"Nunca hables con extraños "
Ba
sado en las cronicas Vampiricas de Anne Rice
By Claudia

 

Dedicado a Rosy  

 

“Todavía no se tienen pruebas claras sobre quién es el asesino que tiene atemorizada a la bahía turística de Tórrega. La población se siente angustiada y la policía se muestra impotente ante un criminal que hasta la fecha ha segado la vida de ocho jóvenes, hombres y mujeres, de entre 15 y 21 años. Los agentes que investigan el caso no encuentran ningún vínculo posible entre las diferentes víctimas. El asesino parece escogerlas al azar, de ahí que hayan sido muertos en los últimos cuatro meses el hijo de un barrendero y el sobrino de un conocido empresario. Parece que el asesino disfruta con la turbación que genera en la policía, ya que es su costumbre dejar ‘pistas’, frases o citas, que seguramente contienen la clave para encontrarlo. Sin embargo no deja ningún rastro de su presencia en el lugar de los hechos. La mayoría de los cadáveres son hallados en senderos baldíos, desnudos y he aquí una particularidad: el asesino hace una pequeña incisión en la garganta, justo sobre la yugular. Las autopsias han demostrado que extrae más de la mitad de sangre a sus víctimas, y que éstas han fallecido por desangramiento. Es el caso de un asesino en serie, a quien se ha dado el nombre de  ‘El vampiro’, en clara alusión a la manera en la que acaba con los jóvenes. Ninguna medida parece suficiente para contener al psicópata. Se presume que es muy hombre muy inteligente, por el modo sistemático y metódico que tiene al actuar. El sábado por la noche, el renombrado especialista Carl Farmer, en una entrevista a través de la televisión hará un perfil del asesino y dará a conocer las motivaciones que lo llevarían a cometer esos atroces asesinatos”  
 

Carl dejó el periódico sobre la mesa y se llevó la taza de café a la boca. No tenía azúcar y estaba muy cargado, justo como le gustaba. Era jueves, aún faltaban dos días para la tan mentada entrevista que sería transmitida por cadena nacional a todo el país. Todos estaban pendientes del susodicho asesino y en todas partes se oía hablar de él, se hacían muchas especulaciones sobre quién era y donde se encontraba. El morbo de la gente era alimentado por las fotografías en diarios amarillistas que sin ningún pudor mostraban a las víctimas desnudas, con la piel muy blanca por la falta de sangre y el rostro congestionado en agonía por lo que seguramente experimentaron antes de morir. Él mismo había visto a los cadáveres, podía dar fe de que en realidad habían sufrido mucho antes del deceso.  

Ese día había estado preparando sus notas para la entrevista, repasando mentalmente las teorías psicológicas y psicoanalíticas que explicarían un comportamiento como aquél. Además de las recomendaciones del caso para las personas que lo observarían desde sus pantallas de televisor. Se suponía que el asesino raptaba a sus víctimas, las drogaba y luego terminaba con sus vidas. Cinco de los asesinatos fueron de chicos que habían ido a bailar por la noche, y que obviamente no habían vuelto a casa. El consejo era claro, la vieja y tan usada consigna que todavía repetían las abuelas: no hables con extraños. Obviamente algunos jóvenes hacían oídos sordos de ese consejo, eran muy confiados. No se podía ser confiado en esos días.  

Carl era un gran observador, era una de sus cualidades como psicólogo. Tenia la costumbre de salir de su casa, a la misma hora, para tomar la cena en un pequeño restaurante al borde de la bahía. Se sentaba junto a la ventana del local. Hace siete días y mirando a través la ventana se había percatado de algo: la silueta de un joven estaba recostaba sobre el inmenso barandal del malecón, a unos diez metros de donde él se encontraba. Carl podía jurar que no lo había visto hacer un solo movimiento durante esas inspecciones, y permanecía allí, desde la hora en la que Carl llegaba, aproximadamente a las seis de la tarde, a la hora en la que se iba, a las nueve en punto. Se tomaba su tiempo para estudiarlo, mientras disfrutaba una taza de su café favorito y varias rebanadas de pastel de vainilla. Era agradable ese lugar, y nadie le decía nada si decidía quedarse allí, leyendo el periódico o un libro cualquiera, después de haber terminado lo que había pedido para comer.  

Ese día decidió hablar con el chico, de cierta manera le causaba curiosidad. Había atendido casos de jóvenes que se aferraban a la soledad como una forma de enfrentar la depresión que sentían. No estaba de más echar un vistazo. Por eso terminando la segunda taza de café, cogió el periódico que había comprado, se lo puso bajo el brazo y salió con rumbo al malecón.  

Ya era de noche, y sólo las luces de los postes lejanos alumbraban el lugar. Se situó a un costado del chico y miró el inmenso mar que había enfrente. Un hermoso espectáculo para contemplar, pero estaba atento a las reacciones del muchacho. No distinguió ninguna. Finalmente dio un hondo bostezo y estiró sus brazos, aprovechando para dirigirle una mirada. Era muy joven, no más de 17 años, de ojos claros y boca infantil, su rostro demostraba congoja. Aunque sus ojos estaban fijos en el mar, parecía que su atención estaba muy lejos de allí.  
 

-         Mucho frío ¿eh? –Carl acostumbraba abordar a la gente con esa simple pregunta. Le había funcionado muchas veces.  El silencio del chico no lo sorprendió, sino que lo animó a continuar– ya es de noche, ¿qué hace un chico como tú en un lugar como éste?  
 

Carl Farmer, a sus 35 años, 10 de ellos como profesional, estaba acostumbrado a lidiar con actitudes como esa. Así que planeó utilizar una estrategia diferente, arriesgarlo el todo por el todo.  
 

-         Talvez pueda ayudarte, soy psicólogo y consejero escolar –le dijo, tranquilamente– pero no es necesario que me contestes si no quieres hacerlo, sólo es suficiente con que asientas a las preguntas que te haga, ¿de acuerdo?  
 

El chico no pronunció palabra.  
 

-         Correcto. ¿Estás enojado con tus padres? –comenzó el psicólogo. No hubo respuesta. Bien, entonces… ¿huiste de casa? –tampoco obtuvo nada, se llevó un dedo a los labios, no se iba a rendir tan fácilmente.    
 

Carl tuvo un presentimiento.  
 

-         ¡Lo tengo! Te peleaste con alguien muy importante para ti.  
 

El chico pestañeó y su rostro se dirigió hacia él. Carl se felicitó por eso, había dado en el clavo.  

-         ¿Tu pareja?  
 

El joven asintió lentamente, una vez.  
 

-         Así que era eso… Supongo que te sientes muy dolido por esa situación. Probablemente no es la primera vez que ocurre, ¿verdad? –el silencio del joven confirmó esas palabras es lógico que hayan enfrentamientos y disputas entre dos seres que se aman. El problema es cuando uno de ellos es reacio a entender las razones del otro, cuando hay falta de comunicación pocas veces se puede hacer algo para remediar el asunto.  
 

Vio como el joven vacilaba, parecía que quisiera decirle algo, confesarle algún secreto que lo atormentaba. Una corriente de aire frío recorrió el malecón, haciendo que la piel de Carl se estremeciera. Miró al cielo, parecía que iba a llover.  
 

-         Se hace tarde –le dijo al chico– es mejor que vayas a tu casa. ¿Queda muy lejos? –lo interrogó. El joven negó con la cabeza–entonces permíteme acompañarte, me gustaría mucho seguir hablando contigo –Carl pronunció esto en sentido figurado, lo único consiguió hasta ese momento fue un monólogo. En realidad le estaba interesando bastante el muchacho.  
 

Caminaron un largo trecho en silencio, iban por barrios oscuros y desolados, tan diferentes de la ostentación y lujo de las calles centrales de la ciudad, suburbios donde casi nadie se atrevía a caminar a esas horas. Carl no sabía si el chico iba con rumbo a su casa o no, porque recorría una larga calle para luego volver la cabeza a izquierda o derecha, como si decidiera en ese momento por donde iba a ir. Carl sólo esperaba el momento apropiado para hablarle.  
 

-         ¿Vives con tu familia? –preguntó, para romper ese incómodo silencio. Esperó varios minutos e iba a preguntar de nuevo.

-         No –la voz del joven lo detuvo, no mostraba ninguna emoción, ni en sus palabras ni en sus gestos. Carl lo miró, era la primera vez que le había escuchado en toda la noche. Eso era una buena señal.  
 

Dejó que el muchacho lo condujera hacia una calle especialmente oscura, de casas derruidas y callejones negros, donde sólo alumbraba la luz lunar.  
 

-         Es peligroso caminar a estas horas. Hay muchos delincuentes y pandilleros ¿No tienes miedo de ese asesino que anda rondando las calles de la ciudad y que mata jóvenes? Se dice que abandona a sus víctimas en lugares desolados como éste.

-         No.  
 

Estaban ahora entre dos casas antiguas, abandonadas, con piedras roídas de las construcciones caídas en el suelo. Carl se detuvo y le sostuvo el brazo.  
 

-         Pues deberías… –dijo Carl sonriendo, cambiando el tono de su voz, con un brillo maligno en sus ojos. Sin consideración lo puso contra una pared, cogiéndolo de sus hombros y comenzó a buscar en el bolsillo interior de su gabardina el bisturí que siempre cargaba con él.  
 

Tenía una mano en el cuello de su ‘presa’, la cual no demostraba ninguna emoción hasta ese momento. Sólo miraba fijamente al piso. Carl no leía nada en su rostro, ni miedo ni sorpresa. Eso lo perturbó un poco. Le gustaba ver el temor reflejado en el rostro de sus víctimas. En cinco años había hecho un trabajo impecable. Habían sido 8 hasta el momento. A cada una la había matado de manera diferente. Las recordaba porque se esmeró en darles un final distinto. También tenía fotos, y por supuesto, los frascos llenos de sangre, cada cual con el nombre de la víctima pegado en ellas. Planeaba con meses de anticipación sus asesinatos, procurando que nada se le escape de las manos, que todo sea perfecto y preciso, ninguna huella, ninguna marca, nada que atestiguara que había sido él. Era lógico que la policía no diera con el culpable. ¿Quién pensaría que era el mismo que dentro de dos días ofrecería una entrevista para hablar sobre el asesino? ¡Otro que no era más que el mismo Carl Farmer! Siempre le habían gustado las emociones fuertes, pero llegó un momento en que nada lo satisfacía, así que decidió probar algo nuevo, algo completamente nuevo… Había sido divertido el poner a prueba la inteligencia de los investigadores y de los hombres de prensa. Todos eran una sarta de estúpidos, todos estaban equivocados, de ninguna manera él podía ser un psicópata. Sólo… le agradaba ser el centro de atención, tanto si era conocido como no. Pero esa iba a ser la última vez, el último asesinato que cometería, de allí en adelante sólo estaría atento a lo que se dijera e investigara sobre él. Pasaría a la historia en el más completo anonimato, como en su momento lo había Jack, el famoso asesino inglés.  

Este chico era una excepción, no lo había planeado, pero la ocasión era propicia, irresistible, una oportunidad para demostrarse lo bueno que era.  

Ahora le entusiasmaba que el chico no se mostrara asustado. Le daría un trato especial. Lo desangraría allí mismo. Y mañana, en los periódicos sería publicado un enorme artículo sobre el último asesinato de ‘El vampiro’. El corazón le latía de excitación. Era una pena que el joven fuera tan bello, nunca había visto a nadie igual…    

Levantó el bisturí y lo hundió profundo en el brazo del muchacho, quería escucharlo gritar, luego le aplicaría la inyección con morfina que traía en el otro bolsillo para doparlo. La sangre comenzó a manchar la chaqueta del joven, tiñéndola de un rojo brillante. Pero el chico no gritó, no movió uno sólo de sus músculos. Carl frunció sus cejas. Cogiendo el bisturí comenzó a darle vueltas, como un torniquete, para desgarrar los músculos y agrandar la herida. En los segundos siguientes el chico permaneció igual, sin reacción alguna. Carl se hizo un poco para atrás, sorprendido.  

En eso el muchacho levantó los ojos y dirigió su rostro hacia la derecha, hacia la calle vacía. Comenzó a caminar hacia allí, y se arrancó el filoso instrumento del brazo como si no le causara ninguna incomodidad, luego lo dejó caer al piso, junto a los pies de Carl.  
 

-         Daniel… –oyó pronunciar al chico, viendo como se acercaba a un hombre que en ese momento se había materializado de la nada.  
 

Carl sintió arder sus orejas, señal de que estaba furioso. ¿Cómo se atrevía ese extraño a interponerse entre él y su presa? Volvió a coger el bisturí. Iba a matarlos a ambos allí mismo. No…  primero iba a terminar con el intruso y luego se encargaría de su presa.  

Un sonido lo detuvo. El joven había estampado una furiosa bofetada en el hombre que tenía frente a él, que era más alto y se veía más fuerte. El cabello rubio del hombre siguió la dirección de su rostro, hacia un costado.  
 

-         ¡No vuelvas a hacer esto Daniel! ¡Ya estoy cansado de esto! Desapareces por meses enteros de mi vista, tal como hacías cuando eras humano. Y yo no tengo ninguna posibilidad de encontrarte, porque tus pensamientos están cerrados para mí. Me has tenido muy preocupado, no sabes cómo me he sentido... ¡Eres un estúpido Daniel! 
 

A Carl le sorprendió la manera en la que su aspecto y actitud cambiaron de repente. Había dolor y reproche en su voz mientras hablaba, incluso una inusitada ira que antes no había imaginado en él, pero sus siguientes movimientos no correspondieron con sus palabras. Abrazó al hombre y lo besó en la boca. El rubio le correspondió, acariciándolo con devoción, como si le estuviera pidiendo disculpas.  

Carl no acababa de entender la situación, pero no importaba. Ese chico no se le iba a escapar de las manos. Estaba a punto de ir contra ellos, cuando una voz lo dejó inmóvil, una voz en su mente que le decía que se detenga, que no se mueva. Y aunque no sabía de donde procedía, obedeció. Dejó caer el bisturí, y quedó arrodillado sobre el piso. Estaba horrorizado, le ordenaba a su cuerpo que se moviera, con toda su voluntad, pero éste no le hacía caso.  
 

-         Sólo mírate –pronunció de nuevo el joven, cogiendo el rostro del hombre entre sus manos– ¿hace cuánto que no te alimentas? Necesitas comer algo, ahora.  
 

Avanzaron hacia donde Carl se encontraba, temblando en el piso de impotencia. El jovencito le cogió la muñeca y haciendo la manga de su gabardina hacia atrás, mordió su carne. Carl ahogó un grito al experimentar la sensación de algo muy filoso rasgándole la piel. El joven se apartó y la sangre brillaba en sus labios.  

-         Ven Daniel… mi amor. Bebe, aliméntate. Luego volveremos a casa –le dijo dulcemente, ofreciéndole la muñeca de Carl–. Vamos, tómala, querido.  
 

El rubio de ojos violeta miró por mucho tiempo la herida sangrante. Luego procedió a sorber la sangre, con inmenso placer. Un minuto más tarde se irguió para alcanzar el cuello.  

Lo último que recordó Carl antes de que la oscuridad cayera sobre él fue haber oído un nombre dentro de su cabeza. Ese nombre era »Armand». Esa voz decía: »Lo siento, perdóname, te amo Armand. Armand… Armand… Armand… Armand… » Sus labios blancos dibujaron el nombre en silencio.

 

 

Fin.