvado conmigo y es algo que temo preguntarle. ¿Por qué me había dejado? ¿Por qué no quiso que continuara a su lado? Eran preguntas que no iban a tener respuestas para mi, quizás en siglos o milenios. No lo sabía.
Me entregue más al momento. Quería que se reprochara por haberme dejado abandonado tanto tiempo, quería que gimiera, jadeara y sudara por el contacto de nuestros cuerpos y que se prometiera así mismo que nunca más me iba a volver a dejar. Que no permitiría que nadie nos separa por tantos siglos nuevamente. Eso era lo que deseaba, y al parecer el captaba mis pensamientos a la perfección, tal cual como si estuviera leyendo mi mente, aunque eso era imposible.
- ¡Amadeo! - susurro mientras sentía más fuertes sus movimientos. La tempestiva de sus actos estaba a punto de terminar y de los míos, por supuesto también.
Nos vimos rodeados de un aura roja, intensa como la pasión que estábamos viviendo. No soporte más. Saque mis dedos y aprisione sus nalgas contra mi entrada, las guiaba para que su hombría saliera y entrara con más fuerza. Lo sentía tan dentro de mi. Quería explotar como el lo había hecho. Quería experimentar una vez más la intensidad de nuestro amor fundiéndose para volverse uno solo.
Una y otra vez, embestida tras embestida. Fuerte y dura rodeaban mi entraba. El calor comenzó a llenar mi cuerpo quemándome, su piel transpiraba impregnándome de su olor. Cerré los ojos con intensidad mientras sentía la pequeña llamita recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mi cerebro, contagiando a mis neuronas y dejándolas embelesadas por el placer que producía la llamita al contacto de estas.
Sentí como sus manos pasaban por debajo de mi espalda rodeándome en un fuerte abrazo, tal y como yo lo había hecho antes. Hice lo mismo, lo rodee con mis brazos dejando que se guiara solo por mi entrada y así lo hizo.
- Te amo tanto Amadeo... - jadeo mientras sentía su pequeño líquido expulsado nuevamente pero esta vez en mi entrada.
- También te amo Marius.... y te amare por siempre - las palabras fluían de mi boca mientras mis neuronas se encontraban contagiadas por el éxtasis del orgasmo. Mi cuerpo comenzó a convulsionarse y a mezclarse con el sudor de mi Amo. Aumente la fuerza en el abrazo mientras sentía como el cúmulos del placer recorría mi cuerpo entero.
Mi respiración era rápida y el palpitar de mi corazón era intenso al igual que el de Marius. Ambos nos encontrábamos aún abrazados. El llenándome de besos en mi cuello y yo lamiendo sus hombros. Deseaba que esa escena se prolongara por el resto de la eternidad.
Cerré mis ojos, escuchando entre palpitar y palpitar de nuestros corazones unas vagas palabras que provenían de sus labios.
- ¡Amadeo! Mi pequeño Amadeo... – una y otra vez escuche la misma frase hasta quedar completamente dormido, sin saber, lo que me aguardara en un futuro.
Al abrir mis ojos me encontré de nuevo en la sala. En el mismo sofá en el cual horas antes había estado vigilando a cada uno de los integrantes del lugar. Me sentí abrumado y extraño al notar que todas las miradas estaban puestas en mi.
Recorrí la sala y mire como Pandora y Gabrielle cuchicheaban en la esquina en la que ella se encontraba. ¿Qué cosa más rara era esa?
Mis orbitas se dirigieron al lugar en donde se encontraban David y Louis. Igual. Sus miradas estaban expectantes y llenas de curiosidad.
Un poco más y observe a Lestat quien había cambiado completamente de posición. Ahora se encontraba recargado en la pared, con las piernas desdobladas y sus brazos cruzados, mirándome con curiosidad absoluta. Sus ojos azules me decían que algo le intrigaba. Algo había sucedido en los momentos en que yo había estado con mi Amo.
Gire un poco más y el pequeño Benji quien había estado brincando y parloteando por toda la sala, ahora estaba sentado en un pequeño cojín a lado de un hermoso helecho, observándome igual.
Entonces pude captar lo más extraño que había sucedido hasta entonces. Jamás me imagine que una cosa como esa pudiera suceder. Mi Sybelle, mi adorada mujercita me miraba igual sobre sus hombros, pero no había más Appassionata. Sus dedos en efecto, hacían chillar las teclas del hermoso piano de cola color negro que había en el lugar. Ella tocaba algo más que en esos momentos se me hizo irreconocible, pero ahora, se la pieza que sus manos estaban invocando "Desde el Nuevo Mundo de Dvorak", el Scherzo-molto vivace de su novena sinfonía.
Trate de ocultar mi asombro tratando de ver que es lo que estaba sucediendo en esos momentos, pero no había manera de saberlo. Las mentes de los vampiros se habían cerrado por completo hacía mi. ¿Qué sucedía ahí?
Mis almendradas pupilas trataron de buscar al actor principal de mi apasionada noche. No se encontraba en la sala. ¿Dónde estaría? Mi curiosidad, más que otra cosa fue lo que me obligo a pronunciar algunas palabras.
- ¿Dónde esta mi Amo? – pregunte autoritariamente. Eso provoco un revuelo increíble en la sala. Todos empezaron a cuchichear e incluso el propio Lestat musito algo que no logre descifrar del todo.
Fue entonces que Pandora se me acerco, me miro detenidamente y se acerco con gracia a mi frente y me beso con delicadeza.
- ¡Querido! Marius ha dejado la sala al terminar tu sueño - la mire abrumado ¿Sueño? ¿Cuál sueño?
- ¿De... de qué hablas? - Ella se limito a sonreír solamente. Insistí entonces – Dime... ¿Qué tratas de decirme con... –
Su mente se abrió a mi y empecé a indagar en ella. Con gran terror me di cuenta de lo que había sucedido esa noche. Me había quedado completamente dormido en el sofá mientras miraba a todos los que se encontraban en la sala. Los gemelos, los frescos, la gran pecera, incluso el propio cuadro del Señor, todo había sido producto de un sueño espantoso. Mis deseos, mi mayor ilusión, el estar nuevamente con mi Amo, eso también había sido producto de mi traicionera mente adormilada.
Mi Amo se había enterado de lo que cruzaba por mi mente puesto que leía las mentes de los demás demonios inmortales que estaban completamente embelesados por el fruto de mi imaginación.
Voltee la cara para evitar que alguien observara mis lagrimas derramarse. Pero me fue imposible. Cada uno de los vampiros había notado lo que me acongojaba en esos momentos.
Gabrielle entonces se acerco a mi, se sentó a un lado mío y comenzó a acicalarme mi melena castaña. Se acerco un poco más y hundió su rostro en mi espalda mientras que Pandora había sacado un pañuelo finamente bordado para eliminar la sangre que estaban emanando mis pupilas.
- Te aconsejo algo... – levante la mirada y observe a Pandora mirándome con ojos sobre protectores – Levántate, ve por el pasillo de tus sueños y acude a la alcoba de tu Amo... te aseguro que no le gusta esperar – Lo mire atónito mientras sentía como Gabrielle había dejado de acicalarme y me daba un suave empujón para hacerme levantar del sofá.
Trague un poco de saliva. Me encontraba sumamente nervioso por lo que me estaba sucediendo pero más por las palabras de Pandora. La mire de frente y observe sus hermosos ojos marrones. Me sonrío dulcemente mientras se movía para dejarme el paso libre.
Salí de la sala tan pronto como escuche tocar a Sybelle la Appassionata nuevamente. Recorrí la mansión con tal rapidez, agradeciendo el movimiento infinitamente. Cruce por el pasillo que había divisado en mi sueño. Me imagine que efectivamente, detrás de esa puerta se encontrarían los gemelos, la gran pecera y el hermoso cuadro del Señor.
Corrí un poco más y me tope con una portezuela grande como de cinco metros, de fina madera de cedro y suaves tallados de caoba. ¿Qué debía hacer... Tocar o simplemente pasar sin pedir permiso? Hice lo segundo. Gire la perilla y cerré la puerta. Me encontraba de espaldas y tenía miedo a voltear, sin embargo lo hice. Y ahí estaba el, sentado en un pequeño escritorio de fino abeto devorando unos libros de los cuales no tenía conocimiento.
Alzo la mirada y me sonrió seductoramente. Me acerque lentamente hasta el ¿Qué haría? No me puse a pensar en ello, lo único que deseaba era sus labios, era su cuerpo, su alma entera y transmitirle todo lo que en mi sueño había parecido tan real.
No llegue hasta el escritorio puesto que el se había parado enfrente de mi con tal agilidad que apenas y si pude percatarme de ello. Abrió su capa de terciopelo rojo dejando ver a través de ella sus blanquecinos brazos, los cuales me empezaron a cubrir el cuerpo y me acercaban más a el.
Levante un poco la mirada y observe sus colmillos blancos que se acercaban a mi cuello. Los sentí enterrándose en mi piel, levante mis brazos y lo abrace. Hice lo mismo que el. Deje al descubierto mis colmillos y los clave en su piel, succionando desesperadamente su sangre.
Supe entonces que mi sueño podría volverse realidad.
9 de enero de 1998
La fusión entre mi Amo y yo
5:30 A.M.
FIN
Nota de la Autora:
¿Y? ¿Qué tal? ¿Les gusto?.... para serles sincera pensé que el fic no iba a quedarme puesto que es la primerisisisisima vez que hago un fic en donde no hay Ru, Hana o Sendoh. Además los personajes eran diferentes y la manera de redactar por supuesto debía ser diferente. Espero que les haya gustado. La verdad es que me siento demasiado emocionada por haber escrito este fic =)
VALE! El fic va dedicado para ti amiga. Espero que te guste mucho =) sip! Acéptalo como un preciado regalo por el gran cariño que te tengo.
Así que ya no se ponga celosilla eh! Porque jamás te había dedicado un fic. ¿Ahora entiendes por qué hermanita gemela? Espero que si. Quería hacer algo excepcional para ti y que mejor que algo de Vampiros =) y mi primer fic de Vampiros =) (que espero y cruzo mis deditos que no sea el ultimo =P) Además para serte sincera no sabía que hacerte de Slam Dunk, así que decidí algo especial como esto =)
Ahora solo me falta que Beru se ponga celosa también =P jejejejejeje! Que eso esta de dudarse ¿no es cierto?
Bien espero que te guste mucho sip!
Con cariño tu amiga:
Alex
P.D. Ahora debes terminar cierto fic O.K. Si no nunca más te vuelvo a dedicar nada =P
Febrero 15, 2003